Castoria
Estaba
solo y herido. El sol comenzaba a salir por detrás de los edificios, iluminando
tenuemente las calles llenas de escombros. Miré a mi alrededor, intentando
encontrar algo de munición. Apenas tenía dos cargadores en los bolsillos. En la
pistola, tres balas a lo sumo. Encontré un cadáver. Era fácil distinguir que
era uno de “ellos”.
Los castores: esos locos bajitos.
Excelentes constructores, pésimos estrategas. Supongo que todos pensaréis que
esos bichejos son simpáticos y pacíficos. Y así es. Pero porque no pueden ser
de otra forma. Son incapaces de organizarse para obrar mal alguno. Les quitas
de hacer presas y no son más que peluches con una sartén por cola. Pero para eso
estaba yo allí. Yo les guiaré a una guerra sin sentido