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lunes, 19 de agosto de 2013

Ohio

-Toma, conduce tú. 
-¿Yo?
-Sí, tú, Jimmy. 
-No me llames Jimmy. Jimmy es mi padre. 
-Bueno, pues conduce, James -dijo Jack mientras le entregaba las llaves del coche que acababan de alquilar. 
-¿No puede conducir John?
-¡Que conduzcas tú, hostia ya!
-Vale, vale. 

Jimmy se subió al coche. Jimmy no, James. Jimmy es su padre. Tras él (en el tiempo, no en el espacio) subieron Jack, John y el otro Jack, Jack Johnson. 
James introdujo la llave en el contacto. Ajustó el espejo retrovisor, se puso el cinturón de seguridad, comprobó que el volante estuviera unido a la columna de dirección tirando de él enérgicamente y, con un leve pero eficaz giro de muñeca, arrancó el coche.

-Brrrumm, brruuumm -dijo el coche. 
-Bueno, ¿a qué esperas? -le espetó Jack. Jack era mucho de espetar las cosas. 
-Un segundo, déjame que... mmm... ¿lleváis todos el cinturón puesto? ¿Sí? Sí, lo indica aquí. Hay que ver qué modernos son estos coches de ahora, ¿no? Recuerdo cuando mi padre, Jimmy, tenía que atar nuestro viejo coche, un Ford del 72, al tren que pasaba cerca de casa para que cogiera la suficiente velocidad para arrancar. Si no no había manera. Y mira ahora, con lucecitas que dicen quién lleva el cinturón puesto y quién no. 
-James, cállate y arranca. 
-Sí.

James, visiblemente nervioso, alternaba la mirada entre el espejo retrovisor y la extraña palanca de cambios. Desde el asiento trasero, Jack (Johnson) se dio cuenta de lo que pasaba.

-Oye, James, nunca has conducido un coche de estos, ¿verdad?
-Qué dices... Cientos de decenas de veces. 
-Ya. Pues mete primera y vámonos. 
-Sí... 
-Ja -comenzó a reír Jack, sentado en el asiento delantero derecho, puesto que el izquierdo era el reservado al conductor- jaja -concluyó-. James, James, James, James, James...
-¿¡James qué!? -vociferó rojo como un globo rojo James. 
-¡No sabés conducir un coche automático!

Tres cuartas partes del coche entero estallaron en carcajadas. James no sabía donde meterse. Lo que decía Jack, por mucho que le costara admitirlo, era cierto. Su padre no le había enseñado a llevar un coche con cambio automático. Tampoco le había enseñado a afeitarse, puesto que Jimmy, el padre de James, había sido barbilampiño de nacimiento. A James la barba le llegaba desde diez centímetros más abajo de la barbilla hasta su cara.

-No, no sé... -admitió finalmente tras veintidós minutos de risas continuas.

Jack, secándose las lágrimas con su mano derecha, empujó la palanca con su mano izquierda desde la posción neutra hasta la de echar a andar.

-Ya está. Ahora sólo tienes que acelerar y frenar. Y girar, claro. Pero no hay marchas ni embrague ni todas esas mierdas del siglo XVII que utilizan los europeos en sus coches. ¡ESTO ES AMÉRICA!

James, henchido de orgullo nacional, hundió el pie derecho en el acelerador. Los cuatro muchachos comenzaron a gritar al unísono el nombre de su gran patria, ¡A-MÉ-RI-CA!, aunque John no podía evitar decir entre dientes y a toda velocidad "Estados unidos de" antes de cada grito, lo que pronto le dejó sin respiración y casi muere de la forma más tonta. Enfilaron la carretera dejando atrás el polvoriento aparcamiento. Comenzaba para ellos el verano de sus vidas.

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