Sé que no debería empezar por aquí, pero bueno: una casa es más que su tejado. Es más que su fachada y sus cimientos. Una casa también es su jardín, y los árboles que hay en él.
Mis tíos, de niños, clavaron unos hierros en forma de U en los troncos de esos dos robles de ahí, tres o cuatro en cada uno, a modo de escalones. Tenían el espíritu de los monos, pero sin tanta agilidad, y necesitaban una ayuda para subirse a las ramas más bajas, y desde ahí, con un poco de mala suerte, ascender directamente al cielo.
Cuando yo nací apenas asomaban ya un par de hierros, engullidos por la corteza de los robles. Los muñones sobresalían lo suficiente para poder trepar todavía, si nos hubieran dejado. Quizás los tiempos habían cambiado y a los niños se nos protegía más que en los ‘70 (siendo generosos), o que éramos menos y una pérdida se habría notado más cuando nos llamaran a la mesa para comer.
Las aventuras que vivíamos nosotros tenían lugar unos metros más abajo, unos metros más allá, a la sombra de la casa y de los robles, al comando de la voz del abuelo y sus historias del Oeste Americano, donde nosotros éramos los protagonistas, y donde la Groba se convertía en las Montañas Rocosas: indios y caballos salvajes, y vaqueros atraídos por la fiebre del oro, que había surgido de la precipitación de los minerales disueltos en los flujos hidrotermales que ascendieron y se inyectaron por las fracturas de los esquistos debido al aumento brutal de presión y temperatura que provocó la intrusión de los granitos... Aunque esto el abuelo sólo lo intuía.
Una casa son los niños que crecen en ella. En el verano del ‘96, mis primos y yo disputamos nuestros particulares Juegos Olímpicos de Atlanta. Cada uno de nosotros competía como una nación soberana. Y acabada la tregua olímpica, retomábamos las hostilidades con batallas de globos de agua. Quizás aún quede algún trozo de plástico incrustado en el pavimento del Patio del Pozo, junto con cristales de algún pelotazo desviado o desconchones de pintura blanca por usar la pared como frontón.
Una casa es también lo que se rompe. Es la piel de las rodillas en los patios. Son las caídas en las escaleras (interiores y exteriores, siendo niña o ya mayor), y niños atrapados por muebles que tal vez deberían haber estado anclados a la pared.
Una casa es lo que se llora. Son los huesos en la tierra, con sus nombres, bajo cruces diminutas u ofrendas de flores. Habrá también alguno anónimo, supongo, si aquel hámster que tuvimos, siendo pequeños, lo enterramos en vez de tirarlo por el retrete como a los peces de colores. Que en paz descansen todos.
La casa es también de los vivos: de Lúa volviendo sola desde Camos, exhausta, de madrugada, y de Fiona pasando una noche atrapada en un alfeizar del segundo piso o metiendo dentro de casa una rata y desentendiéndose de ella, dejándome a mi la tarea de sacarla del cajón del armario donde se había refugiado, entre medias viejas de fútbol, sus ojillos asomando bajo unas canilleras. De Manolito hay menos anécdotas, por lo que sea.
Una casa está hecha de espacios en el tiempo. El churrasco en navidades, la estufa encendida, los cristales empañados, coloretes por el vino. Este garaje cuando mamá cumplió los 50, hasta que llegó la policía, monte a través. Ese baño de ahí después de que el abuelo se peinara y saliera como salían los concursantes de Lluvia de Estrellas (muy actual la referencia, Jorge), si la nube de humo estuviera hecha de laca . O los domingos por la noche, en el salón de abajo, los falsos techos atravesados por los gritos de la abuela mentando al árbitro y a toda su familia, seguidos del tikitikiti de los ratones correteando asustados.
Una casa son sus vistas: la iglesia de Sabarís, envuelta en neblina, iluminada por el sol bajo de invierno; las nubes abrazando la Groba, descargando cortinas de lluvia sobre su ladera; el edificio de los Abal; una puesta de sol tras la Virgen de la Roca.
Una casa es la gente que está y la que ha estado. Es el cielo sobre ella una noche de verano, por San Lorenzo, viendo las estrellas pasar. La abuela en la tumbona, 70% agua, el resto vino blanco. Se ríe de sus propios comentarios procaces, y nosotros reímos con ella, por cómo es, por cómo era, y su risa convierte en perpetuas las estrellas fugaces.
De una casa se vende lo material: pasillos y cocinas y salones, fachadas y cimientos. El terreno. Se venden jardines y escaleras. Las terrazas y los patios. Las goteras del churrasco. Las habitaciones.
Lo demás nos lo quedamos: las historias, los momentos, los recuerdos personales que no se pueden arrancar, como hierros incrustados en el tronco de unos robles.
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