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Violators will be prosecuted. Enjoy!

viernes, 17 de febrero de 2017

Momentos

¿Recuerdas aquella noche en la que nos cogimos por primera vez de la mano? Fue un acto reflejo, como quien intenta salvar un vaso de caer al suelo. Con la misma urgencia y la misma sensación de felicidad por haber evitado que el cristal se rompiera en mil pedazos.

Pero al contrario que con el vaso, si miramos alrededor fue para asegurarnos de que nadie nos hubiera visto hacerlo. Que nadie más formara parte de ese momento. Que quedara repartido entre mi mano y la tuya, aplastado para siempre entre nosotros como un trébol de cuatro hojas entre las páginas de un libro que no puedes evitar volver a leer.

Somos el libro y el trébol. Somos el vaso cayendo y los trozos de cristal que no fueron. Somos ese momento concreto y todos los momentos que vinieron después. Ese es nuestro amor: una suma de momentos que conforman nuestro tiempo. Y ese tiempo es el único que merece la pena vivir. El único que vale la pena recordar. El único que no se puede medir. 

viernes, 6 de enero de 2017

Papá Noel

Se le cierran los ojos. Es muy tarde para él. Es tarde hasta para los mayores. Hace tiempo que la luz que se colaba por debajo de la habitación de papá y mamá se ha apagado. Desde su escondite detrás del sillón sólo ve el reflejo de las luces de colores que adornan el árbol. Rojo, azul, amarillo, verde, blanco y vuelta a empezar. A veces a toda velocidad. Otras veces muy despacio, como si caminaran por debajo del agua. A veces se apagan por completo durante unos segundos, y es entonces cuando se le cierran los ojos.
Tiene sueño y tiene miedo. Pero esa espera merece la pena. Oh, sí. Si al final lo ve, merecerá la pena pasar ese miedo cada vez que las luces de navidad se toman un descanso. Ninguno de sus amigos lo ha logrado hasta ahora. Él mismo ha fracasado otros años.
Todo el mundo sabe que Papá Noel no llega hasta que todas las personas que viven en la casa están durmiendo. El fallo que había cometido otros años fue fingir dormir mientras esperaba a que Papá Noel llegara. Pero el cansancio del día y los ojos cerrados acababan por convertir esa farsa en realidad, y cuando se daba cuenta y abría los ojos el sol ya se colaba por la ventana de su habitación y Papá Noel hacía tiempo que se había ido de su casa.
Pero a este niño que ahora menea la cabeza en un intento por sacudirse el sueño de encima se le ha ocurrido un plan mucho mejor.
Cuando Papá Noel sobrevuele el vecindario y compruebe que todo el mundo duerma, verá al niño dormido plácidamente bajo las mantas. Entonces bajará confiado por la chimenea y mientras esté dejando el gran montón de regalos bajo el árbol verá aparecer por detrás del sillón al niño que creía dormido. Y aunque estará enfadado por el engaño, no le quedará otro remedio que reconocer la suma inteligencia de la criatura y lo invitará a que lo acompañe en su ruta de reparto, al menos durante un par de horas, no vaya a ser que le coja el frío y de verdad se pase el resto de las navidades metido en cama, tapado hasta la cabeza con las mantas.
Hmmm, bien calentito en su cama. ¡Es tan cómoda! Y quedarse dormido escuchando la lluvia y el viento contra el cristal, y la tormenta a lo lejos que poco a poco se acerca, y él acurrucado, hecho una bolita. Protegido.
Y ese niño que sacudía la cabeza la vuelve a sacudir. ¿De verdad merece la pena el esfuerzo sólo por ver a Papá Noel? Y no sólo eso. Está corriendo mucho riesgo. Seguro que Papá Noel se enfada al descubrir el engaño y usa su magia para convertirlo en un cochinillo. O peor: dejarle sin regalos. ¡Sin juguetes! ¡Sin lo mejor de la navidad!
¿Qué es la navidad sin regalos?
Mamá lo despertaría agitándolo por el hombro y subiendo las persianas para que el sol de la mañana se colara en su habitación. Habría nevado, que para algo es navidad, y a través de la escarcha de la ventana vería a los más madrugadores estrenando sus trineos.
-¡Venga! –diría mamá, sonriendo-. ¿A qué esperas para levantarte? ¡Es navidad!
Y el niño saldría de la cama y fingiría felicidad, y cuando papá lo viera diría lo que siempre dice:
-¿A qué viene tanta alegría tan temprano?
-¡Es navidad! –gritaría el niño con voz forzada.
-Pues he pasado por el salón y allí no había regalos –diría papá.
Y esa broma inocente y sin gracia que repetía cada año sería por fin verdad. El niño seguiría fingiendo que todo va bien. Entonces, al abrir la puerta del salón los tres se encontrarían con un árbol sin regalos a sus pies.
-¿Qué…? –diría papá.
Y el niño se echaría a llorar.
-Yo sólo quería conocer a Papá Noel –sollozaría-. Y por mi culpa no tenéis regalos.
Detrás del sillón, entre luces amarillas y verdes, el niño se echa a llorar de verdad. Pero no llora de pena. Al fin y al cabo todavía no ha echado a perder la navidad.
El niño llora de pura alegría, porque por fin había entendido que lo mejor de la navidad no son los regalos. No los suyos, al menos.
Lo mejor de la navidad es la felicidad contagiosa de mamá al despertarlo por la mañana, lloviera o nevara o hiciera sol afuera. Es encontrarse con papá en el pasillo y verlo tan serio haciendo la misma broma de siempre, cuando después era al que más ilusión le hacían los regalos. Es empezar desenvolviéndolos con cuidado para acabar arrancando el papel a mordiscos. Es ver cómo mamá abría uno de los suyos y se probaba el nuevo abrigo que tan bien le quedaba y daba las gracias a Papá Noel a la vez que besaba a papá, como si él tuviera algo que ver en todo esto. Es dejar de último el más grande de los paquetes y no abrirlo hasta que papá y mamá lo animaban a hacerlo con palmas y canciones que se inventaban sobre la marcha.
Lo mejor de la navidad no es qué hay dentro de ese último paquete, o cómo se las había apañado Papá Noel para bajarlo por la chimenea. Lo mejor de la navidad, lo único importante, es poder compartir juntos ese momento. Alegrarse de la felicidad de papá y mamá, y ver cómo ellos se alegraban de la suya.
Ya tendría tiempo a conocer a Papá Noel. De momento prefería disfrutar de la navidad.

Tormenta

Viento del sur. Olor a humedad. Nubes grises en el horizonte. 
       —Va a llover, ya veréis. ¿Me oye, señor? —le digo al anciano de mi izquierda—. ¡Va a llover!
       A él no le gusta mi entusiasmo juvenil. Y odia que le llame señor. Por eso lo hago, porque cuando se enfada hace crujir todos sus nudillos y gruñe como la tormenta que se avecina. Porque con la lluvia se avecina tormenta. A paso lento, como ovejas rellenas de relámpagos y truenos y piedras de granizo que las hacen pesadas y les dificultan el andar.
Lo que faltaba dice mi padre, mirando al cielo: Tormenta. Por si no tuviéramos bastante con lo cerca que está la Navidad.
Todos asienten imperceptiblemente, sus palabras recibidas como agua de agosto. El aire se llena de murmullos cargados de tensión. 
No pareces muy preocupado me dice mi madre.
No lo estoy. Los mayores son los que más se preocupan por estas cosas. Especialmente por la tormenta. En todos sus años de vida han visto cosas horribles. Yo, sin embargo, sólo he visto la belleza de los rayos pintando retratos en el cielo. Yo sólo he sentido los truenos retumbar en mi interior, arrancando ruido de rocas resquebrajándose al mismísimo silencio.
Me gustan las tormentas confieso.
Lo digo en voz baja porque sé que no es una opinión popular. Mi madre sonríe. A ella también le gustan. Le hacen sentir viva. 
—Decía por la Navidad me dice con su voz fresca. Estás en una edad difícil, hijo. Lo sabes.
Lo sé. Lo sabe todo el mundo. Por eso llevan unos días mirándome con tanta preocupación. O llevaban. Ahora les preocupa más el cielo. Las ovejas comienzan a trotar.
Es mejor no pensar en esas cosas.
Aunque en realidad no hago otra cosa que pensar en la Navidad. En las luces de colores y en las bolas de metal. En las estrellas doradas y en la nieve en las ventanas y en el mazapán. En el portal de Belén y en las cenas en familia y en los regalos envueltos con papel en el que sale Papa Noel surcando el cielo en su trineo tirado por renos voladores. Hasta pienso en el fuego de la chimenea calentando la habitación. Lo sé: está mal. Pero es lo que siento.
Y lo que yo decía: ha comenzado a llover. Y antes del estallido de la tormenta llega un ronroneo familiar seguido del crujido de las ruedas sobre el camino de gravilla.
Ya vienen murmura mi madre.
El coche se detiene más cerca que de costumbre. Ya vienen, sí. Dos hombres se bajan y nos miran a todos. Se fijan en mí. Uno me señala y el otro asiente satisfecho. Mi madre se echa a llorar. Abren el maletero.
Esperemos que saquen una pala y no un hacha. Me gustaría volver al bosque y contarle a mis futuros hijos cómo me sentí con todas esas luces por el cuerpo, con esa estrella en la cabeza. Con los regalos a mis pies. 

Queridos reyes magos

Queridos reyes magos:
Un año más llega la navidad, y un año más os escribo, y por primera vez lo hago yo solito. Imagino que esto os sorprenderá, ya que durante años habéis recibido unas cartas firmadas por un niño de tres o cuatro años y escritas con letra temblorosa. Era mi madre quien las escribía haciéndose pasar por mí. Reescribía lo que yo le dictaba, me temo, y muchos de los juguetes que pedía nunca llegaban. O eso pienso yo, aunque me dice mi madre, que está supervisando lo que ahora escribo, que no era así, que debe ser un problema vuestro y no suyo.
Sobra decir que me he portado genial. Es cierto. Sólo tenéis que preguntarle a cualquier persona. Excepto a mis hermanos. No les hagáis caso a ellos. Tienen envidia de lo bien que me he portado, ayudando a viejitos a cruzar la calle y todas esas cosas que se supone que tenemos que hacer los niños para recibir muchísimos regalos o ir al cielo o algo así. Además, ellos no creen en vosotros, así que vosotros tampoco deberíais creerlos a ellos cuando mencionen algo de un incendio y quién sabe qué otras mentiras para hacerme quedar mal, ¿vale?
¿Cómo hacéis para repartir cientos de miles de millones de juguetes en miles de millones de casas en tan sólo una noche y yendo en camellos, por cierto? Alguien me dijo (mi madre) que son camellos de competición y que tenéis que ir a todísima velocidad y que por eso muchos de los juguetes que pedimos todos los niños no nos llegan, porque se os caen por el camino. Jolines. ¿Atarlos no podéis? Sería una buena solución, aunque claro, perderíais mucho tiempo desatándolos y a lo mejor no os daría tiempo a visitar todas las casas.
De todos modos quiero que sepáis que creo que hacéis un trabajo magnífico y que como dije antes, si hay regalos que hasta ahora no me han llegado habrá sido culpa de mi madre y no vuestra. Es algo que quería dejar claro antes de pasar a lo importante de esta carta: la lista de cosas que deseo, por estricto orden de importancia.
Comida para todos los niños hambrientos del mundo.
Espadas láseres o cómo se diga (mi madre tampoco sabe).
Reinos en paz a lo largo de todo este planeta y de todos los planetas de la galaxia, si puede ser.
Ideas geniales para dibujar y así siempre saber qué hacer cuando cojo los lápices de colores y los folios en blanco.
Lámparas de esas con caritas sonrientes para que mi habitación siempre esté iluminada, y un vaso de agua siempre lleno en mi mesilla de noche para no tener que ir a la cocina en mitad de la noche si me entra sed.  
Lacasitos. A montones.
Sándwiches sin corteza para mí y cortezas de sándwiches para mi madre, y nada más.

p.d. espero que tengáis el tiempo suficiente para leer mi carta con atención y que bajo ningún concepto os veáis obligados a hacer una lectura por encima y sólo leáis, no sé, las mayúsculas. 

jueves, 5 de enero de 2017

Regalos

¡Qué emoción recibir los regalos el día de Navidad! Espero que el mío sea un niño. Y ojalá yo no sea calcetines.  

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Monstruos

Magnífica idea la tuya, sí señor: ver una película de terror a las tantas de la madrugada, con la luz apagada, a solas en tu habitación. O eso esperas, al menos: que estés a solas ¿Te imaginas que no lo estés? ¿Que ese montón de ropa sobre la silla sea en realidad un fantasma? ¿Que desde el armario, con la puerta entreabierta, te esté espiando un espíritu? ¿Que bajo tu cama haya monstruos esperando a que te duermas para arrancarte el corazón?
Pero tú no crees en esas cosas. Sabes que la ropa de la silla no envuelve fantasma alguno. Que los ojos brillantes del armario son los de un adorable ratón. Que bajo tu cama… Bajo tu cama hay monstruos, sí.
Lo sabes. Los sientes. Enciendes la luz y murmuras:
Monstruos.
Porque tienen que saber que estás dispuesto a enfrentarte a ellos. Que más les vale que se queden quietos donde están, porque si se mueven…
Y lo hacen. Porque eso es lo que hacen los monstruos. Se mueven. Se pavonean. Aparecen de la nada. Los ves por el rabillo del ojo y atraen tu mirada. Entonces se detienen ahí, en la pared.
Monstruos dices con los dientes apretados, conteniendo un escalofrío.  
A tientas, buscas algún arma. No hace falta que sea una espada o una escopeta. Es más, espero que no sea una espada o una escopeta. ¿Quién duerme con esas armas junto a su cama? ¿Quién tiene esas armas en primer lugar? Tío, en serio: deshazte de esas armas, te vas a hacer daño.
Además, para enfrentarte a este monstruo sólo hace falta valor. Mucho valor. Y quizás una chancla.
Porque es un monstruo pequeño, aunque eso lo hace mil veces peor. Lo vigilas sin descanso por miedo a perderlo de vista, pese a que su imagen haga que se te encojan las uñas de los pies.
Él no se mueve. Podría interpretarse su parálisis como un signo de miedo. La tuya desde luego lo es.
Oh, pero el maldito bicho no tiene miedo, del mismo modo que el sol no tiene calor.
¿Sabes qué tiene? Cien pares de patas que ahora se mueven a la velocidad de las pesadillas. Entran en resonancia con ellas y hacen que todo tu ser tiemble. Si ahora gritaras, tu voz sonaría aguda y quebradiza. Pero no gritas. Estás demasiado ocupado intentando no perder de vista a la maldita escolopendra.
La ves subir por la pared, dirigiéndose hacia el hueco de la persiana. Que se meta por ahí, rezas. Que desaparezca por ese agujero que sin duda lleva al ultramundo. ¡Vuelve con los tuyos!, piensas con fuerza. Pero entonces te arrepientes, porque tu mente se llena de cientos de millones de esos asquerosos bichos subiéndose unos por encima de otros.
Con lo bien que estabas cuando tu mente la ocupaban los fantasmas. ¿Qué es lo peor que te puede hacer un fantasma, de todos modos? ¿Ponerse delante de ti y hacer que veas borroso?
Pero ese bicho… Si fueras omnipotente, usarías todo tu poder para concederte un único deseo, y con ese deseo eliminarías a todas las escolopendras de la faz de la Tierra y quizás de un montón de planetas más. Por si acaso.
Y entonces desaparece. Y respiras aliviado porque lo has visto desaparecer. Sabes dónde está: en la caja de la persiana. Ahora mismo prenderías fuego a la habitación si así lograras matar al dichoso bicho. Pero claro, el humo despertaría a tus padres. Pobres, necesitan dormir. No son horas de andar quemando la casa hasta los cimientos.
Apagas la luz. Te tapas bien con las mantas. Cierras los ojos. Entonces oyes el sonido más terrorífico del mundo: el golpe sordo y amortiguado de un cuerpo pequeño y ligero cayendo sobre el colchón.
Te pones de pie sobre la cama y enciendes la luz. Gritas. Ahí está, yendo hacia tus pies. Saltas de la cama y corres hasta la puerta. Miras hacia atrás. Ni se te ocurra perderlo de vista.
Chocas contra la pared. Tanteas con la mano hasta que encuentras el marco de la puerta. El bicho decide seguirte. Cae al suelo y de nuevo ese sonido hueco. Las patas arañan las baldosas. Levantan esquirlas cerámicas. Saltan chispas. 
Te arrincona. Tú no eres más que palidez y sudor frío. Estás tan desesperado que hasta desearías ser también bicho para poder subirte por las paredes y huir de él.
Intentas hacerte grande. Gritas. Levantas los brazos. Pero esa táctica sólo funciona con los anímales, no con los monstruos.
Quisieras ver en tu misma situación a los que dicen que te tiene más miedo él a ti que tú a él. ¿Por qué iba a tenerte miedo? ¿Sólo porque eres cientos de veces más grande que él? ¿Tienes tú miedo de los árboles? Claro que no.
Pero si un árbol cae sobre ti…
Sin pensártelo, lo pisas.
Cierras los ojos. Exhalas el poco aire que queda en tus pulmones. Todo ha acabado. El monstruo ha muerto. También tú.
Pobre imbécil. Aplastar a ese bicho con el pie descalzo ha sido demasiado para tu débil corazón.
Descansa en paz y ve a ser ropa en las sillas y a espiar desde los armarios junto a tu amigo el ratón. Ve a hacer que las mejores puestas de sol de la gente que odias se vean borrosas. Y nunca más tengas miedo de los monstruos. 

martes, 1 de noviembre de 2016

Voces

Hubo un fogonazo de luz. Luego, oscuridad. Tanteé con la mano hasta que encontré la mesilla de noche. Dejé el libro sobre ella y me levanté de la cama. Había velas en la cocina. Salí de la habitación. Oí una puerta que se abría. 
-Se ha ido la luz. 
-Ya. 
Mi hermana salió al pasillo. Llegó el trueno. 
-¿Has oído eso? 
-Claro. 
-¿Qué querrán? 
De haber luz, la habría mirado confundido. 
-¿Qué querrán quiénes? 
-Las voces. 
Meneé la cabeza. Sonreí. Le seguí el juego.  
-¿Qué voces? 
-Calla. Y escucha. 
Me callé. Escuché. Sólo oí el viento silbando entre las ramas y la lluvia golpeando las ventanas. 
-Vienen de fuera. Del jardín –dijo-. Nos llaman. 
Mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad. Me pareció verla sonriendo antes de que se girara y se dirigiera hacia la entrada de la casa. 
-¿A dónde vas? No salgas. ¿No ves la noche que hace?
-No le tengo miedo a una simple tormenta. Ya no soy una niña. 
La puerta se abrió de par en par. El viento se coló por el pasillo y me agitó el pelo. Hubo un nuevo rayo y vi a mi hermana adentrándose en el jardín. La seguí. 
La tormenta se acercaba. La lluvia era fría. Los pies descalzos se me hundían en el césped encharcado. Perdí de vista a mi hermana. 
Entonces oí su risa. Sonó a verano en medio de esa tormenta otoñal. Venía del gran roble en mitad del jardín. Pese a la total oscuridad de esa última noche de octubre, su silueta se recortaba contra el cielo negro. Era una sombra en un mundo sin luz. Asustaba. 
-¡Estamos aquí! –gritó, haciéndose oír por encima del viento y de la lluvia y de los truenos. 
-¿Quiénes?
-Nosotras, idiota. ¡Ven! Quieren conocerte. 
-¿Quiénes quieren conocerme? –pregunté. Eché a andar hacia su voz.
Un nuevo relámpago iluminó el cielo. La vi junto al gran roble en mitad del jardín. Estaba sola. Su pelo mojado se le pegaba a la cara y le ocultaba parte del rostro. Sólo podía ver su boca. 
Sonreía. Siempre sonreía. Y ahora también susurraba, como si estuviera respondiendo a preguntas que nadie había hecho. 
-Anda, ven –dijo.
Sentí su mano extendida hacia mí. Se la cogí. Me arrastró hasta el árbol. 
-Este es mi hermano –dijo entonces.
Durante un instante, esperé en silencio a que alguien hablara. Luego, chasqueé la lengua.
-Déjate de tonterías y vámonos. 
Tiré de ella, pero no se movió.
-No son tonterías. Y no seas maleducado: saluda a mis amigas.  
Tomé aire y lo expulsé lentamente, intentando calmarme. Si saludando a las amigas imaginarias de mi hermana conseguía hacer que entrara en razón y volviera al interior de la casa...
-¿Tengo también que presentarme? -pregunté tras saludar al aire. 
Mi pregunta le hizo mucha gracia. Estalló en carcajadas. Su risa sonó a pompas de jabón explotando entre las manos de una niña. A verano en el jardín. A pura felicidad. 
-Ya saben cómo te llamas, idiota. ¿Cómo si no iban a poder haber llamado por ti? 
Un nuevo rayo. Un nuevo trueno. La tormenta se acercaba. 
-Vámonos. Por favor. 
Mi voz temblaba. 
-¿Tienes miedo de ellas? 
-Tengo miedo de que un rayo caiga sobre este árbol. 
-Oh, no me hagas reír –dijo ella, y su voz sonó muy fría y distante-. ¿Miedo? Creo que nada te gustaría más que ver este árbol reducido a cenizas. 
Ya había tenido bastante por una noche. Tiré una vez más de ella. Su mano estaba fría. No se movió. Se la solté y me alejé de ella y de sus estúpidas amigas imaginarias. 
-¿A dónde vas? –preguntó entonces, furiosa-. ¿Me has traído hasta aquí y ahora te largas?
-¡Tú me has traído hasta aquí! –grité desesperado. Mi voz se rompió. Apreté con tanta fuerza los puños que las uñas se me hundieron en la piel. Sangraba. Lloraba. No entendía nada. 
-¿Por qué siempre me abandonas? -preguntó. 
-Cállate –mascullé entre dientes. 
-¿Por qué siempre sueltas mi mano?
-Cállate –dije en voz baja. 
-¿Por qué nunca subes al árbol conmigo? 
-¡Cállate! 
Se calló.
Me dio la espalda y empezó a trepar por el árbol. No me molesté en detenerla. No podría. Subía a toda velocidad por el tronco, ágil como un mono. Llegó a la primera rama y se sentó sobre ella, de espaldas a mí. Desde ahí podía ver mejor la puesta del sol, decía.
Entonces, aferrada fuertemente con las piernas, se dejó caer de espaldas. Colgada boca abajo, me sonrío. Su rostro del revés solía arrancarme una risa nerviosa. Ya no.
-Baja –le pedí con un hilo de voz-. Es peligroso. 
-No puedo. Además, mis amigas me sujetan. 
-¡Tus amigas no existen! –grité. Me acerqué al árbol.
-Claro que existen, idiota. Che me sujeta de un pie y Elle del otro. 
-¿Che y Elle? –pregunté confundido-. ¿Como las letras? 
 Ella asintió y rompió a reír. Esta vez su risa sonó al repiqueteo de cien campanas a la vez. A la más maravillosa de las melodías. A pueblo en duelo. 
-No tiene gracia. 
-Claro que sí. ¿Quieres saber por qué?
Negué con la cabeza. Retrocedí. 
-Por supuesto que no quieres, porque ya lo sabes, ¿verdad? 
-Cállate –escupí. 
-Y sabes perfectamente que ya no son letras, aunque lo fueron. Por eso son mis amigas. Las únicas que puedo tener.
-Cállate –lloré. 
-Porque existieron y ya no. Como yo. 
-¡Cállate!
Se cayó.