No es
la forma habitual de usar un coche que viaja en el tiempo, pero qué
le vamos a hacer si es lo que queremos. No salir de él, que el
tiempo no pase dentro, nunca ver amanecer. Que las noches duren años.
Hablar viendo dinosaurios. Quizás quedarnos un mes en el pasado,
donde fuiste feliz. Y luego
volver a vivir. Y ante todo nunca visitar el futuro. Lleguemos a él
caminando.
Welcome!
Violators will be prosecuted. Enjoy!
viernes, 27 de octubre de 2017
Procrastinar
Te juro que es así cómo pasó. Que Dios no descansó al séptimo
día. Qué va. Fue el cuarto cuando se levantó sin ganas de
trabajar, habiendo hecho ya la Tierra y el Cielo, separado la luz de las
tinieblas, creado los mares y puesto en órbita el Sol. Había
también creado la hierba para poder tumbarse en el suelo sin
llenarse la túnica de tierra. Y, creado el Sol y la luz, creó también los árboles para tener algo de sombra. Bajo un manzano descansaba
Dios ese cuarto día. Y descansaba porque su obra le había quedado
bastante bonita, la verdad. Incluso había creado las estrellas a
modo de pasatiempo para las noches en las que no pudiera dormir. Así
tendría algo que contar hasta que le entrara el sueño.
Entonces a Dios le entró el hambre. Creó en ese momento la
gravedad, y con ella las cuatro leyes de Newton. A saber: la de la inercia, la fundamental de la dinámica, la de acción-reacción y la de que la manzana no cae lejos
del árbol. Se aseguró de incluir esa última más que nada para no tener que levantarse e ir a
buscar la manzana colina abajo. No contaba con las implicaciones metafórico-hereditarias que conllevarían esa cuarta ley. En todo caso, alargó la mano y cogió la manzana. Le dio un
mordisco. Escupió.
Dios miró a un lado y a otro, subrepticiamente, y
con ello inventó también la pedantería. Quería
asegurarse que nadie lo veía. Qué cabeza la suya: ¿quién lo iba a
ver, si él era el único ser con ojos de todo el universo?
Sabiéndose a solas, se deshizo de la asquerosa manzana lanzándola
lo más lejos posible, que para un ser omnipotente es bastante
lejos, sí.
Sin tiempo que perder, el quinto día creó a toda prisa los peces
para así tener algo que comer. Cometió el error de poner un cero de
más a la derecha de la coma, convirtiendo así los huesos en finas y
afiladas espinas. Hizo también a todo correr a los animales. Hay ahí
también hilarantes contradicciones, como que el enfrentamiento en
carrera entre una liebre y una tortuga siempre caiga del lado de la
tortuga. Todo por no fijarse en qué columna marcaba con una equis.
Acariciaba Dios una ardilla entre sus manos el séptimo día cuando
el bichejo salió despedido por no sabe Dios qué fuerza
sobrenatural. Planeó por el aire y cayó veinte metros más allá.
Creó Dios entonces las distancias, claro, y sintió la necesidad de
tener alguien a quién contarle lo que acababa de pasar. De un palo
hizo al hombre y con él jugaron a lanzarse la ardilla. Cuando se
cansó creó a la mujer para que el hombre le dejara un poco en paz.
Esa noche, la mujer le preguntó a Dios.
-¿Qué es eso de ahí, en el cielo?
-Las estrellas -dijo Dios.
-No, esa bola a la que le falta un cacho. Parece uno de los frutos de
ese árbol.
-Eh... -dijo Dios, tremendamente nervioso-. No, mujer -rió-. No seas
tonta. ¿Qué va a ser eso una manzana a la que alguien le haya dado
un mordisco y haya querido deshacerse de ella? Eso es la... Es una... Uhmm...
Es la Luna. Eso es lo que es, sí. La Luna.
-Ya -dijo la mujer, poco convencida-. ¿Podemos comer entonces de ese
árbol?
-Claro, claro.
-¿Y no nos pasará nada?
Dios negó con la cabeza, apretando mucho los labios, ocultando de
mala manera la mentira.
Y fue así como Dios creó la Luna y cómo se vengó de la mujer por
cuestionar su poder. Y si no me crees, demuéstrame lo contrario, ya que tanto amas a tu querida ciencia.
Duunvirato
Desenvaina la espada. Buen momento para hacerlo, acorralado como está contra la
pared de la sala del trono. El ejército enemigo cierra filas en
torno a él, pero guarda todavía una distancia prudencial. No
quieren perder ningún hombre a no ser que sea imprescindible. No por algo así.
-Ya has creado el suficiente alboroto, muchacho. Entrega tu espada.
Es el rey quien habla. Otto von Bon, médico de profesión, descubridor de la pierna izquierda.
-Ríndete ahora y seré benévolo para contigo -continúa-. No merece la pena morir por una nimiedad así.
-Habéis mancillado mi honor. Eso no es ninguna nimiedad.
El rey se señala el pecho y mira a sus soldados con cara de sorpresa.
-¿Mancillado yo? -pregunta, casi ofendido. Después su rostro se vuelve duro. Su tono, grave-. Yo soy el rey, muchacho. Mi palabra es verdad. Y si yo digo que eres un...
Nuestro héroe aprieta los dientes y alza la espada. Doce arcos se tensan. Doce puntas de flecha apuntan a su corazón. El rey hace un gesto.
-No. Todavía no. Ríndete, muchacho. Se me está acabando la paciencia. Ríndete ahora o...
-Vale -dice nuestro héroe.
-¿Qué?
-Que
sí, que me rindo.
Ante la sorpresa general, nuestro héroe arroja
la espada contra el suelo. Se rompe en mil pedazos, más o menos. Y
es que las espadas de cristal son terriblemente quebradizas. Eso sí, a la hora adecuada del día, cuando el sol incide con el
ángulo correcto, le arranca unos brillos difíciles de igualar.
¿Merecía la pena llevar esa espada sólo por esos pequeños
momentos de belleza absoluta? Ahora nuestro héroe se da cuenta de
que no.
-Bueno,
pues venga, que alguien le ate las manos, no vaya a ser que intente
jugárnosla a traición.
Nuestro
héroe ofrece sus manos juntas para que se las aten. Todo se ha acabado. Ah, pero los
más observadores se habrán fijado en esa sonrisa ladeada y en el brillo inteligente de sus ojos. Habrán notado también el
guiño a cámara. Un esbirro comienza a dar vueltas a una cuerda
alrededor de las muñecas de nuestro héroe. Ata con firmeza un nudo
y le da el visto bueno al rey.
-¡Jai-yah!
-grita el héroe a la vez que se deshace de las ataduras con un fluido movimiento.
Y es
que entre las manos se había guardado un trozo de cristal de esa
espada que había roto antes, ¿os acordáis? Y se ha cortado un poco
también los dedos y sangra bastante, pero al menos está libre.
-¡Maldita
sea! -grita Otto von Bon-. ¡Matadlo! ¡Matadlo mucho, por Dios!
Pero nuestro héroe tiene otras intenciones. ¡Pimba!
Una patada que se lleva por delante a cuatro hombres. ¡Pachunk! Un
puñetazo a la sien y una cabeza que sale volando. ¡Strundkslkj! Un
escupitajo que se mete en los ojos de un arquero y las flechas matan
a seis de sus compañeros. ¡Blop! Alguien sentado en un retrete tres
pisos más arriba, ajeno a la batalla, un mero alivio cómico.
Nuestro
héroe despacha a todos los malos en cuestión de segundos. Y ahora
es él quien acorrala al sucinto* Otto von Bon.
*sucinto: que está expresado de manera breve, concisa y precisa. El autor nos hace saber con ese adjetivo que Otto von Bon es una persona de corta estatura. Para nada ha puesto esa palabra porque le ha venido a la mente de forma espontánea y al buscarla en el diccionario ha comprobado que podía usarla a modo de descripción, no. La mera duda ofende sobremanera al autor, gran persona él, por cierto.
-No me
mates -suplica-. Puedo darte lo que quieras. Pídeme lo que quieras.
-Quiero
tu vida.
-Así que quieres vivir como yo, ¿eh, bribón? ¿Vivir a cuerpo de rey, literalmente? Hecho. Es más: seamos reyes juntos. Haré poner un trono a la vera del otro. Haremos, perdón -se corrige el rey-. Tú y yo juntos seremos invencibles, baby.
-No.
Quiero tu vida, pero no la quiero para mí. Sólo quiero abrir un
pequeño agujero en tu cuello y pedirle a tu vida que salga un
momento a jugar.
¡Ras!
Con las manos desnudas nuestro héroe desgarra la garganta del rey.
Venga, más sangre, alegría. Cómo se nota que él no tiene que
limpiar. Pobre señora de la limpieza, que entra en el salón del
trono diez minutos después y se encuentra a nuestro héroe de
cuclillas, intentando recoger uno a uno los casi mil pedazos en los
que ha estallado su espada.
-Anda
-dice-, ya lo hago yo.
Y él
se sienta en el trono mientras ella los barre todos hacia el
recogedor. Se fuma un cigarro.
-¿Y todo esto a santo de qué? -pregunta la mujer de la limpieza-. Tanta muerte, tanta destrucción. Qué pena más grande, macho.
Y nuestro héroe, a la sazón nuevo rey, expulsa el humo y se pierde en los recuerdos pasados. Recuerdos de hace veinte minutos, y dice:
-Que sirva esto de lección. Que todos estos cadáveres sirvan de aviso para quien ose decir que yo soy un parguela.
Y la señora de la limpieza deja de barrer durante un segundo y se apoya en la escoba para decir:
-Pero lo eres, señor. De los Parguela de toda la vida.
Y nuestro héroe se da una palmada en la frente y exclama:
-¡Tate! Qué cabeza la mía, había olvidado mi apellido. Qué se le va a hacer.
Mira a cámara y se encoge de hombros Freeze frame. Risas enlatadas. Títulos de crédito. The end.
Fourella
Ía
ser un inverno frío ese que chegaba con vento do sur. Vento do mar.
Vento da Terra, con cheiro a fume de carozo e a caldo da avoa. Un
inverno de neve na rúa. De luvas nas mans, desas que non discriminan
por dedos, que aquí collen todos xuntos. Luvas coas que só se pode
contar ata catro.
Un
inverno en branco e negro ese que viña, sí. Pero tamén un inverno
de cor. Especialmente na punta dese pequeno nariz
que agora ule ese ar da Terra. Ar dunha costa que quere volver ser
verdescente. E o nariz nota que xa comezaron a medrar as primeiras árbores de volta. E sospeita. E fai
ben. Porque así como sabe unha cousa, sabe a outra: todo vai volver
suceder outra vez. Cousas do demo. Cousas da xente.
Pero por moito frío que pase no inverno escandinavo prefire que o lume
quede no lar, ó outro lado do mar. Que o único que arda sexan eses
carozos secos. Que as lapas lamban a pota, nada máis, e que a única
forma de se queimar sexa por non querer esperar a que ese caldo que
ferve enfríe un pouco.
miércoles, 4 de octubre de 2017
Lava
Siente
temblar la tierra, mujer
cómo
se quiebra el terreno, se rompe
cómo
la piedra se funde, cómo se hunde
cómo
el humo que sale del mar oculta la luna
no más
puestas de sol desde aquí
Siente
la tierra, mujer, temblando
de
frío y de miedo a la vez, blanca la tez
remando,
escapando hacia el Sur
el
fuego y el pez, el agua y la sed
el
fondo está en calma, te llama
Siente
la tierra temblar otra vez
soñando,
tumbada en el suelo de roble
las
casas de piedra no pueden arder, un coche que pasa
la luz
del pasillo vuelve a vencer a la noche
te
pones en pie
Y
tiembla la tierra una última vez
la
casa en silencio y fría tu piel, sudada la frente
y
lloras por algo que sientes que fue, llora la gente
el
fuego que pesa y besa los pies, el cielo se apaga
la
isla arrasada
Tiemblas
ahora, mujer, recuerdas
estás
de pequeña sentada en la arena, jugando
y el
agua que llega y moja tus pies, y tú lo que ves:
la
isla y el fuego y el barco en el mar, las olas que vienen y van
pulmones
con sal
El
miedo a nadar y a la nada
a
dejar el hogar
la
tierra que tiembla, mujer
y
nadie la siente temblar
la
vida pasada
martes, 3 de octubre de 2017
En invierno
Tenías
tantas ganas de tarta que cumpliste años diez veces en enero
soplaste
doscientas velas, apagaste doscientos fuegos
una
bombero de salón, o de cocina, o de donde demonios estuvieran las
tartas
y
tanto soplaste que modificaste el tiempo
el
atmosférico, no el de reloj
ese
avanzaba a cada mordisco de tarta, adentrándose en el invierno
Hiciste
que lloviera, que nos quedáramos dentro
y
aprendí a dibujar mi nombre con tu aliento
con tu
voz apagallamas, enciendefuegos
palabras
que me subraya el corrector, por cierto
como
diciendo que no existen, que no invente
¿te
lo puedes creer?
Ah...
Puede que ahora entienda eso que siempre decías
lo de
que no me centraba cuando escribía, que divagaba
pero
recuerdo de quién hablaba: de ti
de
todas las tartas que comiste ese invierno
tartas
heladas
supongo
que por lo rápido que apagabas el fuego
y por
el frío, claro
Porque
mira que hizo frío ese invierno, macho
la de
nieve que cayó allí donde cae la nieve
en las
montañas y en las ¿neveras?
aquí
en la costa no tiene la decencia de nevar
aquí
sólo granizó algún día
Maldito
granizo, no eres más que lluvia que busca llamar la atención
oídme
llamando al tejado, abridme
pero
no podemos abrirte el tejado, estúpido granizo
no
vivimos en una lata de bonito
llama
a la puerta como las personas
Además,
nosotros ya no te oímos
no
eres más que un ruido más en este salón hirviendo
hierve
de amor, uh nena, y un poco también por el fuego de la chimenea
y por
tus besos, cariño, tus besos de amor
besos
que saben a nata, de todas esas tartas del principio, ¿recuerdas?
Y
ahora que no queda tarta y que se acaba enero
sopla
y apaga este último gran fuego
que
haga frío
quiero
necesitar tu calor
aquí
dentro, refugiados de la lluvia, aferrado a tu pecho
cumpliendo
años juntos a cucharadas
queriéndonos
Poesía
Palabras
huecas
saltos
de línea
y
alguna que otra rima porque sí
algo
de desorden y Esa mayúscula fuera de lugar
garabatos
de imprenta
y
otras frases sin sentido
para
parecer profundo
Escribir
para un concurso
cuando
no tienes nada que decir
cuando
todo el mundo sabe que tú eres pro-prosa y anti-poesía
Más
que nada por la de árboles que se talan por culpa de todo este
espacio en blanco
(bien
ahí, fingiendo estar comprometido con el medio ambiente)
Y
sigues para adelante
que
tan difícil no puede ser
que
total lo importante de la poesía no es que sea
es que
lo parezca
¡ja!
Finge,
sí
finge
y odia cada palabra que escribes, cada palabra que escupes
cada
palabra que fuerzas sobre el papel
no
pertenecen ahí y lo sabes, y te odias, pero sigues adelante,
¿verdad?
¿es
eso poesía?
Maldito
hipócrita, jodido cínico
ten la
decencia de no manchar la hoja en blanco con tu bilis
de
callar si no tienes nada que decir
Estás
quedando en ridículo
Pareces Imbécil
Pero
lo importante es ser, ¿no?
De
parecer se preocupan los que no entienden nada
los
que saltan
de
línea así
en vez
de hacerlo así
con
fuerza
dejando
que sean las palabras las que hablen
las
que dicten la forma
¿es
eso poesía?
Sí
Abandonarse
por completo a las palabras
no
escribirlas, escucharlas
que
hablen como sólo ellas hablan
Directas
al corazón
Palabras
huecas para que resuenen mejor
saltos
de línea que marcan el ritmo
y
alguna que otra rima porque sí
sin
motivo, sin razón
que
por algo es poesía
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