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Violators will be prosecuted. Enjoy!

viernes, 6 de enero de 2017

Tormenta

Viento del sur. Olor a humedad. Nubes grises en el horizonte. 
       —Va a llover, ya veréis. ¿Me oye, señor? —le digo al anciano de mi izquierda—. ¡Va a llover!
       A él no le gusta mi entusiasmo juvenil. Y odia que le llame señor. Por eso lo hago, porque cuando se enfada hace crujir todos sus nudillos y gruñe como la tormenta que se avecina. Porque con la lluvia se avecina tormenta. A paso lento, como ovejas rellenas de relámpagos y truenos y piedras de granizo que las hacen pesadas y les dificultan el andar.
Lo que faltaba dice mi padre, mirando al cielo: Tormenta. Por si no tuviéramos bastante con lo cerca que está la Navidad.
Todos asienten imperceptiblemente, sus palabras recibidas como agua de agosto. El aire se llena de murmullos cargados de tensión. 
No pareces muy preocupado me dice mi madre.
No lo estoy. Los mayores son los que más se preocupan por estas cosas. Especialmente por la tormenta. En todos sus años de vida han visto cosas horribles. Yo, sin embargo, sólo he visto la belleza de los rayos pintando retratos en el cielo. Yo sólo he sentido los truenos retumbar en mi interior, arrancando ruido de rocas resquebrajándose al mismísimo silencio.
Me gustan las tormentas confieso.
Lo digo en voz baja porque sé que no es una opinión popular. Mi madre sonríe. A ella también le gustan. Le hacen sentir viva. 
—Decía por la Navidad me dice con su voz fresca. Estás en una edad difícil, hijo. Lo sabes.
Lo sé. Lo sabe todo el mundo. Por eso llevan unos días mirándome con tanta preocupación. O llevaban. Ahora les preocupa más el cielo. Las ovejas comienzan a trotar.
Es mejor no pensar en esas cosas.
Aunque en realidad no hago otra cosa que pensar en la Navidad. En las luces de colores y en las bolas de metal. En las estrellas doradas y en la nieve en las ventanas y en el mazapán. En el portal de Belén y en las cenas en familia y en los regalos envueltos con papel en el que sale Papa Noel surcando el cielo en su trineo tirado por renos voladores. Hasta pienso en el fuego de la chimenea calentando la habitación. Lo sé: está mal. Pero es lo que siento.
Y lo que yo decía: ha comenzado a llover. Y antes del estallido de la tormenta llega un ronroneo familiar seguido del crujido de las ruedas sobre el camino de gravilla.
Ya vienen murmura mi madre.
El coche se detiene más cerca que de costumbre. Ya vienen, sí. Dos hombres se bajan y nos miran a todos. Se fijan en mí. Uno me señala y el otro asiente satisfecho. Mi madre se echa a llorar. Abren el maletero.
Esperemos que saquen una pala y no un hacha. Me gustaría volver al bosque y contarle a mis futuros hijos cómo me sentí con todas esas luces por el cuerpo, con esa estrella en la cabeza. Con los regalos a mis pies. 

Queridos reyes magos

Queridos reyes magos:
Un año más llega la navidad, y un año más os escribo, y por primera vez lo hago yo solito. Imagino que esto os sorprenderá, ya que durante años habéis recibido unas cartas firmadas por un niño de tres o cuatro años y escritas con letra temblorosa. Era mi madre quien las escribía haciéndose pasar por mí. Reescribía lo que yo le dictaba, me temo, y muchos de los juguetes que pedía nunca llegaban. O eso pienso yo, aunque me dice mi madre, que está supervisando lo que ahora escribo, que no era así, que debe ser un problema vuestro y no suyo.
Sobra decir que me he portado genial. Es cierto. Sólo tenéis que preguntarle a cualquier persona. Excepto a mis hermanos. No les hagáis caso a ellos. Tienen envidia de lo bien que me he portado, ayudando a viejitos a cruzar la calle y todas esas cosas que se supone que tenemos que hacer los niños para recibir muchísimos regalos o ir al cielo o algo así. Además, ellos no creen en vosotros, así que vosotros tampoco deberíais creerlos a ellos cuando mencionen algo de un incendio y quién sabe qué otras mentiras para hacerme quedar mal, ¿vale?
¿Cómo hacéis para repartir cientos de miles de millones de juguetes en miles de millones de casas en tan sólo una noche y yendo en camellos, por cierto? Alguien me dijo (mi madre) que son camellos de competición y que tenéis que ir a todísima velocidad y que por eso muchos de los juguetes que pedimos todos los niños no nos llegan, porque se os caen por el camino. Jolines. ¿Atarlos no podéis? Sería una buena solución, aunque claro, perderíais mucho tiempo desatándolos y a lo mejor no os daría tiempo a visitar todas las casas.
De todos modos quiero que sepáis que creo que hacéis un trabajo magnífico y que como dije antes, si hay regalos que hasta ahora no me han llegado habrá sido culpa de mi madre y no vuestra. Es algo que quería dejar claro antes de pasar a lo importante de esta carta: la lista de cosas que deseo, por estricto orden de importancia.
Comida para todos los niños hambrientos del mundo.
Espadas láseres o cómo se diga (mi madre tampoco sabe).
Reinos en paz a lo largo de todo este planeta y de todos los planetas de la galaxia, si puede ser.
Ideas geniales para dibujar y así siempre saber qué hacer cuando cojo los lápices de colores y los folios en blanco.
Lámparas de esas con caritas sonrientes para que mi habitación siempre esté iluminada, y un vaso de agua siempre lleno en mi mesilla de noche para no tener que ir a la cocina en mitad de la noche si me entra sed.  
Lacasitos. A montones.
Sándwiches sin corteza para mí y cortezas de sándwiches para mi madre, y nada más.

p.d. espero que tengáis el tiempo suficiente para leer mi carta con atención y que bajo ningún concepto os veáis obligados a hacer una lectura por encima y sólo leáis, no sé, las mayúsculas. 

jueves, 5 de enero de 2017

Regalos

¡Qué emoción recibir los regalos el día de Navidad! Espero que el mío sea un niño. Y ojalá yo no sea calcetines.  

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Monstruos

Magnífica idea la tuya, sí señor: ver una película de terror a las tantas de la madrugada, con la luz apagada, a solas en tu habitación. O eso esperas, al menos: que estés a solas ¿Te imaginas que no lo estés? ¿Que ese montón de ropa sobre la silla sea en realidad un fantasma? ¿Que desde el armario, con la puerta entreabierta, te esté espiando un espíritu? ¿Que bajo tu cama haya monstruos esperando a que te duermas para arrancarte el corazón?
Pero tú no crees en esas cosas. Sabes que la ropa de la silla no envuelve fantasma alguno. Que los ojos brillantes del armario son los de un adorable ratón. Que bajo tu cama… Bajo tu cama hay monstruos, sí.
Lo sabes. Los sientes. Enciendes la luz y murmuras:
Monstruos.
Porque tienen que saber que estás dispuesto a enfrentarte a ellos. Que más les vale que se queden quietos donde están, porque si se mueven…
Y lo hacen. Porque eso es lo que hacen los monstruos. Se mueven. Se pavonean. Aparecen de la nada. Los ves por el rabillo del ojo y atraen tu mirada. Entonces se detienen ahí, en la pared.
Monstruos dices con los dientes apretados, conteniendo un escalofrío.  
A tientas, buscas algún arma. No hace falta que sea una espada o una escopeta. Es más, espero que no sea una espada o una escopeta. ¿Quién duerme con esas armas junto a su cama? ¿Quién tiene esas armas en primer lugar? Tío, en serio: deshazte de esas armas, te vas a hacer daño.
Además, para enfrentarte a este monstruo sólo hace falta valor. Mucho valor. Y quizás una chancla.
Porque es un monstruo pequeño, aunque eso lo hace mil veces peor. Lo vigilas sin descanso por miedo a perderlo de vista, pese a que su imagen haga que se te encojan las uñas de los pies.
Él no se mueve. Podría interpretarse su parálisis como un signo de miedo. La tuya desde luego lo es.
Oh, pero el maldito bicho no tiene miedo, del mismo modo que el sol no tiene calor.
¿Sabes qué tiene? Cien pares de patas que ahora se mueven a la velocidad de las pesadillas. Entran en resonancia con ellas y hacen que todo tu ser tiemble. Si ahora gritaras, tu voz sonaría aguda y quebradiza. Pero no gritas. Estás demasiado ocupado intentando no perder de vista a la maldita escolopendra.
La ves subir por la pared, dirigiéndose hacia el hueco de la persiana. Que se meta por ahí, rezas. Que desaparezca por ese agujero que sin duda lleva al ultramundo. ¡Vuelve con los tuyos!, piensas con fuerza. Pero entonces te arrepientes, porque tu mente se llena de cientos de millones de esos asquerosos bichos subiéndose unos por encima de otros.
Con lo bien que estabas cuando tu mente la ocupaban los fantasmas. ¿Qué es lo peor que te puede hacer un fantasma, de todos modos? ¿Ponerse delante de ti y hacer que veas borroso?
Pero ese bicho… Si fueras omnipotente, usarías todo tu poder para concederte un único deseo, y con ese deseo eliminarías a todas las escolopendras de la faz de la Tierra y quizás de un montón de planetas más. Por si acaso.
Y entonces desaparece. Y respiras aliviado porque lo has visto desaparecer. Sabes dónde está: en la caja de la persiana. Ahora mismo prenderías fuego a la habitación si así lograras matar al dichoso bicho. Pero claro, el humo despertaría a tus padres. Pobres, necesitan dormir. No son horas de andar quemando la casa hasta los cimientos.
Apagas la luz. Te tapas bien con las mantas. Cierras los ojos. Entonces oyes el sonido más terrorífico del mundo: el golpe sordo y amortiguado de un cuerpo pequeño y ligero cayendo sobre el colchón.
Te pones de pie sobre la cama y enciendes la luz. Gritas. Ahí está, yendo hacia tus pies. Saltas de la cama y corres hasta la puerta. Miras hacia atrás. Ni se te ocurra perderlo de vista.
Chocas contra la pared. Tanteas con la mano hasta que encuentras el marco de la puerta. El bicho decide seguirte. Cae al suelo y de nuevo ese sonido hueco. Las patas arañan las baldosas. Levantan esquirlas cerámicas. Saltan chispas. 
Te arrincona. Tú no eres más que palidez y sudor frío. Estás tan desesperado que hasta desearías ser también bicho para poder subirte por las paredes y huir de él.
Intentas hacerte grande. Gritas. Levantas los brazos. Pero esa táctica sólo funciona con los anímales, no con los monstruos.
Quisieras ver en tu misma situación a los que dicen que te tiene más miedo él a ti que tú a él. ¿Por qué iba a tenerte miedo? ¿Sólo porque eres cientos de veces más grande que él? ¿Tienes tú miedo de los árboles? Claro que no.
Pero si un árbol cae sobre ti…
Sin pensártelo, lo pisas.
Cierras los ojos. Exhalas el poco aire que queda en tus pulmones. Todo ha acabado. El monstruo ha muerto. También tú.
Pobre imbécil. Aplastar a ese bicho con el pie descalzo ha sido demasiado para tu débil corazón.
Descansa en paz y ve a ser ropa en las sillas y a espiar desde los armarios junto a tu amigo el ratón. Ve a hacer que las mejores puestas de sol de la gente que odias se vean borrosas. Y nunca más tengas miedo de los monstruos. 

martes, 1 de noviembre de 2016

Voces

Hubo un fogonazo de luz. Luego, oscuridad. Tanteé con la mano hasta que encontré la mesilla de noche. Dejé el libro sobre ella y me levanté de la cama. Había velas en la cocina. Salí de la habitación. Oí una puerta que se abría. 
-Se ha ido la luz. 
-Ya. 
Mi hermana salió al pasillo. Llegó el trueno. 
-¿Has oído eso? 
-Claro. 
-¿Qué querrán? 
De haber luz, la habría mirado confundido. 
-¿Qué querrán quiénes? 
-Las voces. 
Meneé la cabeza. Sonreí. Le seguí el juego.  
-¿Qué voces? 
-Calla. Y escucha. 
Me callé. Escuché. Sólo oí el viento silbando entre las ramas y la lluvia golpeando las ventanas. 
-Vienen de fuera. Del jardín –dijo-. Nos llaman. 
Mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad. Me pareció verla sonriendo antes de que se girara y se dirigiera hacia la entrada de la casa. 
-¿A dónde vas? No salgas. ¿No ves la noche que hace?
-No le tengo miedo a una simple tormenta. Ya no soy una niña. 
La puerta se abrió de par en par. El viento se coló por el pasillo y me agitó el pelo. Hubo un nuevo rayo y vi a mi hermana adentrándose en el jardín. La seguí. 
La tormenta se acercaba. La lluvia era fría. Los pies descalzos se me hundían en el césped encharcado. Perdí de vista a mi hermana. 
Entonces oí su risa. Sonó a verano en medio de esa tormenta otoñal. Venía del gran roble en mitad del jardín. Pese a la total oscuridad de esa última noche de octubre, su silueta se recortaba contra el cielo negro. Era una sombra en un mundo sin luz. Asustaba. 
-¡Estamos aquí! –gritó, haciéndose oír por encima del viento y de la lluvia y de los truenos. 
-¿Quiénes?
-Nosotras, idiota. ¡Ven! Quieren conocerte. 
-¿Quiénes quieren conocerme? –pregunté. Eché a andar hacia su voz.
Un nuevo relámpago iluminó el cielo. La vi junto al gran roble en mitad del jardín. Estaba sola. Su pelo mojado se le pegaba a la cara y le ocultaba parte del rostro. Sólo podía ver su boca. 
Sonreía. Siempre sonreía. Y ahora también susurraba, como si estuviera respondiendo a preguntas que nadie había hecho. 
-Anda, ven –dijo.
Sentí su mano extendida hacia mí. Se la cogí. Me arrastró hasta el árbol. 
-Este es mi hermano –dijo entonces.
Durante un instante, esperé en silencio a que alguien hablara. Luego, chasqueé la lengua.
-Déjate de tonterías y vámonos. 
Tiré de ella, pero no se movió.
-No son tonterías. Y no seas maleducado: saluda a mis amigas.  
Tomé aire y lo expulsé lentamente, intentando calmarme. Si saludando a las amigas imaginarias de mi hermana conseguía hacer que entrara en razón y volviera al interior de la casa...
-¿Tengo también que presentarme? -pregunté tras saludar al aire. 
Mi pregunta le hizo mucha gracia. Estalló en carcajadas. Su risa sonó a pompas de jabón explotando entre las manos de una niña. A verano en el jardín. A pura felicidad. 
-Ya saben cómo te llamas, idiota. ¿Cómo si no iban a poder haber llamado por ti? 
Un nuevo rayo. Un nuevo trueno. La tormenta se acercaba. 
-Vámonos. Por favor. 
Mi voz temblaba. 
-¿Tienes miedo de ellas? 
-Tengo miedo de que un rayo caiga sobre este árbol. 
-Oh, no me hagas reír –dijo ella, y su voz sonó muy fría y distante-. ¿Miedo? Creo que nada te gustaría más que ver este árbol reducido a cenizas. 
Ya había tenido bastante por una noche. Tiré una vez más de ella. Su mano estaba fría. No se movió. Se la solté y me alejé de ella y de sus estúpidas amigas imaginarias. 
-¿A dónde vas? –preguntó entonces, furiosa-. ¿Me has traído hasta aquí y ahora te largas?
-¡Tú me has traído hasta aquí! –grité desesperado. Mi voz se rompió. Apreté con tanta fuerza los puños que las uñas se me hundieron en la piel. Sangraba. Lloraba. No entendía nada. 
-¿Por qué siempre me abandonas? -preguntó. 
-Cállate –mascullé entre dientes. 
-¿Por qué siempre sueltas mi mano?
-Cállate –dije en voz baja. 
-¿Por qué nunca subes al árbol conmigo? 
-¡Cállate! 
Se calló.
Me dio la espalda y empezó a trepar por el árbol. No me molesté en detenerla. No podría. Subía a toda velocidad por el tronco, ágil como un mono. Llegó a la primera rama y se sentó sobre ella, de espaldas a mí. Desde ahí podía ver mejor la puesta del sol, decía.
Entonces, aferrada fuertemente con las piernas, se dejó caer de espaldas. Colgada boca abajo, me sonrío. Su rostro del revés solía arrancarme una risa nerviosa. Ya no.
-Baja –le pedí con un hilo de voz-. Es peligroso. 
-No puedo. Además, mis amigas me sujetan. 
-¡Tus amigas no existen! –grité. Me acerqué al árbol.
-Claro que existen, idiota. Che me sujeta de un pie y Elle del otro. 
-¿Che y Elle? –pregunté confundido-. ¿Como las letras? 
 Ella asintió y rompió a reír. Esta vez su risa sonó al repiqueteo de cien campanas a la vez. A la más maravillosa de las melodías. A pueblo en duelo. 
-No tiene gracia. 
-Claro que sí. ¿Quieres saber por qué?
Negué con la cabeza. Retrocedí. 
-Por supuesto que no quieres, porque ya lo sabes, ¿verdad? 
-Cállate –escupí. 
-Y sabes perfectamente que ya no son letras, aunque lo fueron. Por eso son mis amigas. Las únicas que puedo tener.
-Cállate –lloré. 
-Porque existieron y ya no. Como yo. 
-¡Cállate!
Se cayó. 

martes, 30 de agosto de 2016

El nacimiento de las medusas

Esta es la historia de cómo a la puesta de sol en mi casa se la conoce por otro nombre.  
Era una tarde de julio y yo tenía cuatro años. Era un niño pequeño y nervioso. Corría a toda velocidad entre las toallas, levantando arena y gritos de admiración.
-¡Míralo! –decían.
Pero ya era demasiado tarde: no era más que una mancha pálida contra el cielo azul. Un borrón en un día despejado. Una nube de persona. Pura velocidad.
Hasta que mi padre me cogió por los pies y me obligó a sentarme en la arena. Tenía algo que contarme. Algo importante.
-¿Sabes que es eso? –Señaló-. ¡Pero no mires! Si lo miras, te quedarás ciego.
-¿Pero podré seguir corriendo?
-No –me mintió mi padre.
Sé que sus intenciones eran buenas. Aunque también podría haberse ahorrado la mentira si no hubiera señalado de forma tan irresponsable al Sol.  
-¿Sabes qué es o no?
-Sí, padre: es el Sol.
-¿Y qué es el Sol?
-Una estrella.
-Sí, claro. Y yo un corazón –dijo, y puso los brazos de tal forma que en verdad pareció un corazón, contradiciendo así el tono irónico de sus palabras.
-Es una estrella, que lo sé yo, coño.
Mi padre se rió y me revolvió el pelo. Porque un niño de cuatro años que dice “coño” es la cosa más graciosa que hay. Al menos para mi padre.
-¿Conoces Japón?
-No voy a conocer…
Él me miró sin saber qué pensar. Luego debió de recordar que mi libro preferido era un Atlas. Lo leía desde que había aprendido a leer, hacía semanas ya.
-El país del Sol naciente –dijo y yo asentí-. ¿Sabes por qué se llama así?
-¿Porque allí nace el Sol? –me aventuré.
El chasqueó los dedos y sonrió.
-¡Exacto!
Volvió a revolverme el pelo. A mí no me importaba. Si yo fuera calvo también estaría todo el día tocándole la cabeza a gente con un pelo tan bonito como el mío.
-Pero no nace como tú: saliendo disparado por el ombligo de tu madre todo cubierto de vísceras y demás porquería. No. Obviamente el Sol no nace así.
-No nace: sale –dije.
-Tampoco. El Sol lo crean en Japón. Los crean, más bien. A diario. Atiende.
-Estoy atendiendo.
-Calla. Y atiende. Esto es importante. Eso que ves en el cielo, esa cosa a la que llaman Sol y que según tú es una estrella, no es más que un farolillo de papel con un fuego dentro. Tiene este tamaño –y formó una bola con sus dos manos, con todas las yemas de los dedos en contacto.
Miré al cielo durante un segundo. El sol parecía redondo, aunque más pequeño de lo que decía mi padre.
-¿Y cómo vuela?
-Como vuelan todas las cosas: nadie lo sabe. Pero hazme caso cuando te digo que ese Sol que ves hoy lo han lanzado desde Japón esta mañana. Hay un japonés que lleva dos décadas dedicándose a encender un fuego en el interior de un farolillo de papel y de lanzarlo al aire cada mañana. Le tiene que dar cierto impulso hacia delante para que llegue hasta aquí. Y el farolillo sube hasta que el fuego se empieza a extinguir. Entonces baja.
Yo miraba al sol y a mi padre alternativamente. Cada vez veía todo con menos claridad. Me dolía la cabeza de pensar en lo que me acababa de contar.
-Vuelve al atardecer para que te cuente la parte importante.
Y aunque lo que acababa de oír ponía patas arriba la visión que yo tenía del mundo, enseguida eché a correr y se me olvidaron todos mis problemas. Y mientras corría, atardeció. Volví junto a mi padre.
-El farolillo está a punto de tocar tierra –dijo sin más, sin necesidad de recapitular todo lo hablado anteriormente-. Ahí, en ese cabo, en el extremo norte de la bahía. Allí hay otro japonés que se encarga de recoger el farolillo y llevarlo de nuevo a Japón para que puedan reutilizarlo más adelante. Por desgracia, no siempre puede hacerlo.
-¿Por qué?
-Porque en Japón, al ser una isla, apenas hay árboles. Crecen mucho en primavera, así que en verano es cuando tienen más madera. Por eso el “Sol” calienta más. Y como ese fuego dura más, pueden lanzarlo más lejos y que esté volando más tiempo.
»Pero a medida que avanza el verano, la madera escasea. Los farolillos siguen calentando mucho, pero tienen que volar durante menos tiempo. Por eso los días son más cortos. Y por eso en vez de caer allí, sobre ese cabo, empiezan a caer directamente al mar.
Ahora que lo decía, era cierto que a finales del verano el sol se ponía hacia el centro de la bahía, hundiéndose directamente en el mar.
-No: no se hunden –me dijo mi padre cuando se lo comenté-. Se apagan. Flotan en el mar. Cientos de miles de farolillos flotando en la entrada de la bahía. Y como el japonés que los recoge no tiene barco propio, casi nunca puede salir a buscarlos.
-Si hay tantos farolillos en el mar, ¿cómo es que nunca he visto ninguno?
-Oh, los has visto. Lo que pasa es que cuando caen, se dañan. Suelen chocar contra las rocas y la mitad de la esfera queda hecha jirones. Tiras –aclaró innecesariamente, y movió todos los dedos como si fuera un pianista sin articulaciones en las falanges-. Y cuando llegan a la orilla, la gente tiene mucho cuidado de no tocarlos para que no se les irrite la piel por culpa de los restos de combustible con el que prenden el fuego.
El farolillo anaranjado acababa de tomar tierra a lo lejos. Una bonita puesta de sol. Un aborto de medusa. 

Y si...

El sol acababa de ponerse, hundiéndose en el mar. Hacía frío en esa playa vacía. Ella se estremeció. Él cogió su toalla y se la echó sobre las piernas.
-Piensa un número –propuso ella.
-El ocho.
-¡Pero no lo digas en alto! Tengo que adivinarlo.
-¿Por qué?
-Porque el juego es así. Y hasta que no lo adivine, no nos vamos de aquí. Así que piensa un número, ¿vale?
-¿Un número cualquiera?
-Uno normal. Del uno al diez.
-¿Esos son los números normales para ti?
-Obviamente. Son los que puedes hacer con los dedos de las manos –dijo ella.
-¿Y el cero no?
Ella lo miró con el ceño fruncido y le enseñó el “uno” más agresivo de todos. Él se rió y levantó ambas manos, todo inocencia.
-Del uno al diez –repitió amenazadora.
Siempre conseguía ponerla de los nervios. No podía pasar cinco minutos con él sin que le entraran ganas de empujarle. A veces lo hacía, y él rodaba por la arena como si se ganara la vida como especialista de cine. Después se levantaba como si nada. Como ahora.  
-Ya lo tengo –dijo él, y se sentó de nuevo a su lado, más cerca esta vez.
Ella cogió un puñado de arena. Se le caía entre los dedos, haciéndole cosquillas. Apretó la mano, intentando detener el flujo. Pero era imposible. Seguía cayendo. Grano a grano, pero caía.  
-¿Puedo hacerte una pregunta?
-No te voy a dar pistas –dijo él.
-No. No es sobre el número.  
Sentía un cosquilleo en el estómago y en la punta de los dedos de los pies. Quizás sólo fuera hambre y frío. O puede que fuera uno de esos momentos en los que se ponía nerviosa porque sí. Cada vez le pasaba más a menudo. Cada vez pasaba más tiempo con él.
Pero esta vez tenía un motivo. Sabía en qué número estaba pensando. Y como sabía el número, en cuanto lo dijera tendrían que irse de la playa. Porque eso era lo que ella había prometido. Y no quería irse. Todavía no. Antes tenía que hacerle una pregunta.
Llevaba días queriendo hacérsela, pero nunca encontraba el momento adecuado. Podría haberlo intentado cuando él la acompañaba hasta su casa, al volver de la playa. Pero se pasaban los diez minutos del camino hablando sin parar de cualquier cosa, salvo cuando el balanceo de sus brazos hacía que sus manos se rozaran sin querer. Pero ese segundo de silencio no estaba hecho para hacer preguntas. Además, ya habría tiempo más adelante.
Como cuando llegaban al portal de su casa. Ahí la conversación cambiaba. Cada palabra adquiría una importancia suprema. Casi todo eran silencios. Y esos silencios estaban hechos para valientes. Para dar dos pasos al frente y decir las cosas que siempre habías querido decir. Para atreverse a hacer las preguntas que no te dejaban dormir. Si tan sólo uno de los dos tuviera el valor…
Pero tenían tiempo. Los días aún eran largos. Las noches, cálidas. Las despedidas, momentáneas. Y aunque cada vez les costaban más, no era difícil decir “hasta mañana”. No pensaban siquiera en el “adiós”.
No había prisas. Todavía no. ¿Cómo iba a haberlas si el tiempo se detenía cuando estaba con él? O así le gustaría que fuera. Porque ahora que el final del verano había llegado, el tiempo había vuelto a correr.
Se le escapaba entre los dedos de la mano. Grano a grano. Segundo a segundo. Con la última luz del último día del verano. Y la pregunta seguía allí, dentro de ella. Vibrando. Agitándole la respiración. Acelerándole el corazón. ¿A qué tenía miedo? ¿Qué tenía que perder?
No. Esas no eran las preguntas correctas.
¿Qué tenía que ganar ahora que el verano se acababa? ¿Qué tenía que ganar si al día siguiente volvía a la ciudad? ¿Qué importaba ahora saber si él también desearía poder pasar más tiempo juntos?
Era demasiado tarde para eso. El verano se acababa y también se acababan ellos. Además, su respuesta podría ser no. No iba a arriesgarse a que ese fuera su último recuerdo de él. Prefería quedarse con el primero. Con aquellos ojos brillantes la tarde que se conocieron, cuando le explicó que el Sol no se hundía en el mar al atardecer. 
-En realidad flota –siguió él-. Pero se apaga. Porque, como bien sabes, el Sol no es más que un farolillo de papel que alguien lanza al aire desde Japón cada mañana.
Ella creyó que en su vida había conocido a un tipo más raro. 
Aún lo pensaba. Pero era un tipo raro por el que no le importaba llegar tarde a cenar con sus padres. Era un tipo raro por el que desearía poder volver al pasado y aprovechar mejor el tiempo que tenían. 
Porque ahora sabía que el verano no duraba para siempre. Tampoco ellos. Que cada momento cuenta. O contaba, cuando todavía tenían momentos por delante.
No. Ahora que veía el final, la única pregunta que tenía sentido era…
-¿Es el ocho?
Él tuvo que notar que esa no era la pregunta que ella iba a hacerle, pero no dijo nada. Se limitó a sonreír de esa forma tan suya. Como si supiera algo que nadie más sabía.
-No es el ocho.
-¿No es “el muñeco de nieve de los números”? ¿”El tótem de equilibrio imposible”? ¿”Dos ceros fingiendo ser más grandes”? –preguntó incrédula, usando las palabras que él había usado en su día. Le encantaba el ocho. Siempre era el ocho.
-Mm-mm –negó y su sonrisa se ensanchó.
-¿Diez? ¿Nueve?
-No.
Sus ojos brillaban.
-Siete. Seis. ¿Cinco?
Él negaba y negaba. Ella no entendía nada. Y si también sonreía, sería porque la arena seguía haciéndole cosquillas al pasar entre sus dedos. Todavía quedaban unos pocos granos en su mano. ¿Cuántos?
-¿Cuatro? ¿Tres? ¿Dos?
Ya no se molestaba en mover la cabeza. La miraba a los ojos. Muy cerca. Esperando el final.
-Uno.
Si quedaban granos de arena por caer, no cayeron.