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Violators will be prosecuted. Enjoy!

lunes, 6 de agosto de 2018

Miradas

Cabello cobrizo y helado en la mano
el verano es luz en tu piel
eres ojos de miel y vestido de flores
y en el cielo
luces de colores

Comes el cucurucho de lado
entre la gente, la vista al frente
riéndote sola, hasta que una bola
cae al suelo
dejas atrás el deshielo

Tus pies de vainilla me dejan helado
tus besos de fresa incendian mi ser
quiero saber a qué sabe tu sed
quiero morir
bebiendo tus labios

El cielo explota, el tiempo se agota
dos pasos más y nos habremos cruzado
tu lengua se esconde y se vuelve a mostrar
tan fría
empiezo a rezar

Tus ojos se posan en mí y me miras
si ahora sonríes estoy acabado
seré tuyo por siempre
espero ese instante impaciente
como el que espera al tren tumbado en la vía


sábado, 9 de junio de 2018

Virginia, 1781

La niebla en el Potomac es tan densa que al barco le cuesta avanzar río arriba. Se engancha al casco y lo frena, como si fuera una rémora. No importa: nadie tiene prisa por llegar. En cubierta se respira silencio. A lo lejos, ruidos de guerra. Alguien contiene un estornudo. Entre dientes, alguien reza.

No llueve, pero como si lo hiciera. La humedad pega la ropa a unos cuerpos delgados, marcando las costillas de los hombres como si las llevaran por fuera. Hay quien dice que así es. Que dentro no hay espacio para ellas. Que en su pecho sólo cabe un corazón que se niega a latir al ritmo que marca Inglaterra. Pero la mayoría dice que las llevan así, a la vista, para que el doctor sepa dónde hacer la incisión cuando llegue el momento. 

Porque el momento llegará. Una bala acabará por perforarles la piel tarde o temprano. Les astillará los huesos y hará manar la sangre. Serán uno con la tierra mucho antes de que acabe la guerra. Todo el que va en ese barco lo sabe. Por eso rezan más ahora que la niebla es menos densa.

Es una niebla más familiar, esa que apenas los oculta ya. Huele a pólvora y a calma tensa. En cubierta se agachan. Se parapetan. Preparan los mosquetes. Tienen lista la bandera.

Y antes de luchar la miran. Si han de morir, morirán por ella. Por lo que representa. Por las trece colonias. Por las trece estrellas. Por la gente, no por la tierra. Por sus hijos. Por América. 

sábado, 7 de abril de 2018

Aleph Dynamics

El Doctor Li miraba por la ventana de su despacho en la sede de Aleph Dynamics en la ciudad portuaria de An, cuando la valla holográfica del otro lado de la calle empezó a parpadear, iluminando con tonos neón su rostro pensativo.
«Llega el futuro. Llegan los Émulos», se pudo leer de forma intermitente durante unos segundos antes de que el cartel se apagara definitivamente. Proyectados en la lluvia, los cuerpos desnudos de los Émulos se volvieron casi tangibles antes de extinguirse para siempre.
AD llevaba años desarrollando los Émulos: androides orgánicos dotados de una inteligencia artificial humanoide. Dos tecnologías que la Federación siempre había sido reticente a unir. Motivos éticos, alegaban. Temían que la salida al mercado de androides indistinguibles de los humanos pudiera abrir de nuevo las puertas a la esclavitud. Como si los androides actuales no fueran ya esclavos. Lo que no querían en la Federación era que sus robots sexuales pudieran quejarse.
Un carraspeo desde la puerta sacó al Doctor Li de su ensimismamiento.
-Doctor, es hora de irse.
El Doctor Li asintió con la cabeza y salió del despacho desde donde había dirigido Aleph Dynamics An durante la última década. Siguió a su ayudante por los pasillos vacíos del edificio. Como director, sentía la necesidad de ser el último en abandonar AD.
-¿Han incinerado ya a los Émulos v5?
-Todavía no -contestó su ayudante-. La lanzadera saldrá en cinco minutos.
-Quiero ver el despegue.
Su ayudante no puso pegas. Bajaron hasta el hangar de almacenaje. La lanzadera no tripulada flotaba medio metro sobre el suelo. Calentaba motores, preparándose para el despegue, cargada con los cuerpos de un centenar de v5. Una vez saliera de la atmósfera, saltaría directa al Sol, y los Émulos v5 desaparecerían sin jamás haber tenido la oportunidad de vivir.
No era justo que los E v5 pagaran tan alto precio por culpa de los v4. Fueron ellos quienes escaparon de su hábitat e irrumpieron en el edificio. Ellos atacaron a los científicos. También la Federación tenía parte de culpa. No les había temblado el pulso para cerrar Aleph Dynamics An en cuanto se produjo el primer incidente con pérdida de vidas humanas.
Aunque el principal responsable era el propio Doctor Li. Los Émulos eran sus criaturas. Él les daba la vida y él se la quitaba, sustituyendo las distintas iteraciones por versiones mejoradas, cada vez más humanas. Maravillosamente imperfectos.
Sí. No era justo que los v5 murieran así.
El zumbido de los motores creció hasta hacerse insoportable. El polvo empezó a levantarse, formando remolinos. El Doctor Li vio cómo su ayudante se protegía los ojos con el brazo. Fue entonces cuando aprovechó para correr hacia la lanzadera.
El Doctor Li accionó el botón de apertura de la cabina y saltó a su interior. La cerró a tiempo de evitar que su ayudante lo sujetara por el brazo y lo obligara a bajar.
-¿¡Está loco!? ¿¡Piensa morir por unos androides!? -gritó su ayudante, apenas haciéndose oír por encima del ruido de los motores, antes de correr a refugiarse ante el despegue inminente de la nave.
-No son unos androides -dijo el Doctor Li para sí mismo-. Son mis androides.
Además, no tenía ninguna intención de hundirse con sus v5 en el Sol.
Los motores empezaron a temblar. Al instante, la aceleración vertical pegó al Doctor Li al asiento. Se concentró en no perder el conocimiento. Tenía que reprogramar la trayectoria de la lanzadera antes de que saliera de la atmósfera.
Necesitaba desviar la nave a algún sitio seguro. A algún planeta extra-galáctico sin vida inteligente de clase A y con una atmósfera respirable para sus Émulos. Introdujo los criterios de búsqueda en la computadora y obtuvo un resultado dentro del rango de salto de la lanzadera. 
PR-843772 era un planeta rocoso con aproximadamente el 70% de su superficie cubierta de agua. Estaba en uno de los brazos de una galaxia espiral, orbitando alrededor de una estrella tipo-G. Tendría que valer. Introdujo las nuevas coordenadas un segundo antes de que se produjera el salto.
La lanzadera se desvaneció en el espacio. Se materializó a dos decenas de ERA’s de allí, dentro del campo gravitatorio de PR-843772.
La nave se precipitó hacia el planeta. El Doctor Li fue al compartimento de carga e inició el protocolo de activación de los v5. Volvió a la cabina para encargarse de la maniobra de aterrizaje. Fueron a parar a un terreno yermo.
El Doctor Li sabía que tenía el tiempo justo para descargar a los v5 antes de que la Federación se diera cuenta del desvío de la lanzadera y activara la baliza de localización. Pero antes necesitaba explicarles a sus Émulos qué hacían allí.
En la cabina no había ningún dispositivo de grabación. Tampoco ningún medio de escritura. Al Doctor Li sólo se le ocurrió una solución: se quitó la bata blanca, se hizo un corte en el dedo y usó su sangre a modo de tinta para escribir el mensaje.
Al acabar, depositó al centenar de Émulos en el suelo pedregoso y lanzó su bata ensangrentada sobre ellos. Cerró las compuertas de la lanzadera, se alejó a una distancia prudencial para realizar el despegue y abandonó el planeta de los Émulos.
Cuando estuvo lo bastante lejos se permitió detener la lanzadera y echar la vista atrás. Se preguntó si los v5 ya se habrían despertado y estarían ahora leyendo su mensaje. Esperaba que entendieran que la culpa no era suya, sino de los E v4, auténticos humanos salidos de las entrañas de AD An en vez de nacidos del útero materno. Y como humanos habían errado. Habían entrado donde tenían prohibido entrar y ahora eran los v5 quienes sufrirían la condena eterna del destierro.
Pero él confiaba en sus Émulos. Los visitaría en cuanto pudiera. Y si él no podía, lo haría su hijo. En cualquier caso estaría pendiente de ellos. 
Sí. El Doctor Li seguiría de cerca ese planeta azul desde los cielos. 

domingo, 25 de febrero de 2018

Tu nombre

Tu nombre sólo existe en mi boca
sólo yo lo digo como lo hay que decir
como si quemara, porque quema
como si doliera desprenderse de él
como si cada vez que lo pronunciara
fuera a ser la última vez

Mi lengua lo toca y lo acuna
lo templa mi aliento y quiere salir
lo quiero gritar a los cuatro vientos
y a otros doscientos que invento por ti

Pero es verte y me callo, lo guardo muy dentro
y otros nombres guardados lo miran pasar
se esconden y tiemblan de miedo
porque tu nombre es distinto a ellos
tu nombre retumba en mi pecho
se expande y me hace flotar

Tu nombre sólo existe en mi boca
y no lo escondo por miedo
lo guardo tan dentro porque quiero
que seas tú quien lo venga a buscar

















Musaraña

Hay un camino que corre junto al río, 
entre árboles, siempre bajando. 
Hay espuma de colores
y hay un pájaro en mano. 

Hay ranitas a montones, 
marrones por el barro en que se bañan, 
tan suaves. 

Hay molinos donde el tiempo 
se detiene por momentos,
entre musgo y tejas rotas, 
piedras flojas y maderas sin pisar. 

Hay un árbol al que un rayo 
ha querido hacerle un hueco. 
Dentro hay setas. 

Y al final del camino hay una laguna. 
Allí te bañas desnuda,
temblando de frío, erizada la piel. 
Tan bella.

Y crujen las ramitas secas bajo mis pies.
Croan las ranitas huecas y cuando me ves
el tiempo se para.

Te agachas y salpicas,
la nariz bajo el agua. 
Una sonrisa mojada 
y te pones de pie. 

Pequeño bichejo, me dices,
patitas de ardilla. 
Cotilla. 

¿Me espías? ¿Te fijas en mí? 
Pues quiero que sepas 
que últimamente 
sólo pienso en ti.  

viernes, 27 de octubre de 2017

Palabras

El niño entró corriendo en casa, empapado y muerto de risa. Muerto de miedo. La tormenta lo había cogido por sorpresa mientras jugaba a la guerra en el jardín. Él era el comandante de las tropas francesas y las dirigía con decisión a través de los bosques y las colinas de las Ardenas. Cometía algún que otro error y perdía a algún que otro hombre aquí y allá, pero bastante bien lo hacía para ser un niño de siete años. Cualquier despiste se le perdonaba, tan mono era. ¡Ja! Lo que no sabían los franceses era que ese comandante al que habían elegido era en realidad un infiltrado inglés, entrenado desde la cuna para destrozar al ejército galo desde dentro. Y estaba funcionando hasta que cayeron las primeras gotas. Hasta que el primer rayo rompió el gris del cielo y el primer trueno tornó el silencio en esa risa nerviosa del niño.

Ahora temblaba de frío. Se quitó las botas manchadas de barro y se envolvió en una mullida toalla de playa. Era roja. Lo habían herido. Qué mala pata. Se arrastró por el pasillo, siempre pegado a la pared por si perdía el equilibrio. Seguro que algo lo había delatado allí fuera. ¿Sería la forma en la que siempre evitaba hablar para que su acento de Southampton no resultara evidente? Siempre decía a todo que oui. ¿Pues sabes qué? Ahora les iba a decir a todos esos franceses que non, mes amis, arrêter, beaucoup de fille, une hache, rimes qui se perdent dans la traduction. Y a ver qué pasaba. A ver cómo actuaban ahora que él los había abandonado. Porque estaba claro que no tenía pensado volver a salir ahí. ¿Con esa tormenta? Vamos. Con lo bien que se estaba ahí dentro, envuelto en su toalla de playa, sentado en la butaca de papá, con la chimenea apagada porque mamá no le dejaba hacer fuego, leyendo su libro favorito: el diccionario.

Al niño le encantaba el diccionario porque estaba lleno de palabras. Amaba las palabras. Las amaba tanto que le daba igual lo que otra gente dijera de ellas. Por eso nunca leía las definiciones. No. El niño miraba fijamente la palabra y dejaba que fuera ella quien le contara su historia.

Abrió el diccionario al azar. Tenía tiempo para una sola palabra antes de irse a la ducha. Para una sola historia antes de que el frío se le metiera dentro. Con los ojos cerrados paseó un dedo por la hoja. Los abrió y leyó:

Etéreo

Como el brillo de una copa de vino vacía en una sobremesa. Como el aire tibio que se cuela por debajo de un vestido una noche de verano. Como no tener prisa y pasear volviendo del trabajo. Como un abrazo. Como el perro que se agacha justo antes de salir disparado a recibirte, lengua fuera, pelo al viento. Como un aplauso en el que acaban doliendo las manos. Como llorar de alegría. Como rodar cuesta abajo, siendo niña, jugando. Como comer en familia.