Welcome!

Violators will be prosecuted. Enjoy!

viernes, 10 de enero de 2014

Toc, toc.

-Hola, ¿está...?
-No. 
-Pero...
-Aquí no hay nadie. 

El portazo a punto estuvo de aplastarle la nariz si no llega a ser por sus reflejos felinos. ¿Qué coño acababa de pasar? Se acercó de nuevo a la puerta. Esta vez no llamó al timbre. Se dedicó a aporrear la madera hasta que el hombre del otro lado decidió volver a abrir. 

-Qué -dijo secamente. 
-Sólo quería saber si...
-No. 
-Pero...
-No. 
-Pero...
-Mira, muchacho, si le digo que no es que no. 
-Pero...
-No. 
-Pero...
-Qué -volvió a decir secamente. 
-Es que ni siquiera...
-No. 
-Pero...
-No. 
-¡Ahhhhhhhhhhh! 

Se lanzó como un loco hacia la puerta entreabierta, golpeándola con el hombro. Esta a su vez impactó en el hombre, derribándolo. Él se quedó de pie, respirando entrecortadamente. Desprendía furia por cada uno de sus poros, incluso por los que quedaban ocultos por la ropa que llevaba, que eran muchos. 

-¡Maldito hijo de puta, déjame acabar de hacerte la pregunta antes de...!
-No. 

Eso fue demasiado para él. Apretó tanto los puños que los dedos le atravesaron la palma y le salieron por el dorso de la mano. Gritó desesperado hasta que todos los cristales de la casa explotaron al unísono. Apretó entonces los dientes y estos se deshicieron como un terrón de azúcar. La primera patada impactó en la cabeza del hombre que no se había movido del suelo y se la arrancó de cuajo. La segunda le hundió la caja torácica. Estuvo dos minutos así, hasta que no quedó nada sólido que golpear. 

Exhausto, se acercó a la mesa del salón. Sobre ella vio una carpeta marrón. La abrió como buenamente pudo con sus destrozadas manos, llenando todo de sangre. Vio su foto encabezando un informe psicológico. Así que aquel hombre debía ser el Doctor Comosellame, pensó. ¿Por qué coño no se lo había dicho? ¿Por qué le había interrumpido constantemente? Leyó por encima la primera de las páginas. 

-"Carácter violento" mis cojones -dijo antes de abandonar la casa, limpiándose los zapatos ensangrentados en el felpudo. 

viernes, 6 de diciembre de 2013

Caminos de papel (VI)


5
“El fin del viejo mundo”, de F.R. Dobs y “El bravo Johnson”, de D. Okele

   -Érase una vez... ¿Sabes qué?
   -¿Qué?
   -Te lo voy a contar como me lo contaron a mí cuando era pequeño: ¡Con marionetas! Vamos ahí, a ese pequeño claro -y fueron allí, a ese pequeño claro.
   -¿De dónde vas a sacar las marionetas? -dijo Edja, sentada ya en el salvaje césped. 
   Ehl fue de aquí para allá, recogiendo pequeñas ramas y otros utensilios. En menos de treinta y siete minutos lo tenía todo preparado. El claro sería el escenario, no había necesidad de construir ninguna estructura. Inertes yacían dos marionetas anatómicamente asimilables a un humano (a dos, para ser exactos), junto con un montón de monigotes más pequeños y más toscos, sin articulaciones ni proporciones realistas. Ehl carraspeó teatralmente, reclamando innecesariamente la atención del público, compuesto por Edja en el patio de butacas y unas elitistas ardillas en los palcos.
   -Señores y señoras, lo que están a punto de ver es una reinterpretación de dos de las obras de teatro más influyentes en el conocimiento sobre historia antigua que posee mi cerebro, y por ende, mi propio ser. Bajo mi dirección, “El fin del viejo mundo” y “El bravo Johnson” pasarán a ser una única obra. Es la primera vez que alguien se atreve a realizar tal proeza. Ya veremos si el resultado es satisfactorio. Sin más dilación...

PRIMER ACTO
Interior. (En este caso exterior, porque estamos en medio de un bosque). Una pareja está sentada en el salón de su casa. Se oyen extraños ruidos procedentes del exterior (De más el exterior, de fuera del claro, supongamos):

Hombre: ¿Qué serán esos extraños ruidos procedentes del exterior?
Mujer (levantándose y acercándose a la ventana): Parece que hay unos disturbios ocurriendo en la calle.
Hombre: Será mejor que salgamos para cerciorarnos de que ello es cierto.

La pareja abandona el escenario y regresa al momento. Un cartel indica una elipsis temporal.
Mujer (Con cara de sentirse mal): No me siento demasiado bien...
Hombre: ¿Estás sangrando? Porque si es así ya sabes que no quiero saber nada, mujer.
Mujer: No, no es mi periodo. He debido coger un resfriado cuando aquel lunático me mordió en el brazo.

La mujer se desmaya y comienza a convulsionar, retorciéndose como una condenada (todo lo que este humilde monigote permite). Se levanta.
Mujer (Gruñendo): Uhnmññ (eso sería el gruñido)

El hombre, sentado en el sofá, no se da cuenta de lo que pasa hasta que es demasiado tarde. La mujer le muerde en la rodilla (Uy, vaya, se suponía que era en la rodilla. Es difícil manejar estas figuras hechas por mis inexpertas manos. Perdón si ha resultado grosero). Los dos gruñen y salen al exterior.
FIN DEL PRIMER ACTO.

Todo el bosque estalló en aplausos durante sus buenos diez segundos. Edja estaba boquiabierta.
   -Wow.
   -Lo sé.
   -¡Más!
   -Después.



Caminos de papel (V)

4
Introducción al fin del mundo

Ehl, Edja y Andson se pusieron de nuevo en marcha. El camino se metió en un bosque y a ellos no les quedó más remedio que imitarle.
    -¿Te he contado alguna vez cómo conseguí el triciclo? -preguntó Ehl.
    -Sí -respondió Edja-. De hecho es lo único que me has contado, y tampoco es que fuera una gran historia. Lo encontraste y punto. ¿Cómo te llamas en realidad?
     -¿Cómo que cómo me llamo? Me llamo Ehl -respondió Ehl, ofendido. Falsamente ofendido.
    -No. ¡Mientes! -gritó Edja, acusándole con un dedo apuntando a su cara. La sonrisa en su pálido rostro suavizaba sumamente el tono-. Ehl no es un nombre de verdad.
     -Ah, ¿y Edja sí?
     -Es un diminutivo.
     -¿De qué? ¿De Edjadiel? 
     -Pues sí -respondió secamente Edjadiel.
     -Ah... es bonito.
   -Claro que es bonito. Y además es real, no como otros nombres. Venga, dime como te llamas. ¿Me lo vas a decir?
    -Puede, pero aún no.
    -¿Por qué?
    -Porque no es el momento.
    -¿Hay un momento para decírmelo?
   -No lo sé, supongo. Hay un momento para todo, ¿no? ¿Por qué lo quieres saber, de todas formas?
  Edja se encogió de hombros, en un gesto que seguía significando indiferencia o desconocimiento. Puede que el uso del lenguaje escrito se hubiera perdido, pero el corporal seguía vigente y accesible a todo el mundo.
    -¿A dónde estamos yendo? -preguntó Edja tras un rato de silencioso avance entre los altos árboles plagados de ardillas.  
     -Me alegro de que me hagas esa pregunta.
     -¿Por qué te alegras?
     -Porque así te puedo contar el propósito de esta aventura.
     -Oh, ¿qué aventura?
   -Me alegro más aún de que me hagas esa otra pregunta. Érase una vez... ¿Por dónde quieres que empiece?
     -Por el principio, ¿no? ¿A qué te refieres?
     -¿Qué sabes?
     -¿De qué?
     -De historia.
     -Ah... ¿Del viejo mundo?
     -Sí, bueno, del fin del viejo mundo, más bien. 
   Edja puso su cara de pensar, arrugando ligeramente su naricita y emitiendo un suave “uhmm”.
     -No mucho...
    -Vale, no pasa nada. Empezaré por ahí entonces -Edja asintió. Tenía los ojos fijos en Ehl. Los de Ehl apuntaban hacia el camino. No quería tropezar y caerse-. Érase una vez...

lunes, 2 de diciembre de 2013

Caminos de papel (IV)

3
La eterna lucha entre el hombre y el manzano, entre otras cosas

Los tres seguían por el camino: Edja, Ehl y Andson. No se habían cruzado con nadie en toda la mañana. Era lo habitual en los tiempos que corrían. Decidieron parar para descansar junto a un riachuelo que se había estado acercando al camino en los últimos metros. Ehl ayudó a Edja a bajar de Andson y la llevó en brazos hasta el agua. Pesaba poco, menos que un caballo. La depositó en el suelo. Edja metió los pies en el agua. Ehl se acordó de que tenía que comer.
     Al otro lado del río un manzano observaba al extraño trío que acababa de llegar. Vio como el hombre fijaba sus ojos en él y una sonrisa aparecía en su rostro. Oh no, pensó el manzano. Intentó mover con todas sus fuerzas sus raíces fuertemente enterradas para huir del hombre que ya estaba cruzando el riachuelo frotándose las manos ante el festín que le esperaba entre sus ramas. Durante un momento pensó que lo iba a lograr. Se vio a sí mismo levantando elegantemente unos gigantescos pies hechos de madera de la tierra y corriendo como había visto correr a numerosos animales en sus cerca de noventa años de vida. Pero no pasó nada. Por dios, que estamos hablando de un árbol... Su único movimiento fue el que producía el hombre al ir cogiendo las manzanas de sus ramas. Y el viento, que en ese momento comenzaba a soplar con más fuerza.
     Ehl cruzó el río de nuevo. Le dio un par de manzanas a Edja. Él estaba comiendo una sin necesidad de usar las manos, que estaban ocupadas en hacer malabares con cuatro manzanas más. Luego con tres. Dos. Más malabares con una única manzana. Después ninguna. Se sentó al lado de Edja con las manos vacías y el estómago lleno. Se fijó en los pies desnudos de ella.
    -¿Cómo te torciste el tobillo? -preguntó Ehl.
    -Pisé mal.
    -¿Cómo de mal?
    -Fatal.
    -Vas descalza.
    -Ya lo sé.
    -¿Ibas descalza cuando pisaste fatal?
    -No.
    -¿Te duele mucho? -preguntó Ehl. Edja se miró el tobillo.

Edja se miró el tobillo. Lo tenía bastante hinchado. Corriendo por el bosque, con el corazón a mil por hora y la adrenalina disparada, apenas había notado dolor. Pero ahora, tras unos minutos descansando sentada contra ese árbol al borde del camino, se dio cuenta de lo mucho que le dolía. Quizá lo tuviera roto, pero lo importante es que estaba a salvo, al menos de momento, pero necesitaba largarse de ahí. Cuanto antes. Lo más lejos posible. A pie no lo iba a lograr. Se imaginó siendo rescatada por un príncipe azul a lomos de un caballo blanco, como en las historias que le contaba su abuela. Se río de su ingenuidad. Y sin embargo ocurrió. No era exactamente un príncipe. Y desde luego eso no era un caballo. Era un hombre a lomos de un triciclo. Gritó.

Gritó. Gritó mientras corría. Gritó cuando se torció el tobillo, perdiendo un zapato. Gritó al caer y sentir el peso del hombre sobre su cuerpo. Gritó al verse inmóvil, indefensa. Gritó al notar el aliento a alcohol de una boca de dientes amarillos en su boca de dientes blancos y asustados. Gritó cuando el hombre le levantaba el vestido con una mano. Gritó, esforzándose por cerrar las piernas y estirando el brazo libre, barriendo el suelo. Gritó cuando no pudo más y sus piernas cedieron. Gritó cuando su mano chocó contra algo. Gritó una última vez. Cuando le hundió el cráneo con la piedra ya no gritaba. No gritó diez, once, doce veces.


     -Podría ser peor -dijo Edja, antes de darle un mordisco a la manzana que le había dado su príncipe azul. 

sábado, 30 de noviembre de 2013

Caminos de papel (III)


2
La enternecedora historia de Andson, el triciclo

   -¿Por qué un triciclo?
   Ella se llamaba Edja. Él le dijo que podía llamarle Ehl.
   -¿Por qué un triciclo? -repitió Edja.
   -Porque en una bicicleta sería más incómodo llevarte.
   Ehl iba caminando y empujaba el triciclo apoyando una de sus dos manos en el respaldo del asiento. Sobre éste estaba Edja. Sobre Edja no había nada ni nadie, salvo el cielo.
  La otra mano de Ehl estaba metida en su bolsillo, hasta que la sacó e hizo con ella un movimiento que se podría interpretar como una ventana al pasado.

Soy antiguo. Muy antiguo. Nací en el viejo mundo. Fue el mío un parto natural. Ensamblado a mano por un sólo hombre, el mismo que creó cada parte de mí, desde el manillar hasta las ruedas, que fueron tres. ¡Tres! ¡Cómo me envidiaban mis hermanas! Había una apoyada contra la pared. De unos ganchos del techo colgaban dos más. Y supe más tarde que tras la puerta gris del fondo se encontraban hacinadas al menos una docena de ellas. Mientras tanto yo descansaba en mitad de la habitación, estable como un taburete. Papá me empujaba a veces para que no le molestara mientras hacía más hermanitas o arreglaba a las estropeadas. Ahí dentro fui feliz.

    -Me imagino que no habrás pagado por él, ¿verdad?
   -¿Insinúas que me lo regalaron? -preguntó Ehl mientras hacía uso de la sonrisa con la que todos nacemos.
   -No sé. ¿Te lo regalaron?
  -No, pero tampoco lo robé. Lo cogí prestado. En serio -añadió ante la mirada de Edja-. Tengo intención de devolverlo.
   -¿De quién era?
   -De quién es -le corrigió Ehl.

Mi padre me vendió un día a una persona pequeña. No sé si a vosotros os han vendido vuestros padres alguna vez, supongo que sí, así que os podréis imaginar lo mal que me sentí en ese momento. Esa persona, que resultó ser un niño, se subió encima de mí y apoyó sus pies en mis pedales. Al principio no sabía que pasaba, hasta que sentí un empujón. Luego otro. Y otro. Y supe lo que era la velocidad. ¡Oh, sí! Salí de casa y entré en el mundo exterior. El viento me recibió con su frío abrazo y a mí me dio igual. Me deshice de él para seguir avanzando. Siempre en línea recta, pedalada a pedalada. Y de pronto, un tirón del manillar y estoy girando. ¡Oh! Y giro, y avanzo, y freno, y sigo girando, y mis ruedas resbalan sobre la gravilla haciendo que pierda el control y me encanta... Ahí fuera fui feliz.

   -Lo encontré en Olton. ¿Conoces Olton? -Edja asintió-. Estuve allí anoche, creo. Todavía no he dormido. No sé cuándo es hoy y cuándo ayer.
   -Ahora es hoy.
   -Gracias.
   -¿De quién es?
   -Estaba en el sótano de una casa derruida.
   -Entonces no es de nadie -dedujo Edja.

Mi niño creció. Se hizo más alto y más pesado. Pero yo también crecí. Volví a ver a mi padre y me hizo más grande y más robusto. Le perdoné que me hubiese vendido de pequeño. Al acabar me hizo un regalo: un timbre. Lo acarició e hizo tilín. Pude ver a mis hermanas. Las vi en casa y me compadecí de ellas, de su falta de equilibrio. Las vi fuera y me quedé maravillado. ¡Cómo se movían! ¡Cuánta agilidad! Yo pensaba que sabía lo que era la velocidad. Cuan equivocado estaba. Las vi adelantarme como si yo fuera una piedra y ellas fueran yo. Me asusté la primera vez que vi a una perder el equilibrio e inclinarse, pero no se cayó. Giró. Entendí entonces que su inestabilidad en casa se debía a que no habían nacido para estar quietas. Ellas eran hijas de mi padre, como yo, pero también del movimiento. Cuando papá murió una parte de todos nosotros se fue con él. Ellas seguían teniendo al movimiento, yo lo perdí todo. Mi niño se olvidó de mí. No le guardo rencor. ¿Quién va a querer montar en un triciclo huérfano? Ahí abajo fui triste.

   -No es de nadie -le confirmó Ehl.
   -Entonces, ¿a quién se lo vas a devolver?
   -A quién quiera moverse con él.

Andson. Así me llamó el joven que me rescató tras limpiarme el polvo acumulado durante no-sé-ni-quiero-saber cuánto tiempo. Mis arrugadas ruedas volvieron a respirar y recuperaron la forma. Hizo crujir mi entumecido manillar hasta que perdió la rigidez y mi rueda delantera pudo bailar de nuevo, orgullosa, desafiante, riéndose de las traseras como siempre había hecho. Sentí de nuevo peso sobre mi asiento y unos pies sobre mis pedales. La tensión aumentó hasta que se hizo incontenible. Y entonces volví a nacer.
   Yo también soy hijo del movimiento. Lo olvidé y por eso me olvidaron. Pero ahora estoy aquí otra vez. Siempre hacia delante. Rompiendo el abrazo del viento. En el camino soy feliz.


jueves, 28 de noviembre de 2013

Caminos de papel (II)

1
Chico conoce a ardillas, luego a chica

Hacía dos horas que había partido sin mirar atrás. El polvo del camino apenas se levantaba a su paso debido a la insultantemente baja velocidad a la que sus piernas conseguían impulsar el vehículo de casi cuatro ruedas en el que viajaba cómodamente sentado.
     Alrededor de su cuerpo, envolviéndolo, llevaba: un pantalón vaquero bastante gastado; una camiseta que en su día fue blanca y que para él seguía siéndolo, pero que habría que ver qué pensaría de ella una mujer; dos calcetines casi iguales, cada uno en uno de sus pies, y que no dejaban asomar prácticamente ningún dedo; calzado deportivo en un estado sorprendentemente aceptable; calzoncillos, de estos que parecen pantalones cortos, sueltos, a cuadros. Nada más, nada menos. Y gafas de sol, pero eso en la cara.
     Él estaba compuesto de: dos brazos, que partían de sus hombros, que eran dos también, y se extendían hasta las manos, las cuales estaban apoyadas en el manillar del triciclo; un par de sudorosas y cansadas piernas que se alternaban para empujar los pedales situados a ambos lados de la rueda delantera; un tronco, con su caja torácica, su abdomen y una espalda al otro lado; y sobre el cuello estaba la cabeza, casi toda ella cubierta de pelo.
     No llevaba nada en sus bolsillos. No tenía tampoco ninguna mochila, maleta, bolsa, saco, hatillo, caja, cesta, riñonera, bolso, baúl, arcón, contenedor, frasco o cualquier otro tipo de recipiente en el que guardar objetos personales o pertenencias. No necesitaba nada.
     Pedaleó hasta que el sol se puso, y entonces siguió pedaleando. No tenía sueño. Se había levantado hacía sólo unas horas. Su cuerpo le pidió un par de paradas técnicas en toda la noche y él obedeció. El amanecer le pilló pedaleando. Tras once horas había recorrido toda una distancia. No tenía mapa ni forma alguna de llevar la cuenta de los kilómetros. De pronto no pasó nada, pero minutos después... 
      -¡Eh! -gritó alguien.
     Levantó los pies de los pedales y el triciclo se detuvo en apenas dos segundos. No tenía frenos ni falta que hacía. Buscó con sus ojos quién había gritado así y encontró una ardilla al borde del camino.
      -Vaya, señora ardilla, sí que tiene una voz potente para ser tan pequeñita.
     -¡Eh! -repitió la ardilla, más alto y más fuerte que antes. No, espera, eso es lo mismo. Más alto y durante más tiempo. Fue un... -¡Ehhhhh!
      -La ardilla salió corriendo -narró él.
     Cuando el grito sonó una tercera vez se dio cuenta de que no había sido la ardilla quien lo había emitido, por supuesto. Buscó y buscó girando su cabeza y su cuerpo en todas direcciones hasta que por fin encontró, esta vez sí, a la damisela que reclamaba su atención.        Allí estaba, subida a un árbol: era otra ardilla.
   -¿Por qué gritas, ardilla? ¿Necesitas ayuda para bajar de ahí? -preguntó gesticulando innecesariamente con las manos.
   -¿Pero qué coño te pasa? Deja de hablar con las ardillas. Estoy aquí -dijo visiblemente enfadada una muchacha.
   Estaba a un lado del camino, sentada en el suelo, con la espalda apoyada en un árbol. No era el mismo al que estaba subida la segunda de las ardillas, aunque en una de sus ramas había también uno de esos simpáticos animales.
    -No había visto tantas ardillas juntas en mi vida... -comentó, más para él que para las propias ardillas. Se fijó en la chica.
      Empezó por sus clavículas, que quedaban a la vista gracias al generoso escote del vestido que llevaba. Su piel clara se le ceñía al cuerpo como un guante. Tenía una cara dominada por dos enormes ojos del color del que están hechos los sueños: tirando a verdosos. El pelo, largo y ondulado, descendía desde su cabeza y acariciaba sus hombros hasta detenerse a la altura de algún punto de su espalda, sin perder nunca el color castaño. Sus piernas... ¡Dios mío! ¡No tenía piernas! Ah, sí, sí tenía. Lo que pasa es que estaba sentada con ellas cruzadas y el vestido se las tapaba. Volvió a subir la vista, recorriendo su cuerpo por la línea que iba desde su ombligo hasta su nariz, y la detuvo en sus labios. Unos labios carnosos que se abrían y cerraban dejando entrever unos dientes blancos como lo había sido su camiseta el día que la había comprado. Supuso que lo que estaba pasando era que ella estaba hablando, así que decidió escuchar.
     -¿Cómo te llamas? -fue lo que dijo ella.
     -No me acuerdo -respondió él tras unos segundos.
     Ella le miró, entrecerrando un poco sus gigantescos ojos.
     -¿No te acuerdas o no me lo quieres decir?
     -¿Qué diferencia hay?
     -Bueno, si no te acuerdas seguramente tengas dañada la parte del cerebro que se encarga de la memoria. Probablemente alguna otra también, porque ya me dirás a que venía todo eso de hablar con las ardillas.
   -Hay gente que le habla a sus perros. O a sus bebés. No es tan raro. Y por lo de mi nombre... Digamos que no me quiero acordar.
   -¿Cómo he de llamarte entonces?
   -¿Para qué quieres hacerlo?
   -Porque quiero pedirte un favor y estaría bien saber tu nombre. Necesito que me lleves en tu triciclo -añadió ella. De pronto, sonrió-. Nunca pensé que fuera a decir esa frase en mi vida.
   -¿Llevarte a dónde?
   -A donde sea...
   Su rostro se ensombreció y su mirada se apagó. Fue sólo un instante, pero él se dio cuenta. Se fijó entonces en sus ojeras, en su pelo alborotado, en su cuerpo cubierto en sudor y su vestido manchado de tierra.
   -Sube -dijo abandonando el triciclo y ofreciéndole con un gesto de la mano el asiento, ahora vacío. 

Caminos de papel (I)

Prólogo


El sol en su espalda, el viento en su cara, dejando que su sombra le guíe hacia la noche. Es temido y amado. Despreciado y respetado. Es hombre y es leyenda. Se sabe dueño de su propio destino. Es libre. La clase de libertad que sólo consigue un hombre a lomos de su triciclo.