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Violators will be prosecuted. Enjoy!

sábado, 25 de julio de 2026

Mousante

Sé que no debería empezar por aquí, pero bueno: una casa es más que su tejado. Es más que su fachada y sus cimientos. Una casa también es su jardín, y los árboles que hay en él.

Mis tíos, de niños, clavaron unos hierros en forma de U en los troncos de esos dos robles de ahí, tres o cuatro en cada uno, a modo de escalones. Tenían el espíritu de los monos, pero sin tanta agilidad, y necesitaban una ayuda para subirse a las ramas más bajas, y desde ahí, con un poco de mala suerte, ascender directamente al cielo.

Cuando yo nací apenas asomaban ya un par de hierros, engullidos por la corteza de los robles. Los muñones sobresalían lo suficiente para poder trepar todavía, si nos hubieran dejado. Quizás los tiempos habían cambiado y a los niños se nos protegía más que en los ‘70 (siendo generosos), o que éramos menos y una pérdida se habría notado más cuando nos llamaran a la mesa para comer.

Las aventuras que vivíamos nosotros tenían lugar unos metros más abajo, unos metros más allá, a la sombra de la casa y de los robles, al comando de la voz del abuelo y sus historias del Oeste Americano, donde nosotros éramos los protagonistas, y donde la Groba se convertía en las Montañas Rocosas: indios y caballos salvajes, y vaqueros atraídos por la fiebre del oro, que había surgido de la precipitación de los minerales disueltos en los flujos hidrotermales que ascendieron y se inyectaron por las fracturas de los esquistos debido al aumento brutal de presión y temperatura que provocó la intrusión de los granitos... Aunque esto el abuelo sólo lo intuía.

Una casa son los niños que crecen en ella. En el verano del ‘96, mis primos y yo disputamos nuestros particulares Juegos Olímpicos de Atlanta. Cada uno de nosotros competía como una nación soberana. Y acabada la tregua olímpica, retomábamos las hostilidades con batallas de globos de agua. Quizás aún quede algún trozo de plástico incrustado en el pavimento del Patio del Pozo, junto con cristales de algún pelotazo desviado o desconchones de pintura blanca por usar la pared como frontón.

Una casa es también lo que se rompe. Es la piel de las rodillas en los patios. Son las caídas en las escaleras (interiores y exteriores, siendo niña o ya mayor), y niños atrapados por muebles que tal vez deberían haber estado anclados a la pared.

Una casa es lo que se llora. Son los huesos en la tierra, con sus nombres, bajo cruces diminutas u ofrendas de flores. Habrá también alguno anónimo, supongo, si aquel hámster que tuvimos, siendo pequeños, lo enterramos en vez de tirarlo por el retrete como a los peces de colores. Que en paz descansen todos.

La casa es también de los vivos: de Lúa volviendo sola desde Camos, exhausta, de madrugada, y de Fiona pasando una noche atrapada en un alfeizar del segundo piso o metiendo dentro de casa una rata y desentendiéndose de ella, dejándome a mi la tarea de sacarla del cajón del armario donde se había refugiado, entre medias viejas de fútbol, sus ojillos asomando bajo unas canilleras. De Manolito hay menos anécdotas, por lo que sea.

Una casa está hecha de espacios en el tiempo. El churrasco en navidades, la estufa encendida, los cristales empañados, coloretes por el vino. Este garaje cuando mamá cumplió los 50, hasta que llegó la policía, monte a través. Ese baño de ahí después de que el abuelo se peinara y saliera como salían los concursantes de Lluvia de Estrellas (muy actual la referencia, Jorge), si la nube de humo estuviera hecha de laca . O los domingos por la noche, en el salón de abajo, los falsos techos atravesados por los gritos de la abuela mentando al árbitro y a toda su familia, seguidos del tikitikiti de los ratones correteando asustados.

Una casa son sus vistas: la iglesia de Sabarís, envuelta en neblina, iluminada por el sol bajo de invierno; las nubes abrazando la Groba, descargando cortinas de lluvia sobre su ladera; el edificio de los Abal; una puesta de sol tras la Virgen de la Roca.

Una casa es la gente que está y la que ha estado. Es el cielo sobre ella una noche de verano, por San Lorenzo, viendo las estrellas pasar. La abuela en la tumbona, 70% agua, el resto vino blanco. Se ríe de sus propios comentarios procaces, y nosotros reímos con ella, por cómo es, por cómo era, y su risa convierte en perpetuas las estrellas fugaces.

De una casa se vende lo material: pasillos y cocinas y salones, fachadas y cimientos. El terreno. Se venden jardines y escaleras. Las terrazas y los patios. Las goteras del churrasco. Las habitaciones.

Lo demás nos lo quedamos: las historias, los momentos, los recuerdos personales que no se pueden arrancar, como hierros incrustados en el tronco de unos robles.

martes, 15 de octubre de 2019

Siete años


Uno. No entra en la cabeza de un niño de siete años encontrarse algo así al volver de la playa. A esa edad parece imposible que a un día feliz no lo siga otro. Ese verano, los días con Polo fueron días felices. Ahora no son más que fotografías desordenadas cogiendo polvo en el fondo de mi memoria. 
Dos. En el parque, cuando se tumbaba panza arriba, la cabeza al borde del banco, mirándonos del revés, las orejas colgando, asomando los dientes, parecía un gremlin. Era pura energía. Se daba la vuelta y bajaba de un salto y echaba a correr entre las piernas de la gente, tropezando como tropiezan todos los cachorros. Lo llamábamos y allí que venía corriendo Polo, un borrón negro bajo el sol de agosto, sus orejas de gremlin al viento. Tan feliz. Tan felices.
Tres. Al salir del colegio, mi hermana y yo pasábamos por delante de la finca donde habían metido a Lar. Tenía espacio de sobra para correr, no como en casa, donde había que tenerlo siempre encerrado. Allí eran solo él y los limoneros. Le sobraba tanta energía que tenía todo el suelo lleno de agujeros. Siempre pasábamos de largo, ignorándolo, hasta que un día nos acercamos a la verja y allá que vino él, delgado, con ojos tristes, comido por la sarna. Se puso de pie y sacó las patas entre los barrotes, gimoteando, acercando la cabeza para que lo acariciáramos. No sé si hacía eso con cada persona que se detenía ante él o si nos había reconocido. Sentimos lástima por Lar. 
Cuatro. Durante unos días no hubo perros en casa.
Cinco. Blanca llegó como perrita de emergencia. Como un parche. Como ayuda humanitaria en tiempos de crisis. Papá, que se había opuesto a la llegada de Polo hasta que lo vio, no puso ninguna pega esta vez.
Seis. La cancilla de arriba tenía que estar siempre cerrada por si Lar no estaba atado.
Siete. Mi hermano fue el primero en encontrárselo. Salió del coche corriendo, deseando jugar con Polo tras toda la tarde sin verlo. Mi hermana y yo íbamos unos pasos por detrás, llamando también por él, como si a nosotros sí fuera a hacernos caso, con esa felicidad inquebrantable de los niños de siete años.
A Polo lo enterramos en el jardín. A Lar lo regalamos a un conocido que tenía una finca de limoneros que necesitaba protección. La llenó toda de agujeros.

viernes, 5 de octubre de 2018

El día que muera


El día que muera quiero nubes de tormenta
de un gris cegador y violento 
quiero lluvia que anegue los campos
y ahogue cosechas
quiero que el viento arranque las hojas de golpe
que retuerza las ramas y las rompa
y ahuyente a las aves del cielo
para que el mundo sepa
cómo te sientes
cuánto me echas de menos

Y quiero que cantes sin miedo a quebrarse tu voz
que grites a pleno pulmón 
herida
que aúllen los lobos respondiendo a tu llanto
que se erice tu piel y que sientas
que el mundo se acaba, pero sólo por hoy
pasada la puesta de sol
sentirás de nuevo la brisa

El día que muera quiero una tumba sin nombre
sin lápida, sólo tierra revuelta
bajo los robles
nuestro pequeño secreto
y cuando llegue el otoño y crezcan las setas
quiero que sepas
que sigo aquí, creciendo por ti, tan lento
para verte y que me veas
para recordarte que te espero
pero sin prisa

domingo, 16 de septiembre de 2018

Máquina del tiempo


Tienes una máquina del tiempo. Úsala. Vuelve al pasado, a un tiempo de caminos sin coches. Caminos entre árboles centenarios. Caminos sinuosos, que siguen las curvas del terreno, que bordean valles y ascienden serpenteando por la ladera de las montañas. Viaja a un pasado donde el agua se bebe fresca, filtrada entre las rocas. A un pasado donde el tiempo lo marca la luz del sol. Donde los animales levantan las cabezas de los pastos durante unos segundos para verte pasar, tranquilos. Súbete a tu máquina del tiempo y siente cómo el pasado te habla con todas sus cuestas arriba y cuestas abajo.
Tienes una máquina del tiempo. Úsala y viaja a un futuro donde la gasolina es tan sólo un recuerdo ridículo de la estupidez de tus antepasados. Es un futuro de ciudades verdes, de cielos limpios, de conversaciones que se escuchan ahora que no hay ruidos de motores. Es un futuro en el que los días de frío hace falta abrigarse de verdad y donde la lluvia moja, sí, pero ¿qué hay de malo en eso? ¿Qué hay de malo en recordar que nosotros y los elementos somos parte de este planeta? ¿Qué hay de malo en esa convivencia? ¿Qué hay de malo en resfriarte alguna vez en invierno o en tener que abrirte el maillot en verano? Coge ya tu máquina del tiempo y viaja a un futuro donde todavía podrás parar en cada estación.
Y ahora viene lo importante. Escúchame. Tu máquina del tiempo no una de esas que salen en las películas ni en los libros de ciencia ficción. Tu máquina del tiempo no es un reloj de arena al que hay que darle vueltas, ni funciona con plutonio robado a terroristas libios. No. Si para algo has de usar tu máquina del tiempo es para anclarte al presente.
Piérdete por una carretera de montaña sin saber a dónde vas o cuándo vas a llegar. Apaga el Strava y concéntrate en cada pedalada, nada más. Por tu bien y porque así es como funciona esta máquina del tiempo. Porque si imaginas lo que te va a costar subir ese puerto de montaña, jamás lo subirás. Si bajas con miedo a caer, te caerás. Suelta el freno y disfruta de la velocidad.
Ama tu máquina del tiempo y amarás el presente. Escúchala. Atiende, te dice: cuando necesites distraerte del dolor en las piernas, mira a tu alrededor, al cielo azul, a las nubes grises que se ciernen sobre el horizonte, oye los pájaros piar, animándote, y respira el aire de los mismos árboles que te dan sombra. Siente cada ondulación del terreno del mismo modo que sientes el sudor mojando tu piel, porque ahora es parte tuya y tú eres parte de él. Eres parte de la Tierra.
Tu máquina del tiempo no funciona como tú crees que lo hace. No usas la energía de tus músculos para moverte. En realidad la usas para permanecer en el presente. Para que cada segundo que pasas en tu máquina del tiempo cuente ahora y nada más. Para que la próxima vez que te subas a ella hayas olvidado lo mucho que has sufrido en aquella rampa infernal, sin más piñones que usar, apenas avanzando, retorciéndote sobre el manillar, maldiciendo el momento en el que decidiste tomar aquel desvío que tan buena pinta tenía, lamentando ser esclavo de la belleza, del asfalto agrietado y las calzadas estrechas sin pintar. Tu máquina del tiempo te ayuda a olvidar y te impulsa a explorar todos esos caminos. Con esta máquina del tiempo los días se viven de verdad.
Tienes una máquina del tiempo. Úsala ya.

12 de septiembre, 2014

No recibí pésames al llegar al tanatorio. Toda la gente que allí esperaba estaba más interesada en saber cómo había sido el paso de la Vuelta por el pueblo que en contarme una vez más cómo habían conocido a mi abuela, qué gran mujer, que Dios la acoja en su seno, espero que hayas rezado por ella, filliño, no querrás que tu santa abuela arda en los fuegos sulfúricos del infierno y que tenga que cocinar durante toda la eternidad croquetas para Satanás, qué buenas las croquetas de tu abuela, aunque qué te voy a decir a ti, se ve a leguas que las comías bien, ¿eh?
-A mí me parece increíble eso que hacen cuando gana uno, ¿sabes? -me dijo un señor con bigote que había ido al tanatorio para llenarse los bolsillos con los caramelos de cortesía que ponían en la sala de espera-. Lo de levantar los brazos sin caerse. Yo competí de joven, cuando el único dopaje que había era el carajillo que te servían en el primer bar en el que parabas para avituallarte. Competí durante seis años y no gané una sola carrera para no tener que levantar los brazos al cruzar la meta el primero. Le tenía demasiado aprecio a mis dientes, ¿sabes? Y ya ves ahora -dijo sonriendo, enseñándome los pocos dientes que le quedaban, todos amarillentos y torcidos-. Ahora me arrepiento de no haberlos perdido de joven, celebrando una victoria… Pero bueno, ¿qué se le va a hacer?
-Nada, supongo.
-¿Y quién ganó la etapa? -preguntó, metiéndose un caramelo en la boca, con el envoltorio y todo, “así me duran más, ¿sabes?”.
-Todavía no ha acabado.
-¿Tú quién quieres que gane?
-No sé. Degenkolb, supongo.
-Ah, Degenkolb… Alemán, ¿me equivoco? Los alemanes: nuestros más fieles aliados.
-Eh... Creo que voy a ir junto a mi abuelo, que todavía no lo he saludado.
Me alejé del señor lo más rápido que pude y fui a buscar a mi abuelo. Lo vi a lo lejos, como perdido, sin saber al lado de quién ponerse, la mano de quién coger o a quién susurrarle alguna ocurrencia al oído. No me vio hasta que estuve a un metro de él. Entonces alzó sus pobladas cejas por encima de las gafas y me preguntó dónde me había metido.
-Paré para ver pasar la Vuelta.
-¿Y viste a Induráin?
-No, abuelo, Induráin hace muchos años que no compite.
-Vaya. ¿Te acuerdas cuando lo vimos?
Me acordaba, sí. Diecinueve años atrás: septiembre del ‘95, por la mañana. Era la Vuelta a Galicia la que pasó ese día por delante de casa. Y, como ahora, todo el pueblo había salido a las aceras para ver pasar al pelotón. Iban despacio, hablando unos con otros. Y entre todos los ciclistas vi a Induráin.
Yo tenía seis años, y ese día fui consciente por primera vez en mi vida de que Induráin era algo más que un monigote así de pequeño que se pasaba las tardes de julio dentro de la televisión del salón de mis abuelos, con el buen día que hacía fuera y lo divertido que era jugar con el chafarís en el jardín, tan fresquita el agua y ese arco iris en miniatura que siempre se formaba con los rayos de sol.
-A la tarde no dejabas de hablar de él -siguió mi abuelo-. Decías que de mayor querías ser biciclista, como Induráin. Y la abuela te decía que vale, pero que fueras con cuidado para no abrirte la crisma, que ella te iba a querer igual con la cabeza vendada o sin vendar, pero que luego vendrían los lloros y por ahí sí que no pasaba, que le rompía el corazón oírte llorar. Luego jugasteis a las cartas.
-Siempre le ganaba... -recordé.
-Siempre te dejaba ganar.
Los dos nos quedamos callados unos segundos. A nuestro alrededor, las conversaciones se iban animando: había que aprovechar el tiempo, que una reunión familiar como esa no tenía lugar todos los días, afortunadamente.
-¿Te he contado que yo corrí con Induráin?
-Ya, abuelo, pero con Prudencio. Y a pie.
-Pero le gané. No está mal.
No estaba nada mal, no. Sobre todo teniendo en cuenta que mi abuelo le sacaba cuarenta años a Prudencio Induráin, “el hermano maravilla”, o cualquier otro apodo que le pusiera la prensa de la época.
-Una vez salí en bici a por el pan y acabé en Padrón -siguió mi abuelo-. Soplaba el viento del sur y me dejé llevar. No veas el cabreo que se cogió la abuela cuando volví a casa por la tarde, ya comido. Me senté a la mesa, y aunque ya no me quedaba hueco para el cocido, por ella, lo comí. Por ella le habría pegado un mordisco a la luna para que estuviera siempre en cuarto menguante. Después de ese atracón estuve dos meses durmiendo la siesta y la abuela se enfadó todavía más conmigo. Se sintió tan sola durante ese tiempo…
Hubo otro largo silencio lleno de sollozos.
-Abuelo…
-No, déjame llorar -me dijo sin molestarse en secarse las lágrimas de los ojos-. No hay nada malo en llorar cuando algo te duele. Recuérdalo, ¿vale? Porque a ti te queda mucha vida por delante. Te quedan muchas caídas que sufrir, sobre todo ahora que no hay nadie que te diga que andes con cuidado. Llora y aprieta bien la venda de tu cabeza y levántate. Cáete, pero siempre ponte en pie. Por ti. Por mí. Por la abuela, que Dios te acoja en su seno, cariño -dijo mirando al cielo-, y que los ángeles engorden de comer tantas croquetas. Te quiero.

lunes, 6 de agosto de 2018

Miradas

Cabello cobrizo y helado en la mano
el verano es luz en tu piel
eres ojos de miel y vestido de flores
y en el cielo
luces de colores

Comes el cucurucho de lado
entre la gente, la vista al frente
riéndote sola, hasta que una bola
cae al suelo
dejas atrás el deshielo

Tus pies de vainilla me dejan helado
tus besos de fresa incendian mi ser
quiero saber a qué sabe tu sed
quiero morir
bebiendo tus labios

El cielo explota, el tiempo se agota
dos pasos más y nos habremos cruzado
tu lengua se esconde y se vuelve a mostrar
tan fría
empiezo a rezar

Tus ojos se posan en mí y me miras
si ahora sonríes estoy acabado
seré tuyo por siempre
espero ese instante impaciente
como el que espera al tren tumbado en la vía


sábado, 9 de junio de 2018

Virginia, 1781

La niebla en el Potomac es tan densa que al barco le cuesta avanzar río arriba. Se engancha al casco y lo frena, como si fuera una rémora. No importa: nadie tiene prisa por llegar. En cubierta se respira silencio. A lo lejos, ruidos de guerra. Alguien contiene un estornudo. Entre dientes, alguien reza.

No llueve, pero como si lo hiciera. La humedad pega la ropa a unos cuerpos delgados, marcando las costillas de los hombres como si las llevaran por fuera. Hay quien dice que así es. Que dentro no hay espacio para ellas. Que en su pecho sólo cabe un corazón que se niega a latir al ritmo que marca Inglaterra. Pero la mayoría dice que las llevan así, a la vista, para que el doctor sepa dónde hacer la incisión cuando llegue el momento. 

Porque el momento llegará. Una bala acabará por perforarles la piel tarde o temprano. Les astillará los huesos y hará manar la sangre. Serán uno con la tierra mucho antes de que acabe la guerra. Todo el que va en ese barco lo sabe. Por eso rezan más ahora que la niebla es menos densa.

Es una niebla más familiar, esa que apenas los oculta ya. Huele a pólvora y a calma tensa. En cubierta se agachan. Se parapetan. Preparan los mosquetes. Tienen lista la bandera.

Y antes de luchar la miran. Si han de morir, morirán por ella. Por lo que representa. Por las trece colonias. Por las trece estrellas. Por la gente, no por la tierra. Por sus hijos. Por América.