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Violators will be prosecuted. Enjoy!

miércoles, 1 de julio de 2015

4:13 am

Llevaba algún tiempo sonando cuando se despertó. Su mente: racional, milimétricamente cuadriculada, engranaje perfecto de diseño suizo y ensamblaje alemán, fiable hasta reventar, maquinaria potente y eficaz, miel sobre hojuelas sobre raíles de levitación magnética. Y sin embargo no entendía por qué el teléfono no estaba en su posición habitual. Vibraba y brillaba atravesando la mesilla de noche con intenciones suicidas. Intentó comprender qué pasaba, pero fue como quien intenta mover las aletas de la nariz sin tener consciencia de ellas; frunció el ceño. Se encontraba en la tercera fase del interminable y agonizante proceso de despertar  que supone una llamada a deshoras.
La fase dos, el choque de realidad que hace vibrar las paredes del sueño, agrietándolas hasta hacerlas añicos sobre -y dentro de- tu cabeza, la bofetada de agua helada justo antes de impactar contra el suelo, el anzuelo impregnado de Red Bull que tira de tu corazón y lo hace girar a quince mil revoluciones por minuto dentro de un barril de gasolina en llamas ladera abajo en mitad de una avalancha dirección a un precipicio sobre una rompiente de rocas afiladas repletas de cocodrilos venenosos, viene precedida por la sólo a posteriori perceptible fase uno, donde el mundo exterior se filtra y obliga a la mente durmiente a improvisar una explicación a la repentina incursión.
Abrió los ojos de golpe, y de haber podido pronunciar palabra habría preguntado “¿Qué? ¿Qué?”, sin saber si esperar o no respuesta, ni entender la pregunta. Pero en la fase tres bastante se tiene con lograr reconocer el cuarto en el que te encuentras. Como quien aleja la mano del fuego al sentir el mordisco de las llamas, su mano, obedeciendo a nadie, saltó para atrapar el móvil y lo sostuvo ante sus ojos, añadiendo ceguera al sufrimiento y delegando en ellos la tarea de descifrar lo que la pantalla anunciaba.
En ese estado, la habitual línea recta, un punto en algunos casos, que une nombre con cara se asemejaría más al cable de unos auriculares guardados en un cajón lleno de ovillos de lana en el centro de un laberinto con espejos por muros. Pero no había nombre alguno. Había números. Y si sólo hay números vuelves a ceder el control y dejas que la memoria muscular actúe de nuevo, confías en que tu dedo sabrá el camino que ha de recorrer sobre el cristal, que tu mano sostendrá con seguridad el teléfono y que tu brazo lo acercará a cómo sea que se llame eso que habitualmente usas para oír.
El primer “¿Sí?” lo pronuncias al aire. Es para ti y para nadie más, las primeras líneas de un boceto, el primer borrador de un relato; el mundo no tiene por qué sufrirlo. El segundo, tras descolgar, no es mucho mejor, pero a estas alturas qué más da.
-¿Estabas durmiendo?
-No –mientes. Al otro lado de la línea saben que mientes. La “N”, la “o”, saben que mientes. Tú sabes que mientes-. ¿Quién eres?
Sin respuesta.

Intentas abrir al máximo los ojos para mantenerte despierto. Y entonces ves nada. Y sobre tu pecho una llamada perdida. 

lunes, 13 de abril de 2015

Café con leche y cerveza

-He resuelto el caso.
-Hola a ti también. Deja que me siente antes al menos... -dijo el detective recién llegado mientras reclamaba la atención del camarero con una mirada certera, directa a los ojos del joven muchacho. Éste acudió flotando a trompicones entre las mesas, derribando nada, por suerte. 
Eran las ocho de la mañana de un lunes de abril y la cafetería estaba prácticamente vacía salvo por la mesa que ahora ocupaban los dos detectives. El más joven de ellos, el que había citado a su compañero a tan temprana hora, trataba de aplacar los nervios por lo que estaba a punto de contarle al otro llevándose una y otra vez la cerveza a los labios. Una cerveza de la que se hablaría durante años en las cenas de la familia Gómez Pérez, propietarios de la pequeña cafetería “Café Bar Restaruante”. Una cerveza a la que José Ramón hijo, el pequeño Jomón para los amigos, bautizó oficialmente –y con todo el derecho del mundo, pues fue él quién la sirvió- como “La vencedora de cafés si los cafés y las cervezas, junto con otras bebidas o productos a la venta, disputaran una carrera y quien, no sé, quien venciera, como si de una carrera, ¿sabes? El primero que se sirva en un día, lo que primero pida alguien… Nosotros abrimos sobre las ocho, ¿no?, algo antes a veces, entonces sería… El tipo, un tipo, entra, o una tipa, una señorita, vamos, y lo que pida es como una apuesta, un… y claro, lo normal es que gane un café con leche o algo así, no una cerveza”. La elocuencia nunca fue el fuerte de Jomón, pero al igual que quien no tiene piernas tiene cabeza, Jomón era el orgulloso poseedor de la letra más pequeña y aun así legible a este lado del meridiano de Greenwich y por tanto, debido al carácter esférico del planeta y al semicircunferencial del meridiano, de todo el mundo. El mismo don que le ayudó a conseguir el graduado escolar a base de “material de apoyo y/o consulta extra-oficial para uso potencial en exámenes”, como él lo llamaba, le sirvió para que la placa con la inscripción en el pequeño pedestal sobre el que descansaba el botellín en cuestión no fuera del tamaño de una sábana doblada cuatro veces.
-Escúchame, y escúchame bien, porque sólo lo diré una vez -comenzó el detective con la más autoritaria de sus voces, la que empleaba en situaciones de vida o muerte, o cuando a él le apetecía, pues era suya al fin y al cabo-. Quiero un café con leche, y quiero que el color de ese café con leche tenga exactamente -pronunció con énfasis-, exactamente digo -repitió- este tono de marrón -concluyó entregándole al camarero una pequeña tira de papel. –No me importa cuanto tiempo te lleve conseguirlo, ni cuantos litros de café o leche tengas que usar. Si no es exactamente de ese tono –señaló el papel que ahora se agitaba en las manos del aterrorizado camarero- no te molestes en venir. Y ya sabes que es lo que digo cuando digo exactamente.
-Sí, señor, como este marrón –balbuceó Jomón, agitando descontroladamente el papelito marrón.
-Y cuando digo que no te molestes en venir lo digo completamente en serio. ¿Sabes que le hice al último camarero que creyó que yo no sería capaz de apreciar la diferencia entre mi marrón y el marrón de lo que él llamó “su café con leche, tal como me lo ha pedido, señor”?
-¿Lo mató? –se aventuró a contestar el joven Jomón.
El detective asintió lentamente con la cabeza sin apartar la mirada de los aterrorizados ojos del camarero.
-¿A que esperas? –ladró el detective. No había terminado de puntuar la última interrogación cuando la mitad inferior del camarero desapareció detrás de la barra.
-Creía que no te gustaba el café –dijo entre risas el joven McFlannagannagannan.
“Piensa en una piedra rebotando por la hasta ese momento lisa superficie de un oscuro lago escocés”, decía su abuelo cada vez que se presentaba a alguien. “McFlannagannagannan”, decía, moviendo su mano de izquierda a derecha con ondulaciones cada vez más pequeñas, “así se pronuncia, dejando que se extinga poco a poco”.
-Hay dos cosas que no me gustan en esta vida: el café y madrugar.
-¿Qué me dices de Hitler? O del racismo, por ejemplo.
-¡Maldita sea, McFlannagannagannan! Es una forma de hablar. Y es demasiado temprano para aguantar tus gilipolleces. Odio madrugar y lo único que me funciona para que se me haga algo más llevadero es joderle la mañana a un pobre inocente.
-¿De qué era el papelito que le diste?
-No sé, lo encontré en mi bolsillo. Pobre imbécil, ni siquiera era marrón. Como no use zumo de naranja en vez de leche…
-¿Es eso una sonrisa, Paquer?
-Vete a la mierda. Decías que has resuelto el caso. ¿He oído bien? ¿Lo decías en serio?
-Sí. No te habría hecho venir a esta hora si no fuera así.
-¿Por eso desayunas con cerveza? ¿Para celebrarlo?
-No, he estado toda la noche en vela, no cuenta como desayuno, o como madrugar, así que no me mires como si fuera un alcohólico.
-¡Pero lo eres!
-Ya, pero no por esto en concreto. Mira, ¿quieres saber de qué forma apasionante lo he resuelto o no?
-Me vale con que me digas qué pasó, no cómo lo has averiguado.
-Joder, Paquito, le quitas la gracia a la vida. Está bien… -Redoble de tambor. -Fue un suicidio.
-Venga, hombre…  
-¿Qué? ¿Qué? –pero como retando, moviendo la cabeza como si quisiera romper con un movimiento ascendente del mentón una tabla sujetada por dos karatekas no lo suficientemente buenos como para formar parte activa de la exhibición de final de curso en el pabellón local, como diciendo “¿No me crees? ¿Quién coño te crees que eres para dudar de mi palabra, subnormal? Venga, payaso, contradíceme”.
-Vale, digamos que te creo. –McFlannagannagannan se recostó en el asiento expresando claramente un “faltaría más” con su lenguaje corporal. -¿Por qué dices que fue un suicidio?
-¿Por qué que fue un suicidio, preguntas? –McFlannagannagannan echó la cabeza hacia atrás y expulsó desde el fondo de sus pulmones la risa más falsa que Paco había oído jamás, una risa cargada de haches, una risa de cortacésped arrancando, la clase de risa que si la repites varias veces te deja sin oxígeno en el cerebro y hace que todo te vueltas, dicen. –Paco, Paquito. ¿Cuántos años tienes? ¿Cincuenta y seis? ¿Cuántos años llevas en esto? Abre los ojos, Paquer. Es obvio que fue un suicidio. Hay que ser realmente inútil para no verlo al instante. Sin ofender.
-Dime, oh, Flanni el omnisciente, ¿cómo es que has tardado cinco días en descubrirlo?
-Será que se me ha pegado tu ineptitud. Pero este fin de semana que he estado lejos de ti la respuesta vino a mi mente clara como una analogía perfecta. ¡Paco, el tío no tenía manos!
-Hombre, gracias por la información. ¿Sabías también que murió porque el paracaídas no se le abrió?
-Guárdate tu ironía para otro, Paco. Y abre los putos ojos, ¿quieres? ¿Por qué iba un hombre sin manos a saltar en paracaídas?
-¿Por qué iba cualquiera a hacerlo?
-No es eso a donde quiero ir a parar. –McFlannagannagannan hizo una pausa tratando de escoger las palabras correctas. -¿Cómo iba la víctima a abrir el paracaídas?
-Tirando de la anilla.
-¿Con qué? ¿Con puto qué?
-El desgraciado no tenía manos… -dijo Paco llevándose una de las suyas a la boca (dentro no, cubriéndola con la palma).
-¡No tenía jodidas manos! –exclamó McFlannagannagannan golpeando la mesa con rabia. –Intenta tirar de una anilla con un muñón. No se puede. ¿No es lo que dicen? “Lo único que nos diferencia de los humanos es que ellos pueden saltar en paracaídas pues pueden tirar de la anilla debido a la habilidad de sus dedos”. No, espera…
-¿Quién dice eso? ¿Los perros?
-Ya, no, está mal. ¿Cómo era? “Lo único que nos diferencia de los monos…” Da igual. El caso es que no tenía manos.
-Y tampoco las tenía antes de saltar, ¿no?
-Claro que no. No le salieron disparadas al chocar contra el suelo como si estuviera hecho de piezas de lego.
-Ya… Pero aún así eso no prueba que fuera un suicidio, ¿no?
-Esa parte es a la que le he estado dando vueltas toda la noche.
-¿Y bien?
-Es la explicación más razonable teniendo en cuenta que es la única forma que tiene para suicidarse una persona sin manos.
Cuando McFlannagannagannan estaba ensayando mentalmente esta conversación antes de que Paco llegara se imaginaba a sí mismo en el centro de un gran estadio lleno de gente con todos los focos fijos sobre él, y con un gran porcentaje del público muriendo asfixiado al estar aguantando la respiración para escuchar claramente (porque algún idiota se había olvidado de amplificar su voz para que llegara a los cientos de miles de personas allí reunidas) cada una de las palabras que salían de su boca. Y al llegar a este punto, al hacer esa afirmación cuanto menos controvertida, millones de gargantas harían “Ahhh”, “Ohhhh”, “¡No puede ser!”, al unísono.
Allí, en la cafetería, el público no estaba tan entregado como en su cabeza.
-Boh.
Pero el joven y entusiasta Flanni no se vino abajo.
-¡Piénsalo! Imagina por un momento que no tienes manos y quieres quitarte la vida. Eres un detective, tienes a tu disposición una pistola, ¿verdad, Paquer? Oh, que pena que no tengas dedos para apretar el gatillo. Tendrás que tomarte un puñado de pastillas. ¿Cómo las sacas del bote? O peor aún, de esas tabletas que tienes que apretar individualmente y hacer que atraviesen el suelo de papel de aluminio como si de un parto se tratara. No queda otra que llenar la bañera y meterse junto con la tostadora, ¿no? ¡Error! ¿Cómo coño tienes pensado abrir el paquete de pan de molde?
-Pero no hace falta…
-Y podría continuar durante horas. Créeme, es la única forma.
-Voy a pasar por alto lo de la tostadora, pero da igual. ¿No es más fácil saltar desde lo alto de un edificio o desde un puente?
-Por favor, Paco, no me hagas reír. ¿Tirarse de un puente? Uh, voy a saltar al agua, el material más blando que existe… Quizás debería hacerlo envuelto en plástico de burbujas. Y lo otro, lo del edificio, ¿cómo haría para subir hasta ahí? ¿Es Spiderman nuestro hombre ahora? –McFlannagannagannan no se pudo contener y se vio obligado a llenar el local con esa risa mataneuronas suya. –Es la única forma. Punto.
-Alguien puede dejar el bote de las pastillas abierto.
-¿Cómo dices?
-Dejando de lado que no hace falta meter pan en la tostadora para suicidarse con ella, digo que alguien puede dejar el bote abierto y entonces yo, el yo sin manos, sólo tendría que tragarme un montón de pastillas.
-Sí, y hacer cómplice de suicidio a un amigo. Estoy hablando de actuar solo, Paquito.
-Es decir, que alguien deje abierto unas aspirinas lo implicaría en el suicidio pero ¿a suicidarse tirándose en paracaídas lo llamas “actuar solo”? 
-Te levantas y no tienes manos, como desde hace años. Le dices a un amigo que te ponga guantes. Antes de que digas nada, ese amigo sólo te está poniendo unos guantes, como tantos otros días, para que los niños pequeños de la calle no se asusten al ver tus asquerosos muñones. No está haciendo nada malo. Llegas al aeródromo y dices que quieres saltar en paracaídas. Te subes a la avioneta y te ponen el paracaídas, ya que no van a confiar en que un novato se lo ponga solo. Y todo esto con los guantes. Puede que el monitor piense que eres un tipo raro por llevar las manos así, con los dedos completamente estirados y la palma hinchada, que esas manos parecen más unas ubres que unas manos, pero ¿qué te va a decir? Nada, tú pagas tu dinero y él chitón, no va a ofender a un respetado cliente así porque sí. Y llega el momento de saltar. Te acercas a la ventanilla, o desde donde sea que se lancen los paracaidistas, y sin que nadie te ponga la mano encima, por decisión propia, te arrojas al vacío.
McFlannagannagannan, que a medida que iba narrando su versión de los hechos se había ido inclinando hacia delante, dio un último sorbo a su cerveza y se dejó caer de nuevo en su asiento, sonriendo con suficiencia. Paco lo miraba con los ojos entrecerrados, dudando si merecía la pena pasar el resto de su vida en la cárcel. Respiró hondo una y mil veces y se alegró más que nunca de haber dejado la pistola en el coche.
-Hay tantos fallos en tu teoría que no sé ni por dónde empezar. Casi siento lástima por ti –dijo al fin, levantándose y encaminándose hacia la puerta.

-Si has de sentir lástima hazlo por nuestro hombre  cayendo durante varios minutos con una sonrisa de oreja a oreja por conseguir al fin lo que buscaba –le gritó McFlannagannagannan a sus espaldas-, pero teniendo que irse de este mundo sin poder dedicarle el “¡Jódete!” que se merece. 

lunes, 29 de diciembre de 2014

Uxi y Diego: una despedida

Llegamos a la casa puntuales, pero tarde. Un señor nos esperaba pacientemente. Era portugués, como todo lo que nos rodeaba. Tras un pequeño tour por la casa y la finca, y después de decirnos las cosas que podíamos romper (ninguna) o lo que podíamos quemar hasta los cimientos (nada) si queríamos conservar la fianza, el señor se subió a su asno y se alejó por el sinuoso camino adoquinado, dejándonos solos y, como declararía después ante las autoridades, "todavía con vida". 
La fiesta no se iba a preparar sola. ¿O quizás sí? Comimos, probamos todas y cada una de las bicis que había en el garaje de la casa, comprobamos la resistencia del terreno frente a impactos de palos de golf a escasos centímetros de una pequeña pelota de referencia, y pese a todos esos esfuerzos por nuestra parte, la respuesta seguía siendo no. Así que entramos, pinchamos música de recortar y colorear, nos pusimos nuestros tenis de pensar pistas para la búsqueda del tesoro  y BUM, dos horas después estábamos llegando tarde al encuentro del resto de nuestro grupo, entre el que se encontraban los novios, sin haber acabado todavía de preparar la casa para la fiesta de despedida. 
Si hubiéramos estado en Galicia nos habríamos dado cuenta antes de que algo no iba bien, pero en un lugar tan exótico como el norte de Portugal no podíamos saber si la ausencia de otros vehículos por la autopista era algo normal para una tarde de sábado o no. 
Por eso, pese a nuestro retraso (horario) no llegamos tan tarde como esperábamos. Todos estábamos entre nerviosos y excitados. En Diego y Uxi ese nerviosismo era normal: los habíamos traído prácticamente secuestrados, no tenían ni idea de lo que les esperaba. Para ser francos, ninguno de nosotros tenía idea de lo que íbamos a acabar viviendo, nadie en su sano juicio podría esperarse jamás semejante cosa. 

-¿Seguro que es aquí? -preguntó Carlos, por ejemplo. 
-Tiene que ser -respondió Paula. 
-Centro Aventura Quinta de Pentieiros -dijo el cartel. 
-Pues sí, es aquí. Ese portal está abierto. Podemos aparcar ahí dentro. 

¿Por qué no hay gente? No recuerdo haber oído esa pregunta en boca de nadie, pero era algo que al cabo de unos minutos todos nos preguntábamos. Estábamos en el sitio correcto, no había dudas. La puerta del almacén donde guardaban el material para las actividades estaba abierta, así como el maletero de un todoterreno con el logo del Centro Aventura impreso en los laterales. 

-¿Se habrán ido porque llegamos tarde? 
-No puede ser, hablé con ellos hará una hora para decirles que nos retrasábamos y me dijeron que no había problema -contestó Paula. -Voy a llamarles otra vez. 

El teléfono sonó una, dos, tres veces sin que nadie descolgara, sin que ninguno de los que lo estábamos oyendo nos diéramos cuenta de que estaba tirado a unos metros de distancia, con la pantalla astillada, medio hundido en el barro, justo en medio de una pisada. Lo habríamos encontrado sin problema si otro sonido no hubiera eclipsado el tenue tono de llamada. Un grito de terror y el ruido de unos pies corriendo sobre la gravilla precedieron la entrada de Joao en nuestro campo de visión. No hacía falta hablar portugués para entender los gestos de sus manos indicándonos que nos metiéramos en el almacén, o el gesto de su cara para comprender que debíamos hacerlo inmediatamente. No recuerdo quién fue el último en entrar. Sólo sé que mientras accionaba el mecanismo que bajaba la puerta automática, su cara dibujaba la misma expresión que fugazmente habíamos visto en la de Joao, hasta que la penumbra de la sala la difuminó.  

-¿Por qué cierras? ¿Dónde está el portugués?

Óscar negó con la cabeza, así que supongo que sí sé quien entró de último. 

-¿No qué? 
-No lo ha conseguido. 
-¿No ha conseguido qué? ¿Entrar? Si le cierras la puerta en sus narices, normal... 
-¿Oyes como golpea la puerta? ¿Oyes como nos grita que le dejemos entrar? No, ¿verdad? Lo ha alcanzado, no fue lo bastante rápido. 
-¿Quién? 
-Podemos llamarle Joao, suena bastante portugués -sugerí yo. 
-No, que quién ha matado a Joao. Óscar, ¿qué has visto? 
-¿Yo? Nada. 
-Tú no, Copas -aclaró Uxi. -El otro Óscar. 
-Qué lío -dijo uno de los dieciocho que estábamos ahí. 
-¿No hay luz?
-No sé qué era, pero nada bueno. 
-Creo que aquí hay un interruptor. 
-¿Pero no viste si era un animal o una persona? 
-Se movía como un animal, así que sería un animal. Sólo sé que no deberíamos salir afuera, al menos de momento. No así, indefensos. 
-Igual esto nos viene bien -dijo Rebe al encender la luz, señalando una estantería repleta de rifles, chalecos anti-balas y demás protecciones. 
-¿Qué es este lugar? -preguntó Diego. 
-¡Sorpresa! Íbamos a jugar al paintball, pero supongo que ahora podremos usar estas cosas para protegernos de lo que demonios sea que haya allí fuera para llegar a los coches. Es una carrera corta, no creo que lo vayamos a necesitar, pero no está de más poder disparar bolas de pintura aunque sea para asustar y ganar algo de tiempo.  

No tardamos demasiado en equiparnos. Mono, chaleco, guantes, protección para el cuello y máscara para la cara, rifle cargado hasta los topes de bolas de pintura, fotito de grupo y estábamos listos para afrontar lo desconocido. 
La estrategia era la siguiente: Omar saldría por una puerta lateral y escalaría por el rocódromo que había justo al lado. Una vez arriba tendría una visión clara de los alrededores y nos avisaría de si era seguro salir y llegar hasta los coches. Uno de los coches volvería para recoger a Omar y todos juntos nos alejaríamos del lugar sanos y salvos sin lamentar más víctimas que Joao, al que de todos modos no conocíamos. Un plan simple y perfecto. Nada podía fallar. Pero falló. Vaya si falló. Nada más abrir la puerta lateral algo agarró a Omar y lo arrastró fuera del almacén. Intentamos evitar que lo que sea que estuviera tirando de él se lo llevara, pero sólo conseguimos quedarnos con el pie de nuestro amigo. 

-Yo lo siento mucho, pero si queremos salvar nuestras vidas ahora es el momento de salir. No dejemos que la muerte de Omar sea en vano. 
-¡Non deixemos que morra entón! 
-Es una opción tan válida como cualquier otra, Sheila, pero por otro lado no lo es. A la de tres, corramos hasta los coches. Después podemos ir a buscar los restos de Omar. Una... 
-¡Tres! -gritó Copas antes de salir corriendo y chocar contra el portal que todavía estaba a medio subir. Cayó inconsciente. 
-Tres será -dijo Sergio mientras arrancaba las llaves del coche de la mano inerte de Copas. 

Salimos corriendo, disparando nuestras armas. Sin mirar atrás llegamos a los coches. Ya dentro, seguros, habríamos vuelto sin dudarlo a buscar a nuestros dos amigos, pero la realidad nos obligó a incumplir nuestras promesas. El suelo comenzó a temblar ritmicamente, al igual que el agua en el vaso de plástico sobre el salpicadero de uno de los coches. 

-¡Vámonos de aquí! -gritó Carlos antes de arrancar quemando rueda, seguido de Sergio, Sheila, Óscar y Diego. El coche de María lo vimos volar por los aires, lanzado por una fuerza descomunal. 

Nos dirigimos a la casa de nuevo. Era el lugar seguro más cercano. Además, faltaban invitados por llegar a la fiesta. Por el camino ninguno dijo nada. Estábamos demasiado asustados por lo que acababa de pasar. No todos los días unos monstruos (¿Porque era eso, verdad?) matan a tres de tus amigos así, de golpe. Uno vale. ¿Tres? Era de locos. 

-Esto es de locos -dijo Darío. 

Hacía media hora que él, junto con María, María y Mario (verídico), habían llegado a la casa. Antes habían entrado en unas cuantas otras por equivocación. En ninguna de ellas había nadie. Cuando nos preguntaron dónde estaban Omar y Copas les tuvimos que contar lo que había pasado. Uno pensará que cuando ocurre algo tan extraordinario no hace falta esperar a que te pregunten por los desaparecidos para contar lo que ha sucedido, pero estábamos en shock o cualquier otra excusa que no nos haga parecer personas desalmadas que nada más llegar a la casa hicieron turnos para ducharse y empezaron a picotear, pues huir de fantasmas (¿Porque era eso, verdad?) abre el apetito. 

-Ahora que lo pienso -dije yo-, esto me recuerda a un suceso que leí hace tiempo. Asturias, navidad del siglo XIX. Un detective llega a la localidad de Villapueblo de Ciudad para investigar unas muertes sospechosas. El caso es que moría gente, y el detective, que no llevaba ropa interior debajo de la gabardina, fue investigando y al final descubrió que los asesinatos los cometían unos globos. 
-¿Lobos o globos?
-Lobos. Perdón, globos. Con g de nomo. 
-¿Y por qué te recuerda ese caso a esto? ¿Esas cosas te tenían pinta de globos?
-Hay globos de infinidad de formas. La lista es interminable: de animales... 
-¿Y los hay que causen temblores al pisar el suelo? ¿Que puedan lanzar un coche por los aires como si no pesara más que una caja de cartón? No señor. No eran globos. Está claro: son dinosaurios. 
-Los dinosaurios no existen. 
-No existen en el año 2014. Pero, ¿y si no estamos en el año 2014? ¿Y si hemos viajado en el tiempo? Mirad, en Portugal es una hora menos que en Galicia, esto está claro, ¿verdad? Pero en ningún lado dice de qué año es esa hora menos. ¿Y si es una hora menos del 27 de diciembre, pero no del 2014, sino del año 46 de los dinosaurios? Podría ser, ¿verdad?
-Pi, pu, pi. Podría ser, sí -anunció Carlos tras realizar unas operaciones en su calculadora. 
-¿No os huele a gas? 
-Dinosaurios... Sabemos que las matemáticas nos dan la razón. ¿Es biológicamente posible, Diego? 
-No, es totalmente imposible. Jamás he escuchado tontería más grande en mi... 

Pero sus palabras quedaron interrumpidas por la entrada a través de la puerta corredera del salón donde nos encontrábamos de un velocirraptor, que de varios certeros zarpazos arrancó un buen puñado de cabezas, antes de perder la suya propia por el quirúrgico corte del sable láser que blandía Gonzalo. 

-Definitivamente huele a gas. 
-¿Hay más ahí afuera? Deberíamos salir de aquí. 
-Baja el volumen. ¿Dónde está Jorge? 

Gonzalo se asomó por el hueco que el dinosaurio había dejado en la cristalera. Su cara, iluminada de verde por el sable, fue un blanco demasiado fácil para el T-Rex. Un mordisco y zas, otro más sin cabeza. 

-¿Jorge? Apagad la música. ¿Jorge?
-En la cocina... 

Los supervivientes entraron en la cocina. 

-Joder, sí que huele a gas. 

Dijeron, antes de encontrarse el cuerpo de Jorge en el suelo, con claros síntomas de intoxicación, balbuceando la narración de la despedida de solteros de Uxi y Diego. 


lunes, 15 de diciembre de 2014

Jorge y su viaje en tren

Todavía era domingo en algún lugar del mundo cuando Jorge abrió esos ojos que Dios le había dado y saludó con un bostezo a las penumbras de su habitación. Su plan de levantarse al rayar el alba e ir a nadar a las frías aguas del océano atlántico se había visto truncado por un poder superior a él, un poder que se alimenta del material del que están hechos los ronroneos de los gatos. Apenas tuvo tiempo de vestirse,  aunque mal y de forma incompleta, antes de salir corriendo como una gacela por la puerta de su casa. Saliendo por la puerta de su casa como una gacela corre por la sabana, se entiende. 

Jorge cruzó la ciudad a trompicones, evitando a estibadores borrachos y a niños endemoniados por el uso y abuso de la cocaína,  y llegó a la estación de ferrocarriles de una pieza, aunque sin pantalones.   

"Con razón me sentía tan fresco y ligero", le respondió Jorge al revisor cuando éste, ya en el tren, le preguntó por su peculiar indumentaria, o la falta de ella. "Esto es totalmente inaceptable", gritó susurrando el revisor montando una escena, justo lo que trataba de evitar, no ya ahora, sino de siempre, desde que era pequeño y jugaba a ticar billetes entre sus   compañeros de guardería. "Caballero, me temo que va a tener que abandonar el coche de las personas y encontrar acomodo en el de los porquiños", dijo señalando hacia la parte trasera del tren, de donde provenían unos graciosos sonidos y unos terribles hedores, mezclados en una nube de aire enrarecido. "No puedo ayudar al maquinista con el carbón",  preguntó Jorge, pero mal, por lo que el revisor le espetó un educado "y a mí que me cuenta, nadie le ha dicho que ayude a nadie, y menos en eso, ya que este tren no funciona con carbón.  Es un tren de vapor", concluyó ufano el revisor, su pecho henchido,  su cabeza erguida. Jorge miró al revisor con cara de pato. No sabía si eran esos ojos pequeños,  ese peinado pegado al cráneo, esa nariz aplastada perpendicularmente al tabique, o sus pies apuntando hacia afuera. "Revisor", dijo, "Señor Pato", pensó, "no me diga que este tren no funciona con carbón, que va a vapor, porque le mato aquí mismo con las manos de este señor". 

Jorge comenzó entonces una explicación tremendamente vehemente sobre el funcionamiento de la máquina de vapor y su importancia en la revolución industrial que acababan de vivir y en el transporte de aquí, de la tierra, pero la mitad de sus palabras fueron recibidas con gruñidos y olor a estiércol, e iban acompañadas de un dolor agudo en sus costillas, lo que junto a la presencia de los porquiños le recordó el hambre que tenía. 

No comía desde hacía dios sabe cuantos días,  probablemente menos de uno, pero aún así,  su estómago rugía clamando saciarse una vez más, quien sabe si la última antes de morir. Sin perder el tiempo se lanzó sobre el animal más cercano, que resultaba ser a la vez el de aspecto más apetitoso. Le hincó los dientes en todo el lomo, y nada más saborear la carne, escupió. Puaj, está poco hecho. El siguiente bocado le supo a nada, y tardó poco en saber por qué. No lo había dado él. 
El cerdo de su izquierda andaba con su dedo meñique en la boca. El cerdo de su derecha no le permitió terminar de pulir su idea de que a partir de ahora iba a contar hasta nueve con una precisión quirúrgica, ya que le distrajo sobremanera ver por primera vez su oreja sin necesidad de un espejo. 

Jorge suplicó clemencia,  pero los cerdos parecían no entenderle. Él tampoco les entendía a ellos, pero quizás buena parte de eso se debiera a que los porquiños gruñían con la boca llena de las orejas de Jorge. Entre bocado y bocado, haciendo acopio de todas las fuerzas que le quedaban, Jorge cruzó el vagón dando compactas volteretas y atravesó como un armadillo la puerta de madera, saliendo despedido del tren y arrastrándose decenas de metros por el balasto antes de detenerse, mira que casualidad, en el único punto de toda la vía en el que había un charco de sangre, como bien recogieron los periodistas que se personaron minutos después en el lugar para cubrir la noticia.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Abuela

Una tarde de invierno cualquiera. El sol brilla apenas con una luz que, aun naranja, es azul. El viento lucha con cada hoja de cada rama de cada árbol y siempre gana. O nada se mueve fuera, ni las palomas posadas en dos árboles secos que no puedo ver sin sentir escalofríos. Puede que estemos en otoño y una lluvia de bellotas amenace nuestros cráneos si osamos salir. Aquí estamos a salvo. Ellos nos protegen, ellos nos miman, ellos nos quieren. Pegados a la tele, él se pregunta cómo podemos ver eso, si es siempre lo mismo. Ella nos defiende pese a no haber ataque. Porque eso es lo que ella hace, eso es lo que ella es.

Y es verano, años después. Es de noche, esta vez sí. Y hace calor. Y en la cena ha habido vino. Y las estrellas son la excusa perfecta para tumbarse mirando al cielo y reír. Y vivir. Y nos sentamos, y nos tumbamos de lado, y el cielo sigue ahí, pero la miramos a ella.
Porque ella es feliz.
Porque ella es la estrella. 

lunes, 21 de julio de 2014

El gran misterio de la humanidad. Parte I: introducción y algo de nudo

Dos mil años de evolución y el ser humano todavía es incapaz de estirar completamente el dedo anular sin mover los otros. No pasa nada, yo también lo estoy intentando ahora mismo. ¿Qué mensaje oculto hay detrás de esta anomalía? ¿Qué pretendía Noé cuando nos creó así, defectuosos?

Todo se remonta, obviamente, al año 4 antes de Jesucristo. Los dinosaurios correteaban por la tierra, desbocados, rebosantes de toda la energía que sus oscuras pieles absorbían del por entonces mil veces más brillante Sol. Los árboles eran grandes como árboles gigantes. Así es: tal era su tamaño que es imposible compararlos con cualquier otra cosa. El hombre todavía no era un lobo para el hombre: Hobbes distaba mucho en el tiempo, y no había lobos todavía, no hasta por lo menos otros largos dos meses. Adam y Eve (aquí en su inglés natal) habían perecido (muerto) decenas de años ha, pero su progenie pululaba por donde sus homínidos pies les llevaban, abriendo caminos en la virginal y joven Tierra, o aprovechándose de los senderos abiertos por los anteriormente mencionados dinosaurios. Uno de esos hombres, bisnieto de alguno de los descendientes de los padres de la humanidad, era Ramón.
 
Ramón era un corredor nato. Sus largas piernas articuladas y sus pies curtidos por el uso le permitían recorrer grandes, enormes, tremebundas distancias zancada a zancada. No sólo era el que más y mejor corría de todos sus familiares, a saber, todos los habitantes del entonces infrapoblado planeta, sino que había depurado el estilo hasta convertirlo en un arte. Antes la gente corría agitando desmesuradamente sus peludos brazos, y sólo lo hacía para cazar, por lo que tenían que portar piedras y cuchillos y lanzas y otros objetos punzantes y mortales en sus no tan hábiles manos, lo que causaba multitud de accidentes. 

Ramón movía sus brazos de forma controlada, acompasando el movimiento de sus extremidades inferiores y superiores, dotando a su esbelto cuerpo de un equilibrio que ya quisieran para sí muchos gatos. Siempre era el primero en llegar a la presa y sentía gran pena al matarla, no por quitar la vida a un estúpido animal, sino por tener que dejar de correr.

Así que un día, en cuanto el sol apareció de nuevo sobre las montañas para alivio de todos, Ramón empezó a correr sin más, sin ninguna presa que capturar, dejando que los caminos abiertos por los dinosaurios le guiarán hasta donde sea que le guiaran. Sin mirar atrás, sin remordimientos por no haber dejado una nota a su familia ya que por aquel entonces la escritura, pese a estar inventada, no estaba extendida en el rural, emprendió el más maravilloso viaje de la historia del hombre hasta la fecha: aquel que le llevaría hasta los confines del mundo. 

domingo, 4 de mayo de 2014

Mamá

El sonido le llegó desde la cocina. Ella tomaba el sol fuera, relajada. Tras el tercer crack la curiosidad le empezó a invadir. 
Se levantó y llegó hasta la puerta abierta. El sol se colaba por ella e iluminaba un suelo cubierto de cáscaras de huevo. Y en medio del estropicio estaba él. 
-¿Qué haces, bebé? 
Él levantó la vista de la huevera donde sólo quedaban tres huevos sin romper. 
-Pollitos -fue su respuesta. 
-Ahí no hay pollitos. 
-¿Pollitos? -repitió él, cogiendo un nuevo huevo, agitándolo con sus pequeñas manitos cerca de sus orejitas, intentado oír un pío-pío que no estaba ahí. El huevo acabó roto en el suelo junto al resto y ningún pollito apareció. 
-A ver, déjame probar a mí -dijo ella mientras se sentaba junto a él, sin importarle mancharse el vestido. Cogió uno de los dos huevos que restaban y repitió el ritual que había visto hacer a su hijo. Frunció el ceño cuando ella tampoco pudo oír nada-. ¿Qué te parece? -le preguntó, acercando ahora el huevo a la orejita de su bebé-. No creo que haya nada, ¿no? 
-No... -dijo el bebé con cara triste. 
-¿Quieres abrirlo tú? 
-Sí... -dijo el bebé sonriendo. Pero no había pollito. 
-Ay, ¡pero qué tonta soy! ¡Estos huevos están fríos! 
-Salieron de ahí, del armario de la luz -dijo el bebé. 
-¿Salieron? ¿O los sacaste tú? 
El bebé sonrió y se encogió de hombros. 
-Da igual. Lo que tenemos que hacer es incubar el huevo. Tenemos que darle calor, si no, ¿cómo va a nacer el pollito? 
-Claro -dijo el bebé, que claramente no tenía ni idea de lo que hablaba. Sólo era un bebé. 
-Tienes que sentarte encima de él. Pero no puedes romperlo, ¿vale?
Él negó enérgicamente con el gesto muy serio y se sentó con cuidado sobre el huevo. 
-¡Ya noto el calor! -anunció. 
-Eso es que el pollito ya está hecho. A ver, levanta. 
El bebé se levantó, todo torpeza y sonrisas, y vio como su mamá cogía el huevo y éste bailaba sobre su mano. 
-¡No te quemes, mamá! -gritó asustado. 
-Es que lo has incubado muy bien -dijo mientras intentaba oír a través de la cáscara. Sus ojos se abrieron de par en par. 
-¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Hay pollito? 
Por respuesta ella le acercó el huevo y lo agitó. El bebé sonrió más aún. 
-Lo has oído, ¿verdad? 
-¡Sí! 
-Vale, vamos a sacar al pollito, que parece que está inquieto ahí dentro. ¿Lo quieres hacer tú? 
-Uhmm... Es que no quiero romperlo. 
-¿Romper el pollito? -él asintió-. Está bien, lo hago yo. ¿Preparado? 
Con delicadeza golpeó el huevo tres veces contra el suelo. A la cuarta el huevo se rompió, pero nada cayó de él. Un pollito salió volando, llenando la cocina de luz con el brillo de sus plumas amarillas. El bebé, boquiabierto, lo seguía con sus ojitos, e intentaba atraparlo entre sus dedos, pero el pollito lo evitaba siempre en el último momento, sonriéndole y guiñándole...

-Para, para, para... 
-Qué. 
-Los pollitos no vuelan. 
-Éste sí. 
-Y también sonríen, claro... 
-¿No me crees? ¿Me estás llamando mentiroso?
-Sí. 
-Oh...
-¿A quién llamas?
-A mi madre. 
-¿Vas a llamarla para...?
-¿Mamá? ¿La historia del pollito es verdad? Ahá. Sí, esa. Espera, que quiero que se lo digas a alguien. Toma. 
-Hola. Sí, señora. Sí. No se lo diré, señora. Igualmente. 
-¿Qué? Ahora me crees. 
-Sí... ¿Cómo sigue? 

-El pollito era grande como un caballo y echaba fuego por la boca. Fue mi mascota durante años, iba al colegio subido en él y todo. Recuerdo un día…