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Violators will be prosecuted. Enjoy!

martes, 30 de agosto de 2016

El nacimiento de las medusas

Esta es la historia de cómo a la puesta de sol en mi casa se la conoce por otro nombre.  
Era una tarde de julio y yo tenía cuatro años. Era un niño pequeño y nervioso. Corría a toda velocidad entre las toallas, levantando arena y gritos de admiración.
-¡Míralo! –decían.
Pero ya era demasiado tarde: no era más que una mancha pálida contra el cielo azul. Un borrón en un día despejado. Una nube de persona. Pura velocidad.
Hasta que mi padre me cogió por los pies y me obligó a sentarme en la arena. Tenía algo que contarme. Algo importante.
-¿Sabes que es eso? –Señaló-. ¡Pero no mires! Si lo miras, te quedarás ciego.
-¿Pero podré seguir corriendo?
-No –me mintió mi padre.
Sé que sus intenciones eran buenas. Aunque también podría haberse ahorrado la mentira si no hubiera señalado de forma tan irresponsable al Sol.  
-¿Sabes qué es o no?
-Sí, padre: es el Sol.
-¿Y qué es el Sol?
-Una estrella.
-Sí, claro. Y yo un corazón –dijo, y puso los brazos de tal forma que en verdad pareció un corazón, contradiciendo así el tono irónico de sus palabras.
-Es una estrella, que lo sé yo, coño.
Mi padre se rió y me revolvió el pelo. Porque un niño de cuatro años que dice “coño” es la cosa más graciosa que hay. Al menos para mi padre.
-¿Conoces Japón?
-No voy a conocer…
Él me miró sin saber qué pensar. Luego debió de recordar que mi libro preferido era un Atlas. Lo leía desde que había aprendido a leer, hacía semanas ya.
-El país del Sol naciente –dijo y yo asentí-. ¿Sabes por qué se llama así?
-¿Porque allí nace el Sol? –me aventuré.
El chasqueó los dedos y sonrió.
-¡Exacto!
Volvió a revolverme el pelo. A mí no me importaba. Si yo fuera calvo también estaría todo el día tocándole la cabeza a gente con un pelo tan bonito como el mío.
-Pero no nace como tú: saliendo disparado por el ombligo de tu madre todo cubierto de vísceras y demás porquería. No. Obviamente el Sol no nace así.
-No nace: sale –dije.
-Tampoco. El Sol lo crean en Japón. Los crean, más bien. A diario. Atiende.
-Estoy atendiendo.
-Calla. Y atiende. Esto es importante. Eso que ves en el cielo, esa cosa a la que llaman Sol y que según tú es una estrella, no es más que un farolillo de papel con un fuego dentro. Tiene este tamaño –y formó una bola con sus dos manos, con todas las yemas de los dedos en contacto.
Miré al cielo durante un segundo. El sol parecía redondo, aunque más pequeño de lo que decía mi padre.
-¿Y cómo vuela?
-Como vuelan todas las cosas: nadie lo sabe. Pero hazme caso cuando te digo que ese Sol que ves hoy lo han lanzado desde Japón esta mañana. Hay un japonés que lleva dos décadas dedicándose a encender un fuego en el interior de un farolillo de papel y de lanzarlo al aire cada mañana. Le tiene que dar cierto impulso hacia delante para que llegue hasta aquí. Y el farolillo sube hasta que el fuego se empieza a extinguir. Entonces baja.
Yo miraba al sol y a mi padre alternativamente. Cada vez veía todo con menos claridad. Me dolía la cabeza de pensar en lo que me acababa de contar.
-Vuelve al atardecer para que te cuente la parte importante.
Y aunque lo que acababa de oír ponía patas arriba la visión que yo tenía del mundo, enseguida eché a correr y se me olvidaron todos mis problemas. Y mientras corría, atardeció. Volví junto a mi padre.
-El farolillo está a punto de tocar tierra –dijo sin más, sin necesidad de recapitular todo lo hablado anteriormente-. Ahí, en ese cabo, en el extremo norte de la bahía. Allí hay otro japonés que se encarga de recoger el farolillo y llevarlo de nuevo a Japón para que puedan reutilizarlo más adelante. Por desgracia, no siempre puede hacerlo.
-¿Por qué?
-Porque en Japón, al ser una isla, apenas hay árboles. Crecen mucho en primavera, así que en verano es cuando tienen más madera. Por eso el “Sol” calienta más. Y como ese fuego dura más, pueden lanzarlo más lejos y que esté volando más tiempo.
»Pero a medida que avanza el verano, la madera escasea. Los farolillos siguen calentando mucho, pero tienen que volar durante menos tiempo. Por eso los días son más cortos. Y por eso en vez de caer allí, sobre ese cabo, empiezan a caer directamente al mar.
Ahora que lo decía, era cierto que a finales del verano el sol se ponía hacia el centro de la bahía, hundiéndose directamente en el mar.
-No: no se hunden –me dijo mi padre cuando se lo comenté-. Se apagan. Flotan en el mar. Cientos de miles de farolillos flotando en la entrada de la bahía. Y como el japonés que los recoge no tiene barco propio, casi nunca puede salir a buscarlos.
-Si hay tantos farolillos en el mar, ¿cómo es que nunca he visto ninguno?
-Oh, los has visto. Lo que pasa es que cuando caen, se dañan. Suelen chocar contra las rocas y la mitad de la esfera queda hecha jirones. Tiras –aclaró innecesariamente, y movió todos los dedos como si fuera un pianista sin articulaciones en las falanges-. Y cuando llegan a la orilla, la gente tiene mucho cuidado de no tocarlos para que no se les irrite la piel por culpa de los restos de combustible con el que prenden el fuego.
El farolillo anaranjado acababa de tomar tierra a lo lejos. Una bonita puesta de sol. Un aborto de medusa. 

Y si...

El sol acababa de ponerse, hundiéndose en el mar. Hacía frío en esa playa vacía. Ella se estremeció. Él cogió su toalla y se la echó sobre las piernas.
-Piensa un número –propuso ella.
-El ocho.
-¡Pero no lo digas en alto! Tengo que adivinarlo.
-¿Por qué?
-Porque el juego es así. Y hasta que no lo adivine, no nos vamos de aquí. Así que piensa un número, ¿vale?
-¿Un número cualquiera?
-Uno normal. Del uno al diez.
-¿Esos son los números normales para ti?
-Obviamente. Son los que puedes hacer con los dedos de las manos –dijo ella.
-¿Y el cero no?
Ella lo miró con el ceño fruncido y le enseñó el “uno” más agresivo de todos. Él se rió y levantó ambas manos, todo inocencia.
-Del uno al diez –repitió amenazadora.
Siempre conseguía ponerla de los nervios. No podía pasar cinco minutos con él sin que le entraran ganas de empujarle. A veces lo hacía, y él rodaba por la arena como si se ganara la vida como especialista de cine. Después se levantaba como si nada. Como ahora.  
-Ya lo tengo –dijo él, y se sentó de nuevo a su lado, más cerca esta vez.
Ella cogió un puñado de arena. Se le caía entre los dedos, haciéndole cosquillas. Apretó la mano, intentando detener el flujo. Pero era imposible. Seguía cayendo. Grano a grano, pero caía.  
-¿Puedo hacerte una pregunta?
-No te voy a dar pistas –dijo él.
-No. No es sobre el número.  
Sentía un cosquilleo en el estómago y en la punta de los dedos de los pies. Quizás sólo fuera hambre y frío. O puede que fuera uno de esos momentos en los que se ponía nerviosa porque sí. Cada vez le pasaba más a menudo. Cada vez pasaba más tiempo con él.
Pero esta vez tenía un motivo. Sabía en qué número estaba pensando. Y como sabía el número, en cuanto lo dijera tendrían que irse de la playa. Porque eso era lo que ella había prometido. Y no quería irse. Todavía no. Antes tenía que hacerle una pregunta.
Llevaba días queriendo hacérsela, pero nunca encontraba el momento adecuado. Podría haberlo intentado cuando él la acompañaba hasta su casa, al volver de la playa. Pero se pasaban los diez minutos del camino hablando sin parar de cualquier cosa, salvo cuando el balanceo de sus brazos hacía que sus manos se rozaran sin querer. Pero ese segundo de silencio no estaba hecho para hacer preguntas. Además, ya habría tiempo más adelante.
Como cuando llegaban al portal de su casa. Ahí la conversación cambiaba. Cada palabra adquiría una importancia suprema. Casi todo eran silencios. Y esos silencios estaban hechos para valientes. Para dar dos pasos al frente y decir las cosas que siempre habías querido decir. Para atreverse a hacer las preguntas que no te dejaban dormir. Si tan sólo uno de los dos tuviera el valor…
Pero tenían tiempo. Los días aún eran largos. Las noches, cálidas. Las despedidas, momentáneas. Y aunque cada vez les costaban más, no era difícil decir “hasta mañana”. No pensaban siquiera en el “adiós”.
No había prisas. Todavía no. ¿Cómo iba a haberlas si el tiempo se detenía cuando estaba con él? O así le gustaría que fuera. Porque ahora que el final del verano había llegado, el tiempo había vuelto a correr.
Se le escapaba entre los dedos de la mano. Grano a grano. Segundo a segundo. Con la última luz del último día del verano. Y la pregunta seguía allí, dentro de ella. Vibrando. Agitándole la respiración. Acelerándole el corazón. ¿A qué tenía miedo? ¿Qué tenía que perder?
No. Esas no eran las preguntas correctas.
¿Qué tenía que ganar ahora que el verano se acababa? ¿Qué tenía que ganar si al día siguiente volvía a la ciudad? ¿Qué importaba ahora saber si él también desearía poder pasar más tiempo juntos?
Era demasiado tarde para eso. El verano se acababa y también se acababan ellos. Además, su respuesta podría ser no. No iba a arriesgarse a que ese fuera su último recuerdo de él. Prefería quedarse con el primero. Con aquellos ojos brillantes la tarde que se conocieron, cuando le explicó que el Sol no se hundía en el mar al atardecer. 
-En realidad flota –siguió él-. Pero se apaga. Porque, como bien sabes, el Sol no es más que un farolillo de papel que alguien lanza al aire desde Japón cada mañana.
Ella creyó que en su vida había conocido a un tipo más raro. 
Aún lo pensaba. Pero era un tipo raro por el que no le importaba llegar tarde a cenar con sus padres. Era un tipo raro por el que desearía poder volver al pasado y aprovechar mejor el tiempo que tenían. 
Porque ahora sabía que el verano no duraba para siempre. Tampoco ellos. Que cada momento cuenta. O contaba, cuando todavía tenían momentos por delante.
No. Ahora que veía el final, la única pregunta que tenía sentido era…
-¿Es el ocho?
Él tuvo que notar que esa no era la pregunta que ella iba a hacerle, pero no dijo nada. Se limitó a sonreír de esa forma tan suya. Como si supiera algo que nadie más sabía.
-No es el ocho.
-¿No es “el muñeco de nieve de los números”? ¿”El tótem de equilibrio imposible”? ¿”Dos ceros fingiendo ser más grandes”? –preguntó incrédula, usando las palabras que él había usado en su día. Le encantaba el ocho. Siempre era el ocho.
-Mm-mm –negó y su sonrisa se ensanchó.
-¿Diez? ¿Nueve?
-No.
Sus ojos brillaban.
-Siete. Seis. ¿Cinco?
Él negaba y negaba. Ella no entendía nada. Y si también sonreía, sería porque la arena seguía haciéndole cosquillas al pasar entre sus dedos. Todavía quedaban unos pocos granos en su mano. ¿Cuántos?
-¿Cuatro? ¿Tres? ¿Dos?
Ya no se molestaba en mover la cabeza. La miraba a los ojos. Muy cerca. Esperando el final.
-Uno.
Si quedaban granos de arena por caer, no cayeron. 

jueves, 16 de junio de 2016

Barro

Era una tarde de sábado de mayo. El campo era de tierra. No era el mejor campo del mundo, pero era nuestro. Lo queríamos. Y a veces, tras una zancadilla o un mal apoyo, lo besábamos. Los rivales lo odiaban. Estaban acostumbrados a modernos campos de hierba artificial, donde la pelota rodaba con la suavidad de una caricia de terciopelo y no había surcos donde meter un pie y torcerse un tobillo.
Desde el banquillo veíamos cómo los terrones comenzaban a deshacerse. Las líneas de cal empezaban a difuminarse. La lluvia arreciaba por momentos. Era difícil hacerse oír por encima del estruendo de las gotas contra la cubierta de chapa de unas gradas vacías. Cayó un rayo. No tardó en llegar el trueno. Discutíamos.
El cielo estaba cada vez más oscuro. El campo era ya barro. Donde antes había surcos, ahora había charcos. El equipo rival se había refugiado en los vestuarios. Un nuevo relámpago. Un nuevo trueno. Silencio.
Íbamos a perder. Habíamos peleado toda la temporada e íbamos a perder en nuestra casa. Una victoria y el título sería nuestro.
Yo era el capitán. El brazalete rojo destacaba sobre la manga blanca. Era mi momento de hablar. Después de echarse las culpas unos a otros había llegado el silencio de los derrotados. Me aclaré la garganta. Todos me prestaron atención.
-Nos han metido tres goles. A todos. Y no hemos metido ninguno. No somos un futbolín. No hay una barra que nos ensarte por los costados y nos una por líneas, separando por siempre delanteros de medios de defensas de portero. Vamos perdiendo. Pero tenemos que olvidarnos de todo lo que ha pasado. Vamos cero a cero y tenemos que marcar un gol. No por ganar, sino porque nos gusta meter goles. Nos gusta celebrarlos todos juntos y ver como los rivales se ponen nerviosos y discuten entre ellos. Y cuando metamos, volveremos a ir cero a cero. Volveremos a empezar.
Esta vez el silencio fue distinto. Fue un silencio de cabezas altas y brillo en los ojos. El árbitro salió de los vestuarios, seguido del equipo rival. Estaban secos. Nosotros empapados. Ellos sonreían. Nosotros estábamos serios. Concentrados. Ellos torcieron el gesto cuando pisaron el campo. Si no les gustaba la tierra, mucho menos el barro.
Salimos a jugar.
 Nos encontramos con el primer gol muy pronto. Un saque de esquina bien ejecutado y un potente remate de cabeza. Cero a cero.
El segundo llegó de penalti. El portero rival se lanzó al suelo y se llevó por delante a nuestro delantero. Le hizo un gesto con la mano para que se levantara, como si no lo hubiera tocado. Como si en vez de un portero cualquiera en una liga amateur fuera el mismísimo Sergio Ramos. El árbitro le sacó tarjeta. Volvió enfadado bajo los palos y señaló al suelo, como si el barro tuviera la culpa. Pedí el balón. Lanzamiento ajustado. Cero a cero.
Entonces se echaron atrás. Se encerraron en su campo. Ya no tocaban. Y los pases en largo que tanto daño nos habían hecho en la primera parte ya no nos molestaban. Porque el balón apenas botaba al tocar el suelo y nuestros defensas lo cortaban con seguridad.
El tercer gol llegó porque tenía que llegar, por insistencia y acumulación de oportunidades. El portero no vio salir el disparo entre tantas piernas. Cuando se lanzó para atraparlo ya era demasiado tarde. Cero a cero. Seguía lloviendo.
-Tres minutos –les dijo el árbitro a los delanteros cuando sacaron de centro por cuarta vez en esa segunda mitad.
Un robo. Un mal pase. El balón salió de banda. El lateral se tomó su tiempo en ir a buscarlo. A ellos les valía el empate.
-Es imposible conducir el balón o dar un pase raso. Así no hay quien juegue al fútbol –me dijo un central rival.  
-El fútbol es mucho más que eso –contesté yo. El lateral sacó de banda. El balón se alejó de nosotros-. Sí: el fútbol es estadios llenos y céspedes cuidados, y balones reglamentarios y pases al pie. Es Busquets jugando a dos toques y Modric dando un pase de exterior. Es centrar como Beckham, controlar como Bergkamp, meter un gol como Iniesta en la final del mundial.
»Pero el fútbol también es esto de aquí. Es pasar dos horas cada sábado por la tarde corriendo detrás de un balón. Es lamentarte cada vez que te cambian aunque sepas que en quince minutos vas a volver a entrar. Es jugar por alto cuando el terreno no permite jugar por abajo. Es competir por el simple hecho de competir, de demostrar que eres mejor que tus rivales, aunque ellos sean más fuertes, más rápidos, toquen mejor el balón y estén más compenetrados. Es distraer al contrario para tener una última oportunidad de ganar antes de que acabe el partido.
Me desmarqué en profundidad. El defensa tardó en seguirme. El pase era demasiado largo. El portero estaba atento y salió al encuentro del balón. Se quedó al borde del área, esperando a que la pelota le llegara mansa tras el bote.
Pero en cuanto tocó el suelo, el balón se quedó parado. Parecía que en vez de barro hubiera velcro y el balón tuviera pelos, como si se hubieran olvidado de afeitar a la vaca antes de preparar el cuero. El portero tuvo que salir del área y jugar el balón con los pies.
Pero yo no había dejado de correr. Yo confiaba en mi campo. Llegué antes que él y elevé el balón por encima de su brazo encogido, dibujando en el aire un arcoiris de emoción. Al final estaba el oro.
O lo habría estado, si el balón hubiera botado veinte centímetros más allá, del otro lado de la línea de gol. El árbitro pitó el final. Ellos celebraron. Nosotros nos derrumbamos exhaustos y extrañamente felices. Nos habíamos vaciado sobre el campo y él nos había robado el título, pero nos regaló el mejor cero a cero de la historia. 

miércoles, 25 de mayo de 2016

Amanecer

A él no le importaba que apenas le dejara espacio en la pequeña cama. Cuando estaba con ella le bastaba con la más estrecha de las franjas de colchón. Con ella podría tumbarse sobre la almohada, o en aquel cojín que los movimientos de la noche habían tirado al suelo, o en la cabeza de una cerilla, o haciendo equilibrios sobre uno de sus finos cabellos. Eran castaños y rizados, y se llenaban de aire y de rayos de sol cuando ella movía la cabeza. Y cuando nevaba, allí se acumulaban cientos de miles de copos de nieve, todos distintos y todos bellos.
Ahora abrió los ojos y bostezó. Lo miró. Tardó unos segundos en reconocerlo. Cuando lo hizo, esbozó una tímida sonrisa. Él se esforzó en devolvérsela. Si por él fuera, se la quedaría para siempre. La guardaría muy dentro de él, aunque los afilados dientes acabaran por hacerle daño.
-¿Qué hora es? –preguntó con la más débil de las voces. Era como una delicada galleta de mantequilla, dulce y quebradiza, y daban ganas de morderla y saborear sus palabras, y nunca cansarse de ellas.
-Casi de día.
-Eso no es una hora –protestó ella, desperezándose sin perder la sonrisa.  
Se giró en la cama, dándole la espalda. Miró por la ventana. Él decidió imitarla. Tras el cristal vieron como el amanecer anunciaba su pronta llegada. Había ordenado a las nubes que vistieran sus colores y soplaran las silenciosas cornetas. Y ellas, obedientes, brillaban naranjas y rosadas sobre el horizonte, y tocaban una melodía simple, de hojas mecidas por el viento y pájaros alzando el vuelo. Era una imagen muy bella. Pero no tanto como ella.
Ella era una primavera constante en un bosque antiguo. Ella era el último día de clase y el primer baño del verano. Ella era el olor a pan recién hecho y el crujido del primer mordisco. Era plástico de burbujas entre los dedos y un beso en los labios. Ella era ese amanecer y todos los amaneceres del año, y las estrellas en una noche despejada y una suave brisa en agosto.
Ella era razón suficiente para no ir a trabajar, o para dejar de mirar el más bello de los amaneceres, que gritaba con sus colores pastel intentando reclamar su atención sin conseguirlo.
Ella era felicidad. Ella era amor.
La quería.
Era obvio, pero eso no lo hacía menos cierto. La quería. La quería más de lo que nunca había querido a nadie. La quería tanto que cada vez que los ojos se le cerraban, buscando unos minutos de necesario descanso, la veía.
Veía su dulce rostro, pálido y de mejillas sonrosadas, como si acabara de beber dos copas de vino o hubiera subido corriendo las escaleras.
Veía sus grandes ojos castaños en los que tantas veces se había visto reflejado. Lo miraban todo como si todo tuviera muchísima importancia. Podía ser la más aburrida de las piedras, y aún así la miraba concentrada. Ella le entregaba su total atención. Ella la hacía importante.
Veía su sonrisa. Era perfecta. Era una bola de nieve colina abajo. Porque cuando ella sonreía, él no podía evitar sonreír. Por muy triste que estuviera, por muy enfadado o dolorido, su sonrisa conseguía hacer que se olvidara de todo. Y ella, contenta por haber ayudado, sonreía todavía más. La creciente felicidad de uno aumentaba la felicidad del otro. Entonces ella no aguantaba más y reía a carcajadas y corría y daba vueltas, y sus cabellos rizados llenaban el aire de color. Él también reía, y su corazón se derretía y lo llenaba por dentro de  felicidad y de calor.
Ahora le tocaba a él abrir los ojos. Fue su turno entonces de mirar todo sin entender bien dónde estaba. Sin entender cuándo estaba.
Vio una cama vacía, una ventana rota y sangre en las sábanas.
Amanecía, sí. Pero toda la cama la ocupaba él. Y de no haber estado completamente hueco por dentro, se habría enfadado mucho por haberse quedado dormido. Se habría enfadado por haberse engañado de ese modo.
Tendría que haberse dado cuenta. Porque ella había hablado a través de unos labios carnosos y suaves, y se había apartado el pelo de la cara para poder ver el precioso amanecer de un día cualquiera.
Pero ese no era un día cualquiera. Era un día especial, como lo son todos los últimos días. Y sus labios eran pálidos y agrietados. Su voz ronca y débil. Su pelo…
Y aún así, la noche anterior, su sonrisa fue perfecta, de última página de la mejor de las novelas. Le golpeó con contundente tristeza, y le vació de aire y de vida. Porque ella, aunque apenas podía respirar, reunió las pocas fuerzas que le quedaban en su delicado cuerpo para intentar aliviar por última vez el dolor de él, ignorando el suyo propio.
Pero era mayo, y las colinas hacía tiempo que habían dejado de tener nieve. La bola se derritió al tocar el suelo. Todo se llenó entonces de odio y de rabia. No era justo. Y aunque había prometido que no lo haría, se echó a llorar.
-No, no –susurró ella, porque no podía hacer otra cosa.
Ella pasó una de sus pequeñas manos por sus mejillas, secándole las lágrimas. Su sonrisa era ahora triste. Él la abrazó. Encajaba perfectamente. Siempre lo había hecho. Desde el día que nació, en ese mismo hospital, en una habitación diferente. Él la quiso nada más verla, y ella se quedó dormida sobre su pecho.
Y siempre que la abrazaba la envolvía con su cuerpo y con su vida, intentando protegerla de cualquier cosa que pudiera hacerle daño.    

Pero ahora de nada servía, porque lo que le hacía daño no venía de fuera. 

jueves, 26 de noviembre de 2015

Una historia sin final

Otro año más, abril había llegado con su tiempo inestable, de transición; de recuerdo del invierno o avance del verano, según le diera al mes ese año; con sus treinta días encajados entre marzo y mayo como un ser querido en un abrazo.
Abril era el mejor mes del año, mi preferido desde que tengo uso de razón. Porque en abril era mi cumpleaños. Y en mi cumpleaños yo era lo más importante del mundo, y todas las personas de mi alrededor tenían por una vez que reconocerlo, arrodillarse ante mí, presentarme sus respetos, agobiarme con sus poco originales halagos y celebrar mi vida, porque con seis años todavía era pronto para que mis más acérrimos enemigos comenzaran a celebrar mi camino hacia la muerte.
Pero si abril era mi mes preferido y el trece el mejor de sus días era por la tradición que se venía repitiendo desde hacía dos años, media vida para un ser como yo, en la que mi tía me invitaba a ver una película de entre tres posibles, siempre las mismas tres, las únicas tres que tenía grabadas desde hacía años, guardadas con cariño en un cajón donde no entraba el polvo, como si fueran delicadas criaturas, como si fueran un tesoro. Lo eran.
Tres. Eran tres. Las había visto miles de veces, o lo que un niño considera miles de veces, y podría verlas miles de veces más. Pero esa noche, ese jueves noche, jueves santo, tenía que elegir una, sólo una. Por eso ese día era tan especial. Por eso las tradiciones perduran durante años, durante generaciones, y traspasan fronteras: son algo único, excepcional, puntual, extraordinario.
-Elige –dijo la extraña, ciega, negra, suave criatura. Habló con su voz aguda que no parecía provenir de su opaca y oscura garganta, sino de algún punto sobre su alargada cabeza, de sus extrañas orejas, desde allá donde mi tía, con el gesto torcido, al igual que la sonrisa, me miraba, pues era yo y no ella quien tenía que responder.
¿Cuál me apetecía ver? ¡Todas! Todas tenían algo especial. Fruncí mi pequeño ceño.
-¿Quieres que te las recuerde? –volvió a hablar ese ser de cuerpo largo, de dos partes rectas y una bisagra en el medio.
No lo necesitaba. Sabía perfectamente cuáles eran mis opciones. Pero aún así asentí con fuerza, con decisión, acercando mi cabeza un poco más al suelo.
El ser entonces se alejó de mí describiendo un amplio arco y acercó su cabeza a la mesa donde descansaban tres cajas negras. Olfateó intensamente, así era como él veía, y mordió con su boca sin dientes la primera de ellas. Volvió junto a mí y dejó con delicadeza la película en mis pequeñas manos. Yo leí, y a mi mente vinieron decenas de imágenes. Esa era la película que yo quería ver.
¿Cómo no iba a serlo? Con su gigantesco hombre rocoso, caníbal, y su triciclo a juego; sus amigos, más pequeños: uno surcando el cielo en su ala-delta animal, el otro montado en su veloz caracol; Morla, la pobre y anciana Morla, resignada, resfriada; el desván, la manta, la manzana y el libro; Fújur, esponjoso perro volador, algodón y picor detrás de las orejas; la emperatriz en su lujosa torre; Atreyu.
Atreyu tirando de Artax, incapaz de avanzar, sumido en la tristeza, en el lodo, hasta desaparecer; la Nada, devorándolo todo; Gmork.
Mi tía notó mi miedo, pero fue él, el suave ser, quien habló.
-¿No te gusta el lobo? –preguntó. Yo negué con fuerza, con decisión-. Ya… Es un lobo muy malo, ¿verdad? –dijo, pero fue mi tía la que sonrió, tranquilizándome.
La criatura sin ojos no dijo que era sólo una película, como siempre se le dice a los niños asustados, que no era verdad, que el lobo, ese lobo negro, gigantesco, ese lobo de mente humana, retorcida, malvada, era en realidad un peluche. Porque entonces la criatura ciega tendría que reconocer que ella misma tampoco existía, que no era más que dos guantes hábilmente manipulados, y que dentro estaba la mano de mi tía, que su voz era la de ella. Y como ella, como el lobo, Atreyu, el valeroso Atreyu, tampoco sería de verdad. Ni Bastian.
¿Qué clase de mundo sería éste si no pudieras entrar en un libro, gritar y ser oído, darle un nombre a la Emperatriz Infantil? ¿Qué mundo sería ese en el que no lloras con Atreyu cuando Atreyu llora por Artax, en el que no tiras con todas tus fuerzas de unas riendas invisibles, pero más reales que nada de lo que puedas tocar? Si el lobo, ese lobo que asusta a un niño de seis años, no es real, si sólo es una película, ¿por qué verla? ¿Por qué elegir, en el día más importante del año, ver algo que sólo es una película?

-Es un lobo muy malo –dije. Y sonreí. 

viernes, 16 de octubre de 2015

16 de octubre vol. 4

-Orcán sólo quiere jugar.
Se impulsó en el fondo y saltó por los aires, saliendo por completo del agua, dibujando una parábola en su perfecta imitación de un cometa; las gotas que dejaba atrás, la cola. Cayó sobre él, que no pudo hacer más que levantar los brazos en un fallido intento por protegerse. El impacto fue blando, pero la fuerza lo sumergió hasta dar con su espalda en la arena. Sintió un dolor agudo entre los omóplatos. Gritó burbujas. Ella se apartó por fin, alejándose con dos poderosos coletazos, como era natural. Él salió a la superficie usando cada músculo para ascender a través del agua. Ambos eran magníficos nadadores. Engulló aire hasta que la quemazón en sus brazos y piernas se extinguió por completo. El dolor en la espalda comenzaba a extenderse.
-Tienes algo ahí.
Su cuello de humano no le permitía la rotación suficiente para poder verse la espalda. Su falta de flexibilidad, que por momentos le acercaban más a una silla que a un niño, le impidió llegar con sus manos al origen del dolor.
-¿Qué es?
-Un pez.
-¡Quítamelo!
-¡Está clavado! ¿Ves como tenías que usar fanequeras?
Respiró hondo tres veces. Empezaba a notar dormida toda la espalda, aunque ahora que lo pensaba no recordaba haberla sentido despierta antes.
-¿De qué me iban a servir unas fanequeras?
-Orcán sólo quería jugar. –Una tímida sonrisa, una pregunta eludida.
-Pues por culpa de Orcán tengo una faneca clavada en la espalda. Quítamela.
El pez era resbaladizo. Orcán decidió que lo mejor era usar los dientes. Un mordisco, un rápido movimiento de cabeza; pez y niño fueron dos nuevamente.
-A lo mejor ahora tienes poderes. Como Spiderman. Haz así, a ver si puedes lanzar redes.
Quiso protestar, decirle a su hermana que una picadura de faneca, aunque fuera en el medio y medio de la espalda, justo entre dos vértebras, no otorgaba poderes de ningún tipo, que la faneca tendría que ser radiactiva para que fuera así. Quiso también explicarle que, en todo caso, los poderes serían los propios de una faneca, no de una araña, por lo tanto no podría lanzar redes. Pensó en aclararle, ya de paso, que lo que lanzaba Spiderman no eran redes, sino telas de araña. No hizo nada de eso, como tampoco hizo el gesto que le pidió. No pudo levantar el brazo. No pudo mover la lengua. Sus piernas no pudieron sostener su cuerpo. Sus pulmones no pudieron ni respirar agua. Fanecaman por siempre escondido en la arena, un metro de mar sobre su cabeza.
-Orcán solo quería jugar.

-Y por eso no podéis bañaros todavía.
-Un momento... ¿Dices que si nos bañamos antes de haber hecho la digestión vamos a jugar a Orcán, sea lo que sea eso, y una faneca se nos va a clavar en la espalda y nos va a paralizar con su veneno y vamos a morir ahogados, mamá?
Se quedó callada. Habría sido más fácil decirles que les iba a dar un corte de digestión que los mataría instantáneamente, como le había pasado al hijo de unos amigos de una amiga suya una vez, que es lo que decían todas las buenas madres cuando no querían que sus hijos se bañaran nada más llegar a la playa. Pero ¿una historia sobre una orca/perro que en su afán por jugar acababa matando indirectamente a su hermano al convertirlo en un niño/faneca? ¿A qué clase de mente enferma se le ocurre semejante cosa? Sacudió su cabeza.

-Bueno, pues haced lo que queráis, pero como os ahoguéis os mato. 

martes, 28 de julio de 2015

Cuatro agujas

Esta vez el sonido le llegó nítido. Abrió los ojos e intentó hacer lo mismo con los oídos, pero no hizo falta. Un nuevo clank y un grito apagado.
-Fuera, Mila Kunis –susurró empujando a su gata, dormida sobre sus piernas, antes de levantarse de la cama. Se acercó a la ventana y la abrió, dejando que el frío aire otoñal la despertara por completo. No tuvo tiempo de esquivar la siguiente piedra.
-¡Ay! –gritó cuando recibió el impacto en plena frente.
-¡Chss! ¡Vas a despertar a todo el mundo! –le comunicaron a alaridos desde la calle. Una nueva piedra le pasó silbando junto al oído, y tras rebotar contra un enorme oso de peluche, acabó golpeando a Mila Kunis en el lomo. La gata salió disparada directa a la pared y a)la atravesó dejando un bonito agujero con forma felina; b)chocó cabeza por delante y quedó inconsciente durante dos horas, quizás más.
-¡Deja de tirar piedras! Ya tienes mi atención.
-Baja.
-¿Qué hora es?
-No sé, las tres, casi. Cálzate y baja.
Un minuto después los dos caminaban en silencio. Ella había pedido explicaciones; él la había callado con un “ahora no” y un gesto con la mano que sólo podía significar “sígueme”. A mitad del puente medieval él se detuvo y rebuscó en su bolsillo. De él sacó una moneda y la lanzó con todas sus fuerzas al río.
-¿Por qué has hecho eso?
-Es tradición.
-Pues no la conocía. ¿Pides un deseo o qué?
-No, simplemente lanzas una moneda lo más lejos que puedas.
-¿Para qué?
-Limosna para peces. Y ahora silencio, ya casi hemos llegado.
Enfilaron la calle principal adoquinada. Sus pisadas resonaban en la calma de la noche. Sus sombras barrían el espacio entre farola y farola. Llegaron a la plaza.
-¿Qué es eso? –preguntó ella.
Él sonrió, se frotó las manos y dando saltitos se acercó a lo que ella señalaba. Con un grácil movimiento de sus manos retiró la lona que lo cubría al grito de “Ta-dah!”.
-¡Es una máquina del tiempo! –explicó entusiasmado.
-Un momento... Oye, me estás diciendo que has construido una máquina del tiempo… ¿con un Patrol?
-Así es. Me dije: ya que voy a construir una máquina del tiempo, ¿por qué no hacerlo con clase? ¿Quieres probarla?
-¿Yo?
-¡Claro! Para eso te he traído.
-¿Vendrás conmigo?
-No, pero algo me dice que no tardaremos en volver a vernos –dijo con ese tono misterioso del que sabe algo que tú desconoces, esa media sonrisa que tiene escrita un “ya verás, ya” amistoso.
-¿Cómo funciona? –preguntó ella subida ya al coche, pasando las manos por el volante, revisándolo todo.
-¿Ves el reloj en la torre de la iglesia? Pues diez metros más arriba está el pararrayos. Exactamente en –se miró la muñeca, no tenía reloj; alzó de nuevo la vista hacia la iglesia- dos minutos, un rayo caerá ahí mismo. Mediante ese cable transmitiré la energía hasta ese otro cable de ahí adelante, el que cuelga entre esos dos postes. Lo que tienes que hacer es sujetar esto así –le entregó un largo palo de aluminio robado de la piscina municipal- como si fueras un coche de choque y hacer contacto con el cable en el preciso instante en el que la electricidad generada por el rayo circule por ahí. En ese momento has de ir a no menos de cincuenta kilómetros por hora. ¿Alguna duda?
-Muchas.
-Bien, no hay tiempo para resolverlas. ¡Es la hora! ¡Acelera! –ordenó golpeando el lateral del coche, que como un caballo azotado con una fusta salió despedido quemando rueda.
-¿A dónde me envías? –gritó ella asomando la cabeza por la ventanilla, el viento agitando sus negros cabellos, enredándolos con el palo rescata-niños.
-¡A dónde no, a cuándo!
En ese momento la más larga de las agujas perdía cualquier rastro de horizontalidad en el reloj de la iglesia. Diez metros más arriba otra aguja apuntaba a un cielo despejado y esperaba una descarga que no llegaba. En tierra, la tercera de las agujas, la más pequeña de todas, echaba un pulso al cincuenta, y ganaba. La última de ellas, gruesa y larga pero ligera, hueca, chocaba contra un cable igualmente vacío y salía despedida hacia atrás sumando a los sonidos de la plaza (a saber: motor, ruedas sobre adoquines, gritos de emoción desde dentro de un Patrol, respiración contenida cien metros atrás) un tintineo irregular y débil sepultado al instante por el chirrido de unos neumáticos convertidos en lápices.
El Patrol se detuvo a escasos metros del final de la plaza y de él salió ella, toda furia y decepción.
-¡Casi haces que me vuele la mano! –le recriminó haciéndose oír a través de la plaza-. ¿Y el rayo? ¡No ha funcionado! ¡Eh, te estoy hablando!
Pero él no escuchaba. Él llevaba un rato boquiabierto, las manos en la cabeza, la mirada fija en el infinito, riendo de pura incredulidad.
Ella empezó a caminar a grandes zancadas, recogió el palo de aluminio e imaginó cuanto de él sería visible tras introducirlo por cierta cavidad con determinada fuerza a medida que se iba acercando a su amigo.  Estaba ya blandiéndolo cuando, aún sin mirarla, él habló:
-Mira –dijo señalando a algún punto sobre su cabeza.
Ella dirigió la mirada hacia allí y en la torre de la iglesia vio el reloj. Cuadrado, mármol blanco, dos agujas. La más larga de ellas había comenzado ya a descender. La pequeña fija en el dos.
-Lo hemos conseguido –anunció él emocionado.
Ella miró una vez más el reloj, luego a él, y por último rebuscó en su interior.
-¿Qué día es hoy?
-Sábado. Bueno, domingo.
-De número digo.
-¿Qué más da? ¡Hemos hecho historia! ¡Hemos viajado en el tiempo!
-Sí; tú, yo y todos y cada uno de los habitantes de este país.
-Pero ellos no han robado un Patrol a las tres menos veinte de la madrugada. Así que con tal de devolver el coche en –consultó su muñeca de nuevo, luego el reloj de la iglesia- algo menos de cuarenta minutos, no nos denunciarán.

Así que se miraron, sonrieron, chocaron las manos al grito de “Fuck yeah!”, se subieron al Patrol colándose pies por delante por las ventanillas abiertas, pulsaron play en el reproductor de casettes haciendo sonar a todo volumen la última canción de Skrillex y estuvieron haciendo trompos en mitad de la plaza hasta que cuatro minutos después fueron detenidos por la policía.