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Violators will be prosecuted. Enjoy!

sábado, 7 de abril de 2018

Aleph Dynamics

El Doctor Li miraba por la ventana de su despacho en la sede de Aleph Dynamics en la ciudad portuaria de An, cuando la valla holográfica del otro lado de la calle empezó a parpadear, iluminando con tonos neón su rostro pensativo.
«Llega el futuro. Llegan los Émulos», se pudo leer de forma intermitente durante unos segundos antes de que el cartel se apagara definitivamente. Proyectados en la lluvia, los cuerpos desnudos de los Émulos se volvieron casi tangibles antes de extinguirse para siempre.
AD llevaba años desarrollando los Émulos: androides orgánicos dotados de una inteligencia artificial humanoide. Dos tecnologías que la Federación siempre había sido reticente a unir. Motivos éticos, alegaban. Temían que la salida al mercado de androides indistinguibles de los humanos pudiera abrir de nuevo las puertas a la esclavitud. Como si los androides actuales no fueran ya esclavos. Lo que no querían en la Federación era que sus robots sexuales pudieran quejarse.
Un carraspeo desde la puerta sacó al Doctor Li de su ensimismamiento.
-Doctor, es hora de irse.
El Doctor Li asintió con la cabeza y salió del despacho desde donde había dirigido Aleph Dynamics An durante la última década. Siguió a su ayudante por los pasillos vacíos del edificio. Como director, sentía la necesidad de ser el último en abandonar AD.
-¿Han incinerado ya a los Émulos v5?
-Todavía no -contestó su ayudante-. La lanzadera saldrá en cinco minutos.
-Quiero ver el despegue.
Su ayudante no puso pegas. Bajaron hasta el hangar de almacenaje. La lanzadera no tripulada flotaba medio metro sobre el suelo. Calentaba motores, preparándose para el despegue, cargada con los cuerpos de un centenar de v5. Una vez saliera de la atmósfera, saltaría directa al Sol, y los Émulos v5 desaparecerían sin jamás haber tenido la oportunidad de vivir.
No era justo que los E v5 pagaran tan alto precio por culpa de los v4. Fueron ellos quienes escaparon de su hábitat e irrumpieron en el edificio. Ellos atacaron a los científicos. También la Federación tenía parte de culpa. No les había temblado el pulso para cerrar Aleph Dynamics An en cuanto se produjo el primer incidente con pérdida de vidas humanas.
Aunque el principal responsable era el propio Doctor Li. Los Émulos eran sus criaturas. Él les daba la vida y él se la quitaba, sustituyendo las distintas iteraciones por versiones mejoradas, cada vez más humanas. Maravillosamente imperfectos.
Sí. No era justo que los v5 murieran así.
El zumbido de los motores creció hasta hacerse insoportable. El polvo empezó a levantarse, formando remolinos. El Doctor Li vio cómo su ayudante se protegía los ojos con el brazo. Fue entonces cuando aprovechó para correr hacia la lanzadera.
El Doctor Li accionó el botón de apertura de la cabina y saltó a su interior. La cerró a tiempo de evitar que su ayudante lo sujetara por el brazo y lo obligara a bajar.
-¿¡Está loco!? ¿¡Piensa morir por unos androides!? -gritó su ayudante, apenas haciéndose oír por encima del ruido de los motores, antes de correr a refugiarse ante el despegue inminente de la nave.
-No son unos androides -dijo el Doctor Li para sí mismo-. Son mis androides.
Además, no tenía ninguna intención de hundirse con sus v5 en el Sol.
Los motores empezaron a temblar. Al instante, la aceleración vertical pegó al Doctor Li al asiento. Se concentró en no perder el conocimiento. Tenía que reprogramar la trayectoria de la lanzadera antes de que saliera de la atmósfera.
Necesitaba desviar la nave a algún sitio seguro. A algún planeta extra-galáctico sin vida inteligente de clase A y con una atmósfera respirable para sus Émulos. Introdujo los criterios de búsqueda en la computadora y obtuvo un resultado dentro del rango de salto de la lanzadera. 
PR-843772 era un planeta rocoso con aproximadamente el 70% de su superficie cubierta de agua. Estaba en uno de los brazos de una galaxia espiral, orbitando alrededor de una estrella tipo-G. Tendría que valer. Introdujo las nuevas coordenadas un segundo antes de que se produjera el salto.
La lanzadera se desvaneció en el espacio. Se materializó a dos decenas de ERA’s de allí, dentro del campo gravitatorio de PR-843772.
La nave se precipitó hacia el planeta. El Doctor Li fue al compartimento de carga e inició el protocolo de activación de los v5. Volvió a la cabina para encargarse de la maniobra de aterrizaje. Fueron a parar a un terreno yermo.
El Doctor Li sabía que tenía el tiempo justo para descargar a los v5 antes de que la Federación se diera cuenta del desvío de la lanzadera y activara la baliza de localización. Pero antes necesitaba explicarles a sus Émulos qué hacían allí.
En la cabina no había ningún dispositivo de grabación. Tampoco ningún medio de escritura. Al Doctor Li sólo se le ocurrió una solución: se quitó la bata blanca, se hizo un corte en el dedo y usó su sangre a modo de tinta para escribir el mensaje.
Al acabar, depositó al centenar de Émulos en el suelo pedregoso y lanzó su bata ensangrentada sobre ellos. Cerró las compuertas de la lanzadera, se alejó a una distancia prudencial para realizar el despegue y abandonó el planeta de los Émulos.
Cuando estuvo lo bastante lejos se permitió detener la lanzadera y echar la vista atrás. Se preguntó si los v5 ya se habrían despertado y estarían ahora leyendo su mensaje. Esperaba que entendieran que la culpa no era suya, sino de los E v4, auténticos humanos salidos de las entrañas de AD An en vez de nacidos del útero materno. Y como humanos habían errado. Habían entrado donde tenían prohibido entrar y ahora eran los v5 quienes sufrirían la condena eterna del destierro.
Pero él confiaba en sus Émulos. Los visitaría en cuanto pudiera. Y si él no podía, lo haría su hijo. En cualquier caso estaría pendiente de ellos. 
Sí. El Doctor Li seguiría de cerca ese planeta azul desde los cielos. 

domingo, 25 de febrero de 2018

Tu nombre

Tu nombre sólo existe en mi boca
sólo yo lo digo como lo hay que decir
como si quemara, porque quema
como si doliera desprenderse de él
como si cada vez que lo pronunciara
fuera a ser la última vez

Mi lengua lo toca y lo acuna
lo templa mi aliento y quiere salir
lo quiero gritar a los cuatro vientos
y a otros doscientos que invento por ti

Pero es verte y me callo, lo guardo muy dentro
y otros nombres guardados lo miran pasar
se esconden y tiemblan de miedo
porque tu nombre es distinto a ellos
tu nombre retumba en mi pecho
se expande y me hace flotar

Tu nombre sólo existe en mi boca
y no lo escondo por miedo
lo guardo tan dentro porque quiero
que seas tú quien lo venga a buscar

















Musaraña

Hay un camino que corre junto al río, 
entre árboles, siempre bajando. 
Hay espuma de colores
y hay un pájaro en mano. 

Hay ranitas a montones, 
marrones por el barro en que se bañan, 
tan suaves. 

Hay molinos donde el tiempo 
se detiene por momentos,
entre musgo y tejas rotas, 
piedras flojas y maderas sin pisar. 

Hay un árbol al que un rayo 
ha querido hacerle un hueco. 
Dentro hay setas. 

Y al final del camino hay una laguna. 
Allí te bañas desnuda,
temblando de frío, erizada la piel. 
Tan bella.

Y crujen las ramitas secas bajo mis pies.
Croan las ranitas huecas y cuando me ves
el tiempo se para.

Te agachas y salpicas,
la nariz bajo el agua. 
Una sonrisa mojada 
y te pones de pie. 

Pequeño bichejo, me dices,
patitas de ardilla. 
Cotilla. 

¿Me espías? ¿Te fijas en mí? 
Pues quiero que sepas 
que últimamente 
sólo pienso en ti.  

viernes, 27 de octubre de 2017

Palabras

El niño entró corriendo en casa, empapado y muerto de risa. Muerto de miedo. La tormenta lo había cogido por sorpresa mientras jugaba a la guerra en el jardín. Él era el comandante de las tropas francesas y las dirigía con decisión a través de los bosques y las colinas de las Ardenas. Cometía algún que otro error y perdía a algún que otro hombre aquí y allá, pero bastante bien lo hacía para ser un niño de siete años. Cualquier despiste se le perdonaba, tan mono era. ¡Ja! Lo que no sabían los franceses era que ese comandante al que habían elegido era en realidad un infiltrado inglés, entrenado desde la cuna para destrozar al ejército galo desde dentro. Y estaba funcionando hasta que cayeron las primeras gotas. Hasta que el primer rayo rompió el gris del cielo y el primer trueno tornó el silencio en esa risa nerviosa del niño.

Ahora temblaba de frío. Se quitó las botas manchadas de barro y se envolvió en una mullida toalla de playa. Era roja. Lo habían herido. Qué mala pata. Se arrastró por el pasillo, siempre pegado a la pared por si perdía el equilibrio. Seguro que algo lo había delatado allí fuera. ¿Sería la forma en la que siempre evitaba hablar para que su acento de Southampton no resultara evidente? Siempre decía a todo que oui. ¿Pues sabes qué? Ahora les iba a decir a todos esos franceses que non, mes amis, arrêter, beaucoup de fille, une hache, rimes qui se perdent dans la traduction. Y a ver qué pasaba. A ver cómo actuaban ahora que él los había abandonado. Porque estaba claro que no tenía pensado volver a salir ahí. ¿Con esa tormenta? Vamos. Con lo bien que se estaba ahí dentro, envuelto en su toalla de playa, sentado en la butaca de papá, con la chimenea apagada porque mamá no le dejaba hacer fuego, leyendo su libro favorito: el diccionario.

Al niño le encantaba el diccionario porque estaba lleno de palabras. Amaba las palabras. Las amaba tanto que le daba igual lo que otra gente dijera de ellas. Por eso nunca leía las definiciones. No. El niño miraba fijamente la palabra y dejaba que fuera ella quien le contara su historia.

Abrió el diccionario al azar. Tenía tiempo para una sola palabra antes de irse a la ducha. Para una sola historia antes de que el frío se le metiera dentro. Con los ojos cerrados paseó un dedo por la hoja. Los abrió y leyó:

Etéreo

Como el brillo de una copa de vino vacía en una sobremesa. Como el aire tibio que se cuela por debajo de un vestido una noche de verano. Como no tener prisa y pasear volviendo del trabajo. Como un abrazo. Como el perro que se agacha justo antes de salir disparado a recibirte, lengua fuera, pelo al viento. Como un aplauso en el que acaban doliendo las manos. Como llorar de alegría. Como rodar cuesta abajo, siendo niña, jugando. Como comer en familia.  

Delorean

No es la forma habitual de usar un coche que viaja en el tiempo, pero qué le vamos a hacer si es lo que queremos. No salir de él, que el tiempo no pase dentro, nunca ver amanecer. Que las noches duren años. Hablar viendo dinosaurios. Quizás quedarnos un mes en el pasado, donde fuiste feliz. Y luego volver a vivir. Y ante todo nunca visitar el futuro. Lleguemos a él caminando.  

Procrastinar

Te juro que es así cómo pasó. Que Dios no descansó al séptimo día. Qué va. Fue el cuarto cuando se levantó sin ganas de trabajar, habiendo hecho ya la Tierra y el Cielo, separado la luz de las tinieblas, creado los mares y puesto en órbita el Sol. Había también creado la hierba para poder tumbarse en el suelo sin llenarse la túnica de tierra. Y, creado el Sol y la luz, creó también los árboles para tener algo de sombra. Bajo un manzano descansaba Dios ese cuarto día. Y descansaba porque su obra le había quedado bastante bonita, la verdad. Incluso había creado las estrellas a modo de pasatiempo para las noches en las que no pudiera dormir. Así tendría algo que contar hasta que le entrara el sueño.

Entonces a Dios le entró el hambre. Creó en ese momento la gravedad, y con ella las cuatro leyes de Newton. A saber: la de la inercia, la fundamental de la dinámica, la de acción-reacción y la de que la manzana no cae lejos del árbol. Se aseguró de incluir esa última más que nada para no tener que levantarse e ir a buscar la manzana colina abajo. No contaba con las implicaciones metafórico-hereditarias que conllevarían esa cuarta ley. En todo caso, alargó la mano y cogió la manzana. Le dio un mordisco. Escupió.

Dios miró a un lado y a otro, subrepticiamente, y con ello inventó también la pedantería. Quería asegurarse que nadie lo veía. Qué cabeza la suya: ¿quién lo iba a ver, si él era el único ser con ojos de todo el universo? Sabiéndose a solas, se deshizo de la asquerosa manzana lanzándola lo más lejos posible, que para un ser omnipotente es bastante lejos, sí.

Sin tiempo que perder, el quinto día creó a toda prisa los peces para así tener algo que comer. Cometió el error de poner un cero de más a la derecha de la coma, convirtiendo así los huesos en finas y afiladas espinas. Hizo también a todo correr a los animales. Hay ahí también hilarantes contradicciones, como que el enfrentamiento en carrera entre una liebre y una tortuga siempre caiga del lado de la tortuga. Todo por no fijarse en qué columna marcaba con una equis.

Acariciaba Dios una ardilla entre sus manos el séptimo día cuando el bichejo salió despedido por no sabe Dios qué fuerza sobrenatural. Planeó por el aire y cayó veinte metros más allá. Creó Dios entonces las distancias, claro, y sintió la necesidad de tener alguien a quién contarle lo que acababa de pasar. De un palo hizo al hombre y con él jugaron a lanzarse la ardilla. Cuando se cansó creó a la mujer para que el hombre le dejara un poco en paz. Esa noche, la mujer le preguntó a Dios.

-¿Qué es eso de ahí, en el cielo?

-Las estrellas -dijo Dios.

-No, esa bola a la que le falta un cacho. Parece uno de los frutos de ese árbol.

-Eh... -dijo Dios, tremendamente nervioso-. No, mujer -rió-. No seas tonta. ¿Qué va a ser eso una manzana a la que alguien le haya dado un mordisco y haya querido deshacerse de ella? Eso es la... Es una... Uhmm... Es la Luna. Eso es lo que es, sí. La Luna. 

-Ya -dijo la mujer, poco convencida-. ¿Podemos comer entonces de ese árbol?

-Claro, claro.

-¿Y no nos pasará nada?

Dios negó con la cabeza, apretando mucho los labios, ocultando de mala manera la mentira.

Y fue así como Dios creó la Luna y cómo se vengó de la mujer por cuestionar su poder.  Y si no me crees, demuéstrame lo contrario, ya que tanto amas a tu querida ciencia.