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Violators will be prosecuted. Enjoy!

viernes, 26 de octubre de 2012

Humano. Capítulo 5.


50 tonos de blanco

La primera vez que vi la nieve tenía cinco años. No lo recuerdo, pero está grabado en video. Así que lo he visto decenas de veces. Docenas incluso. Salgo bajando del coche, con una sonrisa que me daba dos vueltas y media a la cara, abrigado desde la cabeza hasta lo que vendrían a ser los minúsculos pies de niño pequeño que gastaba por aquel entonces. Saltando. Corriendo sin control, persiguiendo la nieve, que al estar quieta no era un rival difícil. Abrazándola. Amándola. Comiéndola. Pisoteando la estúpida nieve que tanto quemaba en la boca. Estúpida y helada nieve. Dios, como la odié. Al llegar a casa, esperé a tener 16 años para que mi madre me dejara usar sin la supervisión de un adulto los fogones de la cocina, calenté agua, abrí el congelador y derretí a esa estúpida, estúpida nieve casera.
Así que como podéis imaginar, cuando me desperté con una resaca terrible tumbado en un trineo tirado por perros, gracia, lo que se dice gracia, no me hizo. A ver, reír me reí, pero eso es porque yo soy de naturaleza alegre. También tosí, pero porque el aire era muy frío. No soy de naturaleza tosedora. Estoy hecho un toro. Físicamente soy un animal. Uno de los buenos, no una lagartija o un perro-patada de esos.
Esta vez sí que estaba solo. El trineo era pequeño. Rebusqué durante segundos pero no había ni rastro de Pepe o Paco. Supuse que no estaba ya en Groenlandia, porque yo de geografía voy justito, pero sé que es una isla. Y por ahí no se veía el mar por ningún lado. Solo hielo y nieve. Horizontes y más horizontes se sucedían al ritmo que marcaban los perretes. Ay los perretes, como me gustan los jodíos.
De repente, a lo lejos, vislumbré más nieve. Y más. Y más. Y un pueblo. Un pueblo esquimal, con sus iglús y sus gentes esquimales. Me acogieron como a un igual. Quizás fuera por los coloretes que aun asomaban en mi cara del alcohol de la noche anterior. Que, ojo ahí, no recordaba nada, como es habitual. Pero beber, amigos, había bebido. El que supuse que era el jefe de la tribu se acercó a mí. Como yo no hablo esquimalí y el no hablaba idioma de persona normal, no entendí lo que me decía. Así que me puse a pensar en mis cosas. Normalmente mis cosas son gilipolleces, como qué voy a cenar o qué echan por la tele. Pero estaba en medio de ninguna parte, allá donde a Cristo se le encogieron los cataplines por el frío polar, así que tenía cosas más importantes en las que pensar. Como por qué estaba allí, o a dónde ir después. Por suerte, esa misma noche, en el sorprendentemente cálido interior de un iglú, me descubrí dos nuevos tatuajes que me serían de gran ayuda para encontrar mi camino. 

jueves, 25 de octubre de 2012

Humano. Capítulo 4.


Los detectives salvajes

Estamos en Groenlandia. Así, como suena. Pepe será todo lo buen marinero que el quiera, pero es dormirse y coger yo el timón y desviarnos totalmente del rumbo. No, si la culpa será mía al final, por permitirle que confíe en mí. Ahora lo hecho, hecho está. Llevamos dos semanas aquí, compartiendo una bonita habitación de un acogedor hotelito en un pueblo de mierda. Nuestras indagaciones comenzaron al día siguiente de instalarnos. Porque una cosa te digo: podremos estar a miles de kilómetros de los andes, que está a miles de kilómetros del hospital donde deberíamos estar, pero no pararé hasta encontrar a mis descendientes. Contratamos un intérprete de groenlandés que trabajaba a cambio de pescado. Tal cual una foca. Patético. Pero muy profesional. Comenzamos a interrogar a todos los habitantes del pueblo. Les preguntábamos si me habían visto haría unos 19 años por ahí. La respuesta no por previsible dejaba de ser dolorosa. Como un martillo en manos de un herrero, golpeaba mi corazón rítmicamente. No, no, no. Yo en el fondo sabía que decían la verdad, ya que no había salido de España en mi vida. Pero me negaba a perder la esperanza. Si todas las pistas nos habían llevado hasta esa isla, por algo sería. Torturamos a varias personas. A muchas, diría yo. No es algo de lo que me sienta orgulloso. Cruzárselas por la calle al día siguiente no es agradable ni para el torturado ni para el torturador, creedme. Fueron pasando los días. Pasaron las semanas. Hasta dos, que son las que llevamos aquí. Y por fin hoy a la mañana tuvimos la primera buena noticia desde hacía mucho tiempo: hemos encontrado un bar. Mira que no me gusta mucho beber, pero cuando la vida te da tantos palos como me está sucediendo a mí, es necesario refugiarse en el alcohol, aunque sea durante una noche. Y quien sabe, quizás mañana veamos todo con más claridad. 

martes, 23 de octubre de 2012

Humano. Capítulo 3.


O lo bien que queda poner un título así

Es domingo. Por el sol diría que son las 12 de la mañana. Por el viento en la cara diría que estoy en un jodido barco en mitad del océano. No recuerdo nada de anoche, lo cuál sólo puede significar una cosa: noche antológica. Los mejores recuerdos de mi vida son los que no tengo. Puede parecer triste, pero a mí lo que me entristece es la gente que no se divierte tan brutalmente como yo. “Party hard y no mires con quien”, como decía mi padre. Para que os hagáis una idea de cómo soy, tengo los brazos cubiertos de tatuajes y no recuerdo haberme hecho ninguno. Cuando estaba en la universidad mi más entrañable pasatiempo era despertarme el viernes a las cinco de la tarde como muy temprano y, con la misma ilusión con la que un niño entra al salón de su casa el día de navidad, descubrir qué obra de arte había estampado en mi piel guiado por mi subconsciente alcoholizado. Eso en las noches más light. Así que despertar desnudo en la cubierta de un pequeño pesquero no era una novedad para mí.
Supongo que no estoy solo, pero no veo a nadie más. Oye, que igual cogí, me acerqué al puerto, me introduje de un salto en el barco con gracia felina, apunté hacia mar adentro, levé anclas, encendí motores y me puse a dormir mientras las hélices hacían el trabajo duro. Ah, pero no. Aquí hay dos personas más. No los había visto porque soy gilipollas y veo fatal, pero estaban aquí enfrente de mí. Paco y Pepe, Pepe y Paco, quienes si no. Mi séquito. Mis leales escuderos. Dos catetos para mí, su hipotenusa. Los dos repugnantes testículos para ese falo majestuoso que vendría siendo yo. Ellos, por suerte, están vestidos. Menos mal. Alabado sea el señor por librarme de la traumática visión que sería ver sus desnutridos y obesos cuerpos, respectivamente, desnudos. Realmente son los dos tirando a flaquillos. Paco tiene el pelo largo y pelusa por bigote. Pepe es calvo. O al revés, yo no me fijo en esos detalles, no soy maricón.
Uno de los dos está detrás del timón. El otro está vomitando por la borda. Novato. Parece que el timonel intenta comunicarse conmigo. Le veo mover los labios, pero no le puedo escuchar porque estoy pensando esto. Voy a parar.
Os lo resumo, que estuvimos hablando un buen rato. Estamos yendo a Argentina. Resulta que ayer les conté lo de mi plan, como tenía previsto. Enseguida nos vinimos arriba y empecé a contarles datos que nos serían de ayuda para empezar la búsqueda. Como estaba totalmente borracho la mitad de lo que decía era mentira, así que en vez de sugerirles empezar por el hospital donde sabía que habían nacido mis tres pequeños, les conté no se que historia de mafias internacionales de robo de bebés, ajustes de cuentas, dragones y algo de sexo. El caso es que ataron esos cabos imaginarios y dedujeron que todas las pistas guiaban a un mismo lugar: los andes. Una vez que me contaron eso, estuve tentado de tirar del equivalente marino del freno de mano y dirigirme de nuevo hacia la costa para hacer las cosas con algo de sentido común. Pero pensándolo bien, la sola idea de ir al hospital y enfrentarme a los kilómetros de papeleo que supondría reclamar a mis hijos me aburría soberanamente. Así que me callé, les felicité por su perspicacia y me dejé llevar. Al fin y al cabo, un viaje en barco a Argentina no es algo que se haga todos los días. 

viernes, 19 de octubre de 2012

Humano. Capítulo 2


“Prohibido cantar”

Me considero una persona sensible, amable, voraz y humilde. Mi nota como padre, en el caso de que viniera alguien a hacerme una encuesta y me preguntara: “Y usted, señor, ¿que nota se pondría a sí mismo en el caso de que alguien viniera a hacerle una encuesta y le preguntara por la nota que se pondría como padre?”, es un 9. No lo digo yo, es un hecho. Por eso he abandonado mi hogar, en contra de mi voluntad, y he emprendido esta loca, loca aventura de encontrar a mis auténticos hijos a los que, en el caso de que sean relativamente guapos y listos, querré como solo un padre puede querer: sin mariconadas. Así que aquí estoy, saliendo por el portal de mi casa, dándome cuenta de que es sábado y que había quedado con los colegas para tomar unos cacharros, con lo que mi búsqueda queda pospuesta sin dilación hasta el lunes. Un hombre divorciado de cuarentaypocos años necesita divertirse con sus amigotes de vez en cuando. Lo demás puede esperar. Mis amigos, mis hermanos del alma, mis compañeros de asiento en este viaje que es la vida, son patéticos. Los dos. Y no lo digo yo. Lo dicen ellos. A ver, no lo dicen pero yo sé que lo piensan. Y si no lo hacen, deberían. Porque mira que dan pena los pobres. Yo me río de ellos bastante, pero sin disimular, para que se enteren. Y lo digo yo, que era el mantenido de una prostituta. Porque a mí lo de trabajar me cansa. Cuando mi mujer me abandonó y me quedé al cargo de lo que luego resultaron ser tres críos aleatorios, ellos dos fueron los únicos que no me dieron la espalda. Por eso seguimos saliendo juntos. Además de que tienen pasta para invitar a cubatas, que como viven con sus madres no gastan en hipotecas ni alquileres. Yo soy su líder, y como tal, les voy a pedir hoy mismo que se me unan en mi descabellada aventura. Y así baje Dios todopoderoso, creador de todo lo creable, que rompió el molde conmigo, su más excelsa criatura, y sea testigo presencial de este épico mensaje que estoy gritando en mitad de la acera que viene a decir algo así como: prepárate mundo, que allá vamos. 

jueves, 18 de octubre de 2012

Humano. Capítulo 1


 Aventura se escribe con “av” de avioneta

¿Os he contado alguna vez cómo conocí a vuestra madre? Jeje. Es broma. Como ya sabéis, era puta. Y nos abandonó hace cinco años. Pues resulta que no era vuestra madre. No, no me miréis así, yo estoy tan sorprendido o más que vosotros. Me acaban de llamar del hospital. Al parecer hubo una confusión y nos entregaron los bebés que no eran. Las tres veces. Por eso sois negros y vuestra “madre” y yo no. Yo siempre creí que como Lola era meretriz y tal, erais hijos de algún cliente suyo y que a mí me había engatusado con triquiñuelas para casarme con ella y hacerme cargo de lo que a todas luces eran unos hijos bastardos. Y va y resulta que no, que vuestros padres son de Senegal. Así como pasa esto, pasa otra cosa. Hay tres posibles hijos míos pululando por ahí. No soy un iluso, sé que hay muchas probabilidades de que tampoco sean míos. Pero seguramente sí, porque una vez fui a donar esperma y al acabar en la habitación estábamos yo, el bote y un montón de botecitos recién nacidos. Así de potente es vuestro padre, chavales. Padre entre comillas, “padre”, porque si hacéis memoria recordaréis que no sois mis hijos legítimos, por lo de la llamada esa que me acaban de hacer. Y eso es un poco todo el asunto. Voy a iniciar una búsqueda hoy mismo para encontrar a mis verdaderos hijos y quererlos en sustitución de vosotros. Puede que me lleve años y que acabe sin dinero, pero da igual. Necesito conocer a mis verdaderos descendientes. A vosotros os tenía cariño, pero desde hace un rato como que no me importáis una mierda. Ya tengo la maleta preparada, así que me largo. Tenéis unos tupers en la nevera. Cuando se os acaben, bajáis las persianas, apagáis las luces y os piráis a la puta calle. Dejad las llaves donde siempre, que seguramente tenga que volver por aquí y paso de ir con ellas a cuestas, que no quiero perderlas. Y a llorar a Senegal. 

martes, 16 de octubre de 2012

16 de octubre


Tenía 21 años el día que cumplió 22. Se despertó temprano, como siempre. El reloj apenas marcaba las dos de la tarde. Salió de su habitación y se metió en la alacena debajo de la escalera. Era allí donde fingía dormir cada 16 de octubre. Desde los 11 años esperaba una carta, pero ésta nunca llegaba. “Este año sí”, pensaba. “Los dos patitos son mágicos, este año llegará”, se decía. Como realmente en su casa no había ninguna alacena debajo de la escalera, porque para empezar no había escalera, se metió en la despensa y se sentó sobre una farrapeira. Una limpia, no de las que usaban las perras para dormir. Cerró la puerta como pudo y encendió la luz. Después la apagó porque se dio cuenta de que estaba fingiendo dormir. Tenía que engañar a esos astutos magos. Sacó el móvil, abrió el Twitter y escribió: “Qué mal se duerme en mi alacena el día de mi cumpleaños @hogwarts_school.”. Se rió de la brillantez de su plan. “Muajajaja. Muajajajajaja. Muajajajajajaja. Guau, guau. Calla Lúa”. Siguió esperando pacientemente durante un largo minuto. Abrió la puerta un poquito, se asomó y la volvió a cerrar. Creía haber escuchado algo. “Son ellos”, pensó. “Muajajajajaja achús. Maldito polvo de despensa”. ¿Polvo mágico, quizás? Pasó la mano por uno de los estantes, dejando una estela de limpieza y llevándose consigo litros y litros de polvo mágico (unidades internacionales). Cerró los ojos y sopló. También pedía un deseo al mismo tiempo. Y respiraba. Y más cosas, pero tampoco me voy a poner a describir todas y cada una de las cosas que pasaban en ese instante de tiempo. Justo en el mismo momento en que la última mota de polvo abandonaba la palma de su mano derecha, pasaron doce segundos y un papel se deslizó mágicamente por debajo de la puerta. No tenía membrete (porque no sé lo que es). Estaba en blanco. Menuda decepción. O quizás había un mensaje, un mensaje secreto... Rebuscó entre las cosas que se amontonaban allí dentro y encontró lo que quería. ¡Limón! ¡Un limón! Un limón, para los que no lo sepáis, es una fruta así como amarilla que cortas a la mitad y después cortas una rodaja y la pones en la Coca-Cola. Pero también tiene otra función. Cortó el limón con un cuchillo, exprimió un poco sobre la hoja y lo extendió con la mano. Si el mensaje había sido escrito con tinta invisible, el limón desvelaría el texto. Cogió la hoja por las esquinas superiores y sopló para acelerar el proceso. Nada. A no ser que... Le dio la vuelta a la hoja. Allí estaba el mensaje oculto. “So clever”, pensó. “Damn, you magicians”, dijo esta vez en alto. Comenzó a leer. Siguió leyendo. Acabó de leer. Salió de su estúpido escondite, por llamarlo de alguna forma. Recogió el imán que había en el suelo y pegó el papel de nuevo a la nevera, el sitio al que pertenecía, y del que una caprichosa corriente de aire había arrancado y transportado a lo largo de la cocina hasta la despensa.
“Tienes pasta en la nevera de abajo. Saca el pan del congelador. Recoge la cocina. Ten cuidado al cruzar la calle. No cojas caramelos de desconocidos. Fdo: tu madre”.
Otro año más igual, otra nueva decepción. Pero por lo menos tenía la comida hecha.

sábado, 22 de septiembre de 2012

La fantástica historia del bebé que no sólo hablaba, sino que lo hacía en inglés

Bueno, ¿por dónde iba? Ah, sí, sí. Te veo atento, muchacho.

Vale, os contaré la fantástica historia del bebé que no sólo hablaba, sino que lo hacía en inglés. Y procurad no interrumpirme, que pierdo el hilo enseguida y después me paso horas intentando volver al origen de la historia para poder continuar, cosa que no siempre consigo.

Hay un truco, que yo no utilizo pero sé de gente que sí lo hace, que consiste en anotar ciertas palabras clave de la historia. Así, cuando se dan cuenta tras horas de divagar que se han desviado por completo de la historia que pretendían contar, leen la última palabra anotada y retoman la historia desde ella. Corres el riesgo de volver a irte por las ramas en el mismo punto y entrar en un bucle infinito del que sólo la muerte te puede sacar. No sería la primera vez que un hombre muere mientras cuenta una anécdota por utilizar ese truquillo. Así que yo no lo uso. 

Tampoco es que lo necesite, porque suelo ceñirme a la narración de un modo que puede resultar hasta enfermizo para los más divagadores de los llamados cuentacuentos. O abuelos para vosotros, criajos. 

Porque vosotros los jóvenes a cualquier cosa con más de treinta años le llamáis abuelo. Que lo sé yo. No tenéis respeto por la antigüedad. Vivís en una burbuja de cristal blando, del que no se rompe. 

Niños mimados. En mis tiempos a los niños nos trataban como perros, y los ancianos eran la élite. Llegar a cumplir los cincuenta años era mérito más que suficiente como para ser tratado como un marqués. En mis tiempos... 

Estos también son mis tiempos, no mis tiempos mozos, no mi infancia, pero son mis tiempos. Mientras yo viva estos tiempos serán míos. Podré compartirlos con quien quiera, desearé compartirlos con los seres que yo quiera, pero serán míos y de nadie más. Cada hombre tendrá los suyos, durante toda su vida. Vosotros también, mocosos, no os penséis que os vais a librar de vivir. Y con suerte los tiempos de alguno de vosotros perdurarán más allá de vuestra vida. Es el sueño de muchos hombres, no os vayáis a pensar que es una cosa sin importancia. Ahora no lo entendéis, o puede que nunca lleguéis a hacerlo. Yo es algo que siempre he anhelado, pero me temo que no va a ocurrir. 

No, no, no intentéis animarme. Estoy hablando de la vida eterna, y eso no se consigue contando historias en un pueblo perdido de la mano de dios. No seas animal, claro que todo el mundo se muere. Vida eterna en el sentido de permanecer en el recuerdo de todo el mundo durante años y años. Conocéis al Matapiedras, ¿verdad? Por supuesto que lo conocéis. A esa clase de persona me refiero. Os sabéis sus aventuras al dedillo. ¿Alguno sabe dónde nació? Exacto, aquí mismo, en este mismo pueblo mucho antes de que se llamara así. Mucho antes de existir el propio pueblo. Mucho antes de nacer él mismo. Porque el Matapiedras es atemporal. Es paradójico por sí mismo. Es simple como el acto de matar, pero complejo como el hecho de quitarle la vida a algo que nunca la tuvo. Dime. No, gracias, muchacho. Bueno sí, un vasito de agua, por favor. 

¿Vosotros dos no queréis nada? No os vaya a pasar como a la Pequeña  Rocío. No, la bisabuela de la Pequeña Rocío que conocéis. Cuando vuelva vuestro amigo os la cuento. La historia de la Pequeña Rocío. No me digas. Entonces conoces la historia, ¿no? Cuéntasela tú, a ver si así se piden algo de beber. Mientras voy a aprovechar para ir al baño. 

Sigue, sigue, no es la versión que yo suelo contar, pero bueno, tú la conoces de fuentes directas. ¿Qué os ha parecido? Así es, cuatro generaciones hasta la fecha. Os esperamos. No sé que gracia le veis los jóvenes a esas latas de refrescos. La primera lata de esas que vi yo no la vi yo, me la contaron. 

Ahora con la televisión no hay misterios. Pasa algo en una parte del mundo y antes de que haya sucedido ya lo estás viendo tranquilamente sentado en el sofá de tu casa. O en una silla en la cocina, que esa es otra, hay televisores en todas las habitaciones del hogar. Un bicho de esos encima de cada mueble. Seguro que hay una pantalla dentro de cada cajón. Mira que sois raros ahora. 

Que conste que de haber existido ese invento del demonio cuando yo era joven, quizás hubiera habido uno en cada habitación de la casa. Pero es que por aquel entonces las casas tenían como mucho una estancia, o dos. O ninguna. No habré vivido yo en casas sin habitaciones, ni cocina, ni salón, ni baño. La mayoría de las casas tenían un número impar de paredes, y ese número era o el tres o el uno. El techo normalmente estaba sin construir, además de sin colocar. El suelo, cuando lo había, no era más grande que un círculo, pero con forma de cuadrángulo de esos que estudiáis en la escuela. Y afortunado era aquel que tenía internet, el cual todavía no existía, además de que no sé lo que es. Y ahora se pone a llover. Vaya por dios. 

Falta hacía, también os lo digo. El fin de la sequía. Eso era algo que se solía celebrar a lo grande hace no muchos años. Recuerdo la fiesta que se organizó tras la Gran Sequía del 38. Trece lustros estuvo sin llover. Ni una sola gota en sesentaycinco años. Asomaos a la ventana. ¿Veis a lo lejos todos esos árboles en el monte? Si la lluvia os lo permite, claro. Pues antes de la sequía, lo creáis o no, todo ese monte estaba cubierto de árboles, exactamente igual que ahora. Pero, ay, durante la sequía... Desiertos y más desiertos se instalaron aquí, quién sabe por qué. El río que da nombre al pueblo, el río Pueblo, desapareció. Seco, como todos los demás ríos de la comarca. Los árboles, secos también. La vida... La vida se mantuvo, pero a duras penas. Yo por aquel entonces no era más que un niño. O por lo menos eso creo recordar. Sesentaycinco años de mi infancia viviendo en un desierto. No os podéis imaginar la alegría que sentí cuando llovió. Ahora vosotros os entristecéis porque no podéis salir a jugar a la calle. Cosa que ya no hacéis porque os pasáis el día enganchados a vuestros videojuegos. Pero hoy por lo menos estáis aquí, haciéndome compañía. 

Que la compañía es mutua, quiero pensar. Yo disfruto contando estas historias, e intento que no se pierdan. Que perduren, que sobrevivan a su propio vida de cuento. Aunque la mayoría suelen ser efímeras. Es más, las mejores historias puede que nadie las sepa. Puede que nadie haya estado presente en el momento en el que se producían, por lo tanto nadie las puede contar. Es triste. A mí me entristece, por lo menos. A vosotros ya sé que no, a vosotros os pone triste que vuestro equipo pierda. Vergüenza me dais. 

Y no creáis que a mí no me gusta el deporte. Todo lo contrario. O parte de lo contrario, tampoco voy a exagerar. Quizás esto no lo sepáis, porque no es verdad, pero yo fui campeón olímpico de lanzamiento de jabalina. 

Era el año 36 en Berlín. Aquí, en Pueblo, acabábamos de cerrar el año del señor 1931. Para celebrarlo, lancé una piedra con todas mis fuerzas. Una de las pocas que habían quedado tras la tiranía del Matapiedras. No soy astrofísico, pero esa piedra por narices tuvo que entrar en órbita. Cada año la veíamos pasar por el pueblo. Unos segundos fugaces, pero que me llenaban de orgullo. La piedra, cada vez más estilizada, iba perdiendo velocidad y altura de forma exponencial, cúbica o cuadrimensional. Quiso el destino que cayera en el estadio olímpico de Berlín durante la celebración de la competición de lanzamiento de jabalina. Récord del mundo y medalla de oro. A título póstumo, pues aun no he sido galardonado en todo lo que llevo viviendo mi vida. Pero podéis preguntarle a cualquiera. Un lanzamiento perfecto. 

Bueno, ¿por dónde iba? Ah, sí, sí. Te veo atento, muchacho.

Vale, os contaré la fantástica historia del bebé que no sólo hablaba, sino que lo hacía en inglés. Y procurad no interrumpirme.