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Violators will be prosecuted. Enjoy!

sábado, 25 de julio de 2026

Mousante

Sé que no debería empezar por aquí, pero bueno: una casa es más que su tejado. Es más que su fachada y sus cimientos. Una casa también es su jardín, y los árboles que hay en él.

Mis tíos, de niños, clavaron unos hierros en forma de U en los troncos de esos dos robles de ahí, tres o cuatro en cada uno, a modo de escalones. Tenían el espíritu de los monos, pero sin tanta agilidad, y necesitaban una ayuda para subirse a las ramas más bajas, y desde ahí, con un poco de mala suerte, ascender directamente al cielo.

Cuando yo nací apenas asomaban ya un par de hierros, engullidos por la corteza de los robles. Los muñones sobresalían lo suficiente para poder trepar todavía, si nos hubieran dejado. Quizás los tiempos habían cambiado y a los niños se nos protegía más que en los ‘70 (siendo generosos), o que éramos menos y una pérdida se habría notado más cuando nos llamaran a la mesa para comer.

Las aventuras que vivíamos nosotros tenían lugar unos metros más abajo, unos metros más allá, a la sombra de la casa y de los robles, al comando de la voz del abuelo y sus historias del Oeste Americano, donde nosotros éramos los protagonistas, y donde la Groba se convertía en las Montañas Rocosas: indios y caballos salvajes, y vaqueros atraídos por la fiebre del oro, que había surgido de la precipitación de los minerales disueltos en los flujos hidrotermales que ascendieron y se inyectaron por las fracturas de los esquistos debido al aumento brutal de presión y temperatura que provocó la intrusión de los granitos... Aunque esto el abuelo sólo lo intuía.

Una casa son los niños que crecen en ella. En el verano del ‘96, mis primos y yo disputamos nuestros particulares Juegos Olímpicos de Atlanta. Cada uno de nosotros competía como una nación soberana. Y acabada la tregua olímpica, retomábamos las hostilidades con batallas de globos de agua. Quizás aún quede algún trozo de plástico incrustado en el pavimento del Patio del Pozo, junto con cristales de algún pelotazo desviado o desconchones de pintura blanca por usar la pared como frontón.

Una casa es también lo que se rompe. Es la piel de las rodillas en los patios. Son las caídas en las escaleras (interiores y exteriores, siendo niña o ya mayor), y niños atrapados por muebles que tal vez deberían haber estado anclados a la pared.

Una casa es lo que se llora. Son los huesos en la tierra, con sus nombres, bajo cruces diminutas u ofrendas de flores. Habrá también alguno anónimo, supongo, si aquel hámster que tuvimos, siendo pequeños, lo enterramos en vez de tirarlo por el retrete como a los peces de colores. Que en paz descansen todos.

La casa es también de los vivos: de Lúa volviendo sola desde Camos, exhausta, de madrugada, y de Fiona pasando una noche atrapada en un alfeizar del segundo piso o metiendo dentro de casa una rata y desentendiéndose de ella, dejándome a mi la tarea de sacarla del cajón del armario donde se había refugiado, entre medias viejas de fútbol, sus ojillos asomando bajo unas canilleras. De Manolito hay menos anécdotas, por lo que sea.

Una casa está hecha de espacios en el tiempo. El churrasco en navidades, la estufa encendida, los cristales empañados, coloretes por el vino. Este garaje cuando mamá cumplió los 50, hasta que llegó la policía, monte a través. Ese baño de ahí después de que el abuelo se peinara y saliera como salían los concursantes de Lluvia de Estrellas (muy actual la referencia, Jorge), si la nube de humo estuviera hecha de laca . O los domingos por la noche, en el salón de abajo, los falsos techos atravesados por los gritos de la abuela mentando al árbitro y a toda su familia, seguidos del tikitikiti de los ratones correteando asustados.

Una casa son sus vistas: la iglesia de Sabarís, envuelta en neblina, iluminada por el sol bajo de invierno; las nubes abrazando la Groba, descargando cortinas de lluvia sobre su ladera; el edificio de los Abal; una puesta de sol tras la Virgen de la Roca.

Una casa es la gente que está y la que ha estado. Es el cielo sobre ella una noche de verano, por San Lorenzo, viendo las estrellas pasar. La abuela en la tumbona, 70% agua, el resto vino blanco. Se ríe de sus propios comentarios procaces, y nosotros reímos con ella, por cómo es, por cómo era, y su risa convierte en perpetuas las estrellas fugaces.

De una casa se vende lo material: pasillos y cocinas y salones, fachadas y cimientos. El terreno. Se venden jardines y escaleras. Las terrazas y los patios. Las goteras del churrasco. Las habitaciones.

Lo demás nos lo quedamos: las historias, los momentos, los recuerdos personales que no se pueden arrancar, como hierros incrustados en el tronco de unos robles.

martes, 15 de octubre de 2019

Siete años


Uno. No entra en la cabeza de un niño de siete años encontrarse algo así al volver de la playa. A esa edad parece imposible que a un día feliz no lo siga otro. Ese verano, los días con Polo fueron días felices. Ahora no son más que fotografías desordenadas cogiendo polvo en el fondo de mi memoria. 
Dos. En el parque, cuando se tumbaba panza arriba, la cabeza al borde del banco, mirándonos del revés, las orejas colgando, asomando los dientes, parecía un gremlin. Era pura energía. Se daba la vuelta y bajaba de un salto y echaba a correr entre las piernas de la gente, tropezando como tropiezan todos los cachorros. Lo llamábamos y allí que venía corriendo Polo, un borrón negro bajo el sol de agosto, sus orejas de gremlin al viento. Tan feliz. Tan felices.
Tres. Al salir del colegio, mi hermana y yo pasábamos por delante de la finca donde habían metido a Lar. Tenía espacio de sobra para correr, no como en casa, donde había que tenerlo siempre encerrado. Allí eran solo él y los limoneros. Le sobraba tanta energía que tenía todo el suelo lleno de agujeros. Siempre pasábamos de largo, ignorándolo, hasta que un día nos acercamos a la verja y allá que vino él, delgado, con ojos tristes, comido por la sarna. Se puso de pie y sacó las patas entre los barrotes, gimoteando, acercando la cabeza para que lo acariciáramos. No sé si hacía eso con cada persona que se detenía ante él o si nos había reconocido. Sentimos lástima por Lar. 
Cuatro. Durante unos días no hubo perros en casa.
Cinco. Blanca llegó como perrita de emergencia. Como un parche. Como ayuda humanitaria en tiempos de crisis. Papá, que se había opuesto a la llegada de Polo hasta que lo vio, no puso ninguna pega esta vez.
Seis. La cancilla de arriba tenía que estar siempre cerrada por si Lar no estaba atado.
Siete. Mi hermano fue el primero en encontrárselo. Salió del coche corriendo, deseando jugar con Polo tras toda la tarde sin verlo. Mi hermana y yo íbamos unos pasos por detrás, llamando también por él, como si a nosotros sí fuera a hacernos caso, con esa felicidad inquebrantable de los niños de siete años.
A Polo lo enterramos en el jardín. A Lar lo regalamos a un conocido que tenía una finca de limoneros que necesitaba protección. La llenó toda de agujeros.

viernes, 5 de octubre de 2018

El día que muera


El día que muera quiero nubes de tormenta
de un gris cegador y violento 
quiero lluvia que anegue los campos
y ahogue cosechas
quiero que el viento arranque las hojas de golpe
que retuerza las ramas y las rompa
y ahuyente a las aves del cielo
para que el mundo sepa
cómo te sientes
cuánto me echas de menos

Y quiero que cantes sin miedo a quebrarse tu voz
que grites a pleno pulmón 
herida
que aúllen los lobos respondiendo a tu llanto
que se erice tu piel y que sientas
que el mundo se acaba, pero sólo por hoy
pasada la puesta de sol
sentirás de nuevo la brisa

El día que muera quiero una tumba sin nombre
sin lápida, sólo tierra revuelta
bajo los robles
nuestro pequeño secreto
y cuando llegue el otoño y crezcan las setas
quiero que sepas
que sigo aquí, creciendo por ti, tan lento
para verte y que me veas
para recordarte que te espero
pero sin prisa

domingo, 16 de septiembre de 2018

Máquina del tiempo


Tienes una máquina del tiempo. Úsala. Vuelve al pasado, a un tiempo de caminos sin coches. Caminos entre árboles centenarios. Caminos sinuosos, que siguen las curvas del terreno, que bordean valles y ascienden serpenteando por la ladera de las montañas. Viaja a un pasado donde el agua se bebe fresca, filtrada entre las rocas. A un pasado donde el tiempo lo marca la luz del sol. Donde los animales levantan las cabezas de los pastos durante unos segundos para verte pasar, tranquilos. Súbete a tu máquina del tiempo y siente cómo el pasado te habla con todas sus cuestas arriba y cuestas abajo.
Tienes una máquina del tiempo. Úsala y viaja a un futuro donde la gasolina es tan sólo un recuerdo ridículo de la estupidez de tus antepasados. Es un futuro de ciudades verdes, de cielos limpios, de conversaciones que se escuchan ahora que no hay ruidos de motores. Es un futuro en el que los días de frío hace falta abrigarse de verdad y donde la lluvia moja, sí, pero ¿qué hay de malo en eso? ¿Qué hay de malo en recordar que nosotros y los elementos somos parte de este planeta? ¿Qué hay de malo en esa convivencia? ¿Qué hay de malo en resfriarte alguna vez en invierno o en tener que abrirte el maillot en verano? Coge ya tu máquina del tiempo y viaja a un futuro donde todavía podrás parar en cada estación.
Y ahora viene lo importante. Escúchame. Tu máquina del tiempo no una de esas que salen en las películas ni en los libros de ciencia ficción. Tu máquina del tiempo no es un reloj de arena al que hay que darle vueltas, ni funciona con plutonio robado a terroristas libios. No. Si para algo has de usar tu máquina del tiempo es para anclarte al presente.
Piérdete por una carretera de montaña sin saber a dónde vas o cuándo vas a llegar. Apaga el Strava y concéntrate en cada pedalada, nada más. Por tu bien y porque así es como funciona esta máquina del tiempo. Porque si imaginas lo que te va a costar subir ese puerto de montaña, jamás lo subirás. Si bajas con miedo a caer, te caerás. Suelta el freno y disfruta de la velocidad.
Ama tu máquina del tiempo y amarás el presente. Escúchala. Atiende, te dice: cuando necesites distraerte del dolor en las piernas, mira a tu alrededor, al cielo azul, a las nubes grises que se ciernen sobre el horizonte, oye los pájaros piar, animándote, y respira el aire de los mismos árboles que te dan sombra. Siente cada ondulación del terreno del mismo modo que sientes el sudor mojando tu piel, porque ahora es parte tuya y tú eres parte de él. Eres parte de la Tierra.
Tu máquina del tiempo no funciona como tú crees que lo hace. No usas la energía de tus músculos para moverte. En realidad la usas para permanecer en el presente. Para que cada segundo que pasas en tu máquina del tiempo cuente ahora y nada más. Para que la próxima vez que te subas a ella hayas olvidado lo mucho que has sufrido en aquella rampa infernal, sin más piñones que usar, apenas avanzando, retorciéndote sobre el manillar, maldiciendo el momento en el que decidiste tomar aquel desvío que tan buena pinta tenía, lamentando ser esclavo de la belleza, del asfalto agrietado y las calzadas estrechas sin pintar. Tu máquina del tiempo te ayuda a olvidar y te impulsa a explorar todos esos caminos. Con esta máquina del tiempo los días se viven de verdad.
Tienes una máquina del tiempo. Úsala ya.

12 de septiembre, 2014

No recibí pésames al llegar al tanatorio. Toda la gente que allí esperaba estaba más interesada en saber cómo había sido el paso de la Vuelta por el pueblo que en contarme una vez más cómo habían conocido a mi abuela, qué gran mujer, que Dios la acoja en su seno, espero que hayas rezado por ella, filliño, no querrás que tu santa abuela arda en los fuegos sulfúricos del infierno y que tenga que cocinar durante toda la eternidad croquetas para Satanás, qué buenas las croquetas de tu abuela, aunque qué te voy a decir a ti, se ve a leguas que las comías bien, ¿eh?
-A mí me parece increíble eso que hacen cuando gana uno, ¿sabes? -me dijo un señor con bigote que había ido al tanatorio para llenarse los bolsillos con los caramelos de cortesía que ponían en la sala de espera-. Lo de levantar los brazos sin caerse. Yo competí de joven, cuando el único dopaje que había era el carajillo que te servían en el primer bar en el que parabas para avituallarte. Competí durante seis años y no gané una sola carrera para no tener que levantar los brazos al cruzar la meta el primero. Le tenía demasiado aprecio a mis dientes, ¿sabes? Y ya ves ahora -dijo sonriendo, enseñándome los pocos dientes que le quedaban, todos amarillentos y torcidos-. Ahora me arrepiento de no haberlos perdido de joven, celebrando una victoria… Pero bueno, ¿qué se le va a hacer?
-Nada, supongo.
-¿Y quién ganó la etapa? -preguntó, metiéndose un caramelo en la boca, con el envoltorio y todo, “así me duran más, ¿sabes?”.
-Todavía no ha acabado.
-¿Tú quién quieres que gane?
-No sé. Degenkolb, supongo.
-Ah, Degenkolb… Alemán, ¿me equivoco? Los alemanes: nuestros más fieles aliados.
-Eh... Creo que voy a ir junto a mi abuelo, que todavía no lo he saludado.
Me alejé del señor lo más rápido que pude y fui a buscar a mi abuelo. Lo vi a lo lejos, como perdido, sin saber al lado de quién ponerse, la mano de quién coger o a quién susurrarle alguna ocurrencia al oído. No me vio hasta que estuve a un metro de él. Entonces alzó sus pobladas cejas por encima de las gafas y me preguntó dónde me había metido.
-Paré para ver pasar la Vuelta.
-¿Y viste a Induráin?
-No, abuelo, Induráin hace muchos años que no compite.
-Vaya. ¿Te acuerdas cuando lo vimos?
Me acordaba, sí. Diecinueve años atrás: septiembre del ‘95, por la mañana. Era la Vuelta a Galicia la que pasó ese día por delante de casa. Y, como ahora, todo el pueblo había salido a las aceras para ver pasar al pelotón. Iban despacio, hablando unos con otros. Y entre todos los ciclistas vi a Induráin.
Yo tenía seis años, y ese día fui consciente por primera vez en mi vida de que Induráin era algo más que un monigote así de pequeño que se pasaba las tardes de julio dentro de la televisión del salón de mis abuelos, con el buen día que hacía fuera y lo divertido que era jugar con el chafarís en el jardín, tan fresquita el agua y ese arco iris en miniatura que siempre se formaba con los rayos de sol.
-A la tarde no dejabas de hablar de él -siguió mi abuelo-. Decías que de mayor querías ser biciclista, como Induráin. Y la abuela te decía que vale, pero que fueras con cuidado para no abrirte la crisma, que ella te iba a querer igual con la cabeza vendada o sin vendar, pero que luego vendrían los lloros y por ahí sí que no pasaba, que le rompía el corazón oírte llorar. Luego jugasteis a las cartas.
-Siempre le ganaba... -recordé.
-Siempre te dejaba ganar.
Los dos nos quedamos callados unos segundos. A nuestro alrededor, las conversaciones se iban animando: había que aprovechar el tiempo, que una reunión familiar como esa no tenía lugar todos los días, afortunadamente.
-¿Te he contado que yo corrí con Induráin?
-Ya, abuelo, pero con Prudencio. Y a pie.
-Pero le gané. No está mal.
No estaba nada mal, no. Sobre todo teniendo en cuenta que mi abuelo le sacaba cuarenta años a Prudencio Induráin, “el hermano maravilla”, o cualquier otro apodo que le pusiera la prensa de la época.
-Una vez salí en bici a por el pan y acabé en Padrón -siguió mi abuelo-. Soplaba el viento del sur y me dejé llevar. No veas el cabreo que se cogió la abuela cuando volví a casa por la tarde, ya comido. Me senté a la mesa, y aunque ya no me quedaba hueco para el cocido, por ella, lo comí. Por ella le habría pegado un mordisco a la luna para que estuviera siempre en cuarto menguante. Después de ese atracón estuve dos meses durmiendo la siesta y la abuela se enfadó todavía más conmigo. Se sintió tan sola durante ese tiempo…
Hubo otro largo silencio lleno de sollozos.
-Abuelo…
-No, déjame llorar -me dijo sin molestarse en secarse las lágrimas de los ojos-. No hay nada malo en llorar cuando algo te duele. Recuérdalo, ¿vale? Porque a ti te queda mucha vida por delante. Te quedan muchas caídas que sufrir, sobre todo ahora que no hay nadie que te diga que andes con cuidado. Llora y aprieta bien la venda de tu cabeza y levántate. Cáete, pero siempre ponte en pie. Por ti. Por mí. Por la abuela, que Dios te acoja en su seno, cariño -dijo mirando al cielo-, y que los ángeles engorden de comer tantas croquetas. Te quiero.

lunes, 6 de agosto de 2018

Miradas

Cabello cobrizo y helado en la mano
el verano es luz en tu piel
eres ojos de miel y vestido de flores
y en el cielo
luces de colores

Comes el cucurucho de lado
entre la gente, la vista al frente
riéndote sola, hasta que una bola
cae al suelo
dejas atrás el deshielo

Tus pies de vainilla me dejan helado
tus besos de fresa incendian mi ser
quiero saber a qué sabe tu sed
quiero morir
bebiendo tus labios

El cielo explota, el tiempo se agota
dos pasos más y nos habremos cruzado
tu lengua se esconde y se vuelve a mostrar
tan fría
empiezo a rezar

Tus ojos se posan en mí y me miras
si ahora sonríes estoy acabado
seré tuyo por siempre
espero ese instante impaciente
como el que espera al tren tumbado en la vía


sábado, 9 de junio de 2018

Virginia, 1781

La niebla en el Potomac es tan densa que al barco le cuesta avanzar río arriba. Se engancha al casco y lo frena, como si fuera una rémora. No importa: nadie tiene prisa por llegar. En cubierta se respira silencio. A lo lejos, ruidos de guerra. Alguien contiene un estornudo. Entre dientes, alguien reza.

No llueve, pero como si lo hiciera. La humedad pega la ropa a unos cuerpos delgados, marcando las costillas de los hombres como si las llevaran por fuera. Hay quien dice que así es. Que dentro no hay espacio para ellas. Que en su pecho sólo cabe un corazón que se niega a latir al ritmo que marca Inglaterra. Pero la mayoría dice que las llevan así, a la vista, para que el doctor sepa dónde hacer la incisión cuando llegue el momento. 

Porque el momento llegará. Una bala acabará por perforarles la piel tarde o temprano. Les astillará los huesos y hará manar la sangre. Serán uno con la tierra mucho antes de que acabe la guerra. Todo el que va en ese barco lo sabe. Por eso rezan más ahora que la niebla es menos densa.

Es una niebla más familiar, esa que apenas los oculta ya. Huele a pólvora y a calma tensa. En cubierta se agachan. Se parapetan. Preparan los mosquetes. Tienen lista la bandera.

Y antes de luchar la miran. Si han de morir, morirán por ella. Por lo que representa. Por las trece colonias. Por las trece estrellas. Por la gente, no por la tierra. Por sus hijos. Por América. 

sábado, 7 de abril de 2018

Aleph Dynamics

El Doctor Li miraba por la ventana de su despacho en la sede de Aleph Dynamics en la ciudad portuaria de An, cuando la valla holográfica del otro lado de la calle empezó a parpadear, iluminando con tonos neón su rostro pensativo.
«Llega el futuro. Llegan los Émulos», se pudo leer de forma intermitente durante unos segundos antes de que el cartel se apagara definitivamente. Proyectados en la lluvia, los cuerpos desnudos de los Émulos se volvieron casi tangibles antes de extinguirse para siempre.
AD llevaba años desarrollando los Émulos: androides orgánicos dotados de una inteligencia artificial humanoide. Dos tecnologías que la Federación siempre había sido reticente a unir. Motivos éticos, alegaban. Temían que la salida al mercado de androides indistinguibles de los humanos pudiera abrir de nuevo las puertas a la esclavitud. Como si los androides actuales no fueran ya esclavos. Lo que no querían en la Federación era que sus robots sexuales pudieran quejarse.
Un carraspeo desde la puerta sacó al Doctor Li de su ensimismamiento.
-Doctor, es hora de irse.
El Doctor Li asintió con la cabeza y salió del despacho desde donde había dirigido Aleph Dynamics An durante la última década. Siguió a su ayudante por los pasillos vacíos del edificio. Como director, sentía la necesidad de ser el último en abandonar AD.
-¿Han incinerado ya a los Émulos v5?
-Todavía no -contestó su ayudante-. La lanzadera saldrá en cinco minutos.
-Quiero ver el despegue.
Su ayudante no puso pegas. Bajaron hasta el hangar de almacenaje. La lanzadera no tripulada flotaba medio metro sobre el suelo. Calentaba motores, preparándose para el despegue, cargada con los cuerpos de un centenar de v5. Una vez saliera de la atmósfera, saltaría directa al Sol, y los Émulos v5 desaparecerían sin jamás haber tenido la oportunidad de vivir.
No era justo que los E v5 pagaran tan alto precio por culpa de los v4. Fueron ellos quienes escaparon de su hábitat e irrumpieron en el edificio. Ellos atacaron a los científicos. También la Federación tenía parte de culpa. No les había temblado el pulso para cerrar Aleph Dynamics An en cuanto se produjo el primer incidente con pérdida de vidas humanas.
Aunque el principal responsable era el propio Doctor Li. Los Émulos eran sus criaturas. Él les daba la vida y él se la quitaba, sustituyendo las distintas iteraciones por versiones mejoradas, cada vez más humanas. Maravillosamente imperfectos.
Sí. No era justo que los v5 murieran así.
El zumbido de los motores creció hasta hacerse insoportable. El polvo empezó a levantarse, formando remolinos. El Doctor Li vio cómo su ayudante se protegía los ojos con el brazo. Fue entonces cuando aprovechó para correr hacia la lanzadera.
El Doctor Li accionó el botón de apertura de la cabina y saltó a su interior. La cerró a tiempo de evitar que su ayudante lo sujetara por el brazo y lo obligara a bajar.
-¿¡Está loco!? ¿¡Piensa morir por unos androides!? -gritó su ayudante, apenas haciéndose oír por encima del ruido de los motores, antes de correr a refugiarse ante el despegue inminente de la nave.
-No son unos androides -dijo el Doctor Li para sí mismo-. Son mis androides.
Además, no tenía ninguna intención de hundirse con sus v5 en el Sol.
Los motores empezaron a temblar. Al instante, la aceleración vertical pegó al Doctor Li al asiento. Se concentró en no perder el conocimiento. Tenía que reprogramar la trayectoria de la lanzadera antes de que saliera de la atmósfera.
Necesitaba desviar la nave a algún sitio seguro. A algún planeta extra-galáctico sin vida inteligente de clase A y con una atmósfera respirable para sus Émulos. Introdujo los criterios de búsqueda en la computadora y obtuvo un resultado dentro del rango de salto de la lanzadera. 
PR-843772 era un planeta rocoso con aproximadamente el 70% de su superficie cubierta de agua. Estaba en uno de los brazos de una galaxia espiral, orbitando alrededor de una estrella tipo-G. Tendría que valer. Introdujo las nuevas coordenadas un segundo antes de que se produjera el salto.
La lanzadera se desvaneció en el espacio. Se materializó a dos decenas de ERA’s de allí, dentro del campo gravitatorio de PR-843772.
La nave se precipitó hacia el planeta. El Doctor Li fue al compartimento de carga e inició el protocolo de activación de los v5. Volvió a la cabina para encargarse de la maniobra de aterrizaje. Fueron a parar a un terreno yermo.
El Doctor Li sabía que tenía el tiempo justo para descargar a los v5 antes de que la Federación se diera cuenta del desvío de la lanzadera y activara la baliza de localización. Pero antes necesitaba explicarles a sus Émulos qué hacían allí.
En la cabina no había ningún dispositivo de grabación. Tampoco ningún medio de escritura. Al Doctor Li sólo se le ocurrió una solución: se quitó la bata blanca, se hizo un corte en el dedo y usó su sangre a modo de tinta para escribir el mensaje.
Al acabar, depositó al centenar de Émulos en el suelo pedregoso y lanzó su bata ensangrentada sobre ellos. Cerró las compuertas de la lanzadera, se alejó a una distancia prudencial para realizar el despegue y abandonó el planeta de los Émulos.
Cuando estuvo lo bastante lejos se permitió detener la lanzadera y echar la vista atrás. Se preguntó si los v5 ya se habrían despertado y estarían ahora leyendo su mensaje. Esperaba que entendieran que la culpa no era suya, sino de los E v4, auténticos humanos salidos de las entrañas de AD An en vez de nacidos del útero materno. Y como humanos habían errado. Habían entrado donde tenían prohibido entrar y ahora eran los v5 quienes sufrirían la condena eterna del destierro.
Pero él confiaba en sus Émulos. Los visitaría en cuanto pudiera. Y si él no podía, lo haría su hijo. En cualquier caso estaría pendiente de ellos. 
Sí. El Doctor Li seguiría de cerca ese planeta azul desde los cielos. 

domingo, 25 de febrero de 2018

Tu nombre

Tu nombre sólo existe en mi boca
sólo yo lo digo como lo hay que decir
como si quemara, porque quema
como si doliera desprenderse de él
como si cada vez que lo pronunciara
fuera a ser la última vez

Mi lengua lo toca y lo acuna
lo templa mi aliento y quiere salir
lo quiero gritar a los cuatro vientos
y a otros doscientos que invento por ti

Pero es verte y me callo, lo guardo muy dentro
y otros nombres guardados lo miran pasar
se esconden y tiemblan de miedo
porque tu nombre es distinto a ellos
tu nombre retumba en mi pecho
se expande y me hace flotar

Tu nombre sólo existe en mi boca
y no lo escondo por miedo
lo guardo tan dentro porque quiero
que seas tú quien lo venga a buscar

















Musaraña

Hay un camino que corre junto al río, 
entre árboles, siempre bajando. 
Hay espuma de colores
y hay un pájaro en mano. 

Hay ranitas a montones, 
marrones por el barro en que se bañan, 
tan suaves. 

Hay molinos donde el tiempo 
se detiene por momentos,
entre musgo y tejas rotas, 
piedras flojas y maderas sin pisar. 

Hay un árbol al que un rayo 
ha querido hacerle un hueco. 
Dentro hay setas. 

Y al final del camino hay una laguna. 
Allí te bañas desnuda,
temblando de frío, erizada la piel. 
Tan bella.

Y crujen las ramitas secas bajo mis pies.
Croan las ranitas huecas y cuando me ves
el tiempo se para.

Te agachas y salpicas,
la nariz bajo el agua. 
Una sonrisa mojada 
y te pones de pie. 

Pequeño bichejo, me dices,
patitas de ardilla. 
Cotilla. 

¿Me espías? ¿Te fijas en mí? 
Pues quiero que sepas 
que últimamente 
sólo pienso en ti.  

viernes, 27 de octubre de 2017

Palabras

El niño entró corriendo en casa, empapado y muerto de risa. Muerto de miedo. La tormenta lo había cogido por sorpresa mientras jugaba a la guerra en el jardín. Él era el comandante de las tropas francesas y las dirigía con decisión a través de los bosques y las colinas de las Ardenas. Cometía algún que otro error y perdía a algún que otro hombre aquí y allá, pero bastante bien lo hacía para ser un niño de siete años. Cualquier despiste se le perdonaba, tan mono era. ¡Ja! Lo que no sabían los franceses era que ese comandante al que habían elegido era en realidad un infiltrado inglés, entrenado desde la cuna para destrozar al ejército galo desde dentro. Y estaba funcionando hasta que cayeron las primeras gotas. Hasta que el primer rayo rompió el gris del cielo y el primer trueno tornó el silencio en esa risa nerviosa del niño.

Ahora temblaba de frío. Se quitó las botas manchadas de barro y se envolvió en una mullida toalla de playa. Era roja. Lo habían herido. Qué mala pata. Se arrastró por el pasillo, siempre pegado a la pared por si perdía el equilibrio. Seguro que algo lo había delatado allí fuera. ¿Sería la forma en la que siempre evitaba hablar para que su acento de Southampton no resultara evidente? Siempre decía a todo que oui. ¿Pues sabes qué? Ahora les iba a decir a todos esos franceses que non, mes amis, arrêter, beaucoup de fille, une hache, rimes qui se perdent dans la traduction. Y a ver qué pasaba. A ver cómo actuaban ahora que él los había abandonado. Porque estaba claro que no tenía pensado volver a salir ahí. ¿Con esa tormenta? Vamos. Con lo bien que se estaba ahí dentro, envuelto en su toalla de playa, sentado en la butaca de papá, con la chimenea apagada porque mamá no le dejaba hacer fuego, leyendo su libro favorito: el diccionario.

Al niño le encantaba el diccionario porque estaba lleno de palabras. Amaba las palabras. Las amaba tanto que le daba igual lo que otra gente dijera de ellas. Por eso nunca leía las definiciones. No. El niño miraba fijamente la palabra y dejaba que fuera ella quien le contara su historia.

Abrió el diccionario al azar. Tenía tiempo para una sola palabra antes de irse a la ducha. Para una sola historia antes de que el frío se le metiera dentro. Con los ojos cerrados paseó un dedo por la hoja. Los abrió y leyó:

Etéreo

Como el brillo de una copa de vino vacía en una sobremesa. Como el aire tibio que se cuela por debajo de un vestido una noche de verano. Como no tener prisa y pasear volviendo del trabajo. Como un abrazo. Como el perro que se agacha justo antes de salir disparado a recibirte, lengua fuera, pelo al viento. Como un aplauso en el que acaban doliendo las manos. Como llorar de alegría. Como rodar cuesta abajo, siendo niña, jugando. Como comer en familia.  

Delorean

No es la forma habitual de usar un coche que viaja en el tiempo, pero qué le vamos a hacer si es lo que queremos. No salir de él, que el tiempo no pase dentro, nunca ver amanecer. Que las noches duren años. Hablar viendo dinosaurios. Quizás quedarnos un mes en el pasado, donde fuiste feliz. Y luego volver a vivir. Y ante todo nunca visitar el futuro. Lleguemos a él caminando.  

Procrastinar

Te juro que es así cómo pasó. Que Dios no descansó al séptimo día. Qué va. Fue el cuarto cuando se levantó sin ganas de trabajar, habiendo hecho ya la Tierra y el Cielo, separado la luz de las tinieblas, creado los mares y puesto en órbita el Sol. Había también creado la hierba para poder tumbarse en el suelo sin llenarse la túnica de tierra. Y, creado el Sol y la luz, creó también los árboles para tener algo de sombra. Bajo un manzano descansaba Dios ese cuarto día. Y descansaba porque su obra le había quedado bastante bonita, la verdad. Incluso había creado las estrellas a modo de pasatiempo para las noches en las que no pudiera dormir. Así tendría algo que contar hasta que le entrara el sueño.

Entonces a Dios le entró el hambre. Creó en ese momento la gravedad, y con ella las cuatro leyes de Newton. A saber: la de la inercia, la fundamental de la dinámica, la de acción-reacción y la de que la manzana no cae lejos del árbol. Se aseguró de incluir esa última más que nada para no tener que levantarse e ir a buscar la manzana colina abajo. No contaba con las implicaciones metafórico-hereditarias que conllevarían esa cuarta ley. En todo caso, alargó la mano y cogió la manzana. Le dio un mordisco. Escupió.

Dios miró a un lado y a otro, subrepticiamente, y con ello inventó también la pedantería. Quería asegurarse que nadie lo veía. Qué cabeza la suya: ¿quién lo iba a ver, si él era el único ser con ojos de todo el universo? Sabiéndose a solas, se deshizo de la asquerosa manzana lanzándola lo más lejos posible, que para un ser omnipotente es bastante lejos, sí.

Sin tiempo que perder, el quinto día creó a toda prisa los peces para así tener algo que comer. Cometió el error de poner un cero de más a la derecha de la coma, convirtiendo así los huesos en finas y afiladas espinas. Hizo también a todo correr a los animales. Hay ahí también hilarantes contradicciones, como que el enfrentamiento en carrera entre una liebre y una tortuga siempre caiga del lado de la tortuga. Todo por no fijarse en qué columna marcaba con una equis.

Acariciaba Dios una ardilla entre sus manos el séptimo día cuando el bichejo salió despedido por no sabe Dios qué fuerza sobrenatural. Planeó por el aire y cayó veinte metros más allá. Creó Dios entonces las distancias, claro, y sintió la necesidad de tener alguien a quién contarle lo que acababa de pasar. De un palo hizo al hombre y con él jugaron a lanzarse la ardilla. Cuando se cansó creó a la mujer para que el hombre le dejara un poco en paz. Esa noche, la mujer le preguntó a Dios.

-¿Qué es eso de ahí, en el cielo?

-Las estrellas -dijo Dios.

-No, esa bola a la que le falta un cacho. Parece uno de los frutos de ese árbol.

-Eh... -dijo Dios, tremendamente nervioso-. No, mujer -rió-. No seas tonta. ¿Qué va a ser eso una manzana a la que alguien le haya dado un mordisco y haya querido deshacerse de ella? Eso es la... Es una... Uhmm... Es la Luna. Eso es lo que es, sí. La Luna. 

-Ya -dijo la mujer, poco convencida-. ¿Podemos comer entonces de ese árbol?

-Claro, claro.

-¿Y no nos pasará nada?

Dios negó con la cabeza, apretando mucho los labios, ocultando de mala manera la mentira.

Y fue así como Dios creó la Luna y cómo se vengó de la mujer por cuestionar su poder.  Y si no me crees, demuéstrame lo contrario, ya que tanto amas a tu querida ciencia. 

Duunvirato

Desenvaina la espada. Buen momento para hacerlo, acorralado como está contra la pared de la sala del trono. El ejército enemigo cierra filas en torno a él, pero guarda todavía una distancia prudencial. No quieren perder ningún hombre a no ser que sea imprescindible. No por algo así. 

-Ya has creado el suficiente alboroto, muchacho. Entrega tu espada. 

Es el rey quien habla. Otto von Bon, médico de profesión, descubridor de la pierna izquierda. 

-Ríndete ahora y seré benévolo para contigo -continúa-. No merece la pena morir por una nimiedad así. 

-Habéis mancillado mi honor. Eso no es ninguna nimiedad.

El rey se señala el pecho y mira a sus soldados con cara de sorpresa. 

-¿Mancillado yo? -pregunta, casi ofendido. Después su rostro se vuelve duro. Su tono, grave-. Yo soy el rey, muchacho. Mi palabra es verdad. Y si yo digo que eres un...

Nuestro héroe aprieta los dientes y alza la espada. Doce arcos se tensan. Doce puntas de flecha apuntan a su corazón. El rey hace un gesto. 

-No. Todavía no. Ríndete, muchacho. Se me está acabando la paciencia. Ríndete ahora o... 

-Vale -dice nuestro héroe.

-¿Qué?

-Que sí, que me rindo.

Ante la sorpresa general, nuestro héroe arroja la espada contra el suelo. Se rompe en mil pedazos, más o menos. Y es que las espadas de cristal son terriblemente quebradizas. Eso sí, a la hora adecuada del día, cuando el sol incide con el ángulo correcto, le arranca unos brillos difíciles de igualar. ¿Merecía la pena llevar esa espada sólo por esos pequeños momentos de belleza absoluta? Ahora nuestro héroe se da cuenta de que no.

-Bueno, pues venga, que alguien le ate las manos, no vaya a ser que intente jugárnosla a traición.

Nuestro héroe ofrece sus manos juntas para que se las aten. Todo se ha acabado. Ah, pero los más observadores se habrán fijado en esa sonrisa ladeada y en el brillo inteligente de sus ojos. Habrán notado también el guiño a cámara. Un esbirro comienza a dar vueltas a una cuerda alrededor de las muñecas de nuestro héroe. Ata con firmeza un nudo y le da el visto bueno al rey.

-¡Jai-yah! -grita el héroe a la vez que se deshace de las ataduras con un fluido movimiento. 

Y es que entre las manos se había guardado un trozo de cristal de esa espada que había roto antes, ¿os acordáis? Y se ha cortado un poco también los dedos y sangra bastante, pero al menos está libre.

-¡Maldita sea! -grita Otto von Bon-. ¡Matadlo! ¡Matadlo mucho, por Dios!

Pero nuestro héroe tiene otras intenciones. ¡Pimba! Una patada que se lleva por delante a cuatro hombres. ¡Pachunk! Un puñetazo a la sien y una cabeza que sale volando. ¡Strundkslkj! Un escupitajo que se mete en los ojos de un arquero y las flechas matan a seis de sus compañeros. ¡Blop! Alguien sentado en un retrete tres pisos más arriba, ajeno a la batalla, un mero alivio cómico.

Nuestro héroe despacha a todos los malos en cuestión de segundos. Y ahora es él quien acorrala al sucinto* Otto von Bon.

*sucinto: que está expresado de manera breve, concisa y precisa. El autor nos hace saber con ese adjetivo que Otto von Bon es una persona de corta estatura. Para nada ha puesto esa palabra porque le ha venido a la mente de forma espontánea y al buscarla en el diccionario ha comprobado que podía usarla a modo de descripción, no. La mera duda ofende sobremanera al autor, gran persona él, por cierto. 

-No me mates -suplica-. Puedo darte lo que quieras. Pídeme lo que quieras. 

-Quiero tu vida.

-Así que quieres vivir como yo, ¿eh, bribón? ¿Vivir a cuerpo de rey, literalmente? Hecho. Es más: seamos reyes juntos. Haré poner un trono a la vera del otro. Haremos, perdón -se corrige el rey-. Tú y yo juntos seremos invencibles, baby. 

-No. Quiero tu vida, pero no la quiero para mí. Sólo quiero abrir un pequeño agujero en tu cuello y pedirle a tu vida que salga un momento a jugar.

¡Ras! Con las manos desnudas nuestro héroe desgarra la garganta del rey. Venga, más sangre, alegría. Cómo se nota que él no tiene que limpiar. Pobre señora de la limpieza, que entra en el salón del trono diez minutos después y se encuentra a nuestro héroe de cuclillas, intentando recoger uno a uno los casi mil pedazos en los que ha estallado su espada.

-Anda -dice-, ya lo hago yo.

Y él se sienta en el trono mientras ella los barre todos hacia el recogedor. Se fuma un cigarro. 

-¿Y todo esto a santo de qué? -pregunta la mujer de la limpieza-. Tanta muerte, tanta destrucción. Qué pena más grande, macho. 


Y nuestro héroe, a la sazón nuevo rey, expulsa el humo y se pierde en los recuerdos pasados. Recuerdos de hace veinte minutos, y dice:

-Que sirva esto de lección. Que todos estos cadáveres sirvan de aviso para quien ose decir que yo soy un parguela. 

Y la señora de la limpieza deja de barrer durante un segundo y se apoya en la escoba para decir: 

-Pero lo eres, señor. De los Parguela de toda la vida. 

Y nuestro héroe se da una palmada en la frente y exclama: 

-¡Tate! Qué cabeza la mía, había olvidado mi apellido. Qué se le va a hacer. 

Mira a cámara y se encoge de hombros Freeze frame. Risas enlatadas. Títulos de crédito. The end. 

Fourella

Ía ser un inverno frío ese que chegaba con vento do sur. Vento do mar. Vento da Terra, con cheiro a fume de carozo e a caldo da avoa. Un inverno de neve na rúa. De luvas nas mans, desas que non discriminan por dedos, que aquí collen todos xuntos. Luvas coas que só se pode contar ata catro.

Un inverno en branco e negro ese que viña, sí. Pero tamén un inverno de cor. Especialmente na punta dese pequeno nariz que agora ule ese ar da Terra. Ar dunha costa que quere volver ser verdescente. E o nariz nota que xa comezaron a medrar as primeiras árbores de volta. E sospeita. E fai ben. Porque así como sabe unha cousa, sabe a outra: todo vai volver suceder outra vez. Cousas do demo. Cousas da xente.

Pero por moito frío que pase no inverno escandinavo prefire que o lume quede no lar, ó outro lado do mar. Que o único que arda sexan eses carozos secos. Que as lapas lamban a pota, nada máis, e que a única forma de se queimar sexa por non querer esperar a que ese caldo que ferve enfríe un pouco.  

miércoles, 4 de octubre de 2017

Lava

Siente temblar la tierra, mujer
cómo se quiebra el terreno, se rompe
cómo la piedra se funde, cómo se hunde
cómo el humo que sale del mar oculta la luna
no más puestas de sol desde aquí

Siente la tierra, mujer, temblando
de frío y de miedo a la vez, blanca la tez
remando, escapando hacia el Sur
el fuego y el pez, el agua y la sed
el fondo está en calma, te llama

Siente la tierra temblar otra vez
soñando, tumbada en el suelo de roble
las casas de piedra no pueden arder, un coche que pasa
la luz del pasillo vuelve a vencer a la noche
te pones en pie

Y tiembla la tierra una última vez
la casa en silencio y fría tu piel, sudada la frente
y lloras por algo que sientes que fue, llora la gente
el fuego que pesa y besa los pies, el cielo se apaga
la isla arrasada

Tiemblas ahora, mujer, recuerdas
estás de pequeña sentada en la arena, jugando
y el agua que llega y moja tus pies, y tú lo que ves:
la isla y el fuego y el barco en el mar, las olas que vienen y van
pulmones con sal

El miedo a nadar y a la nada
a dejar el hogar
la tierra que tiembla, mujer
y nadie la siente temblar
la vida pasada



martes, 3 de octubre de 2017

En invierno

Tenías tantas ganas de tarta que cumpliste años diez veces en enero
soplaste doscientas velas, apagaste doscientos fuegos
una bombero de salón, o de cocina, o de donde demonios estuvieran las tartas
y tanto soplaste que modificaste el tiempo
el atmosférico, no el de reloj
ese avanzaba a cada mordisco de tarta, adentrándose en el invierno

Hiciste que lloviera, que nos quedáramos dentro
y aprendí a dibujar mi nombre con tu aliento
con tu voz apagallamas, enciendefuegos
palabras que me subraya el corrector, por cierto
como diciendo que no existen, que no invente
¿te lo puedes creer?

Ah... Puede que ahora entienda eso que siempre decías
lo de que no me centraba cuando escribía, que divagaba
pero recuerdo de quién hablaba: de ti
de todas las tartas que comiste ese invierno
tartas heladas
supongo que por lo rápido que apagabas el fuego
y por el frío, claro

Porque mira que hizo frío ese invierno, macho
la de nieve que cayó allí donde cae la nieve
en las montañas y en las ¿neveras?
aquí en la costa no tiene la decencia de nevar
aquí sólo granizó algún día

Maldito granizo, no eres más que lluvia que busca llamar la atención
oídme llamando al tejado, abridme
pero no podemos abrirte el tejado, estúpido granizo
no vivimos en una lata de bonito
llama a la puerta como las personas

Además, nosotros ya no te oímos
no eres más que un ruido más en este salón hirviendo
hierve de amor, uh nena, y un poco también por el fuego de la chimenea
y por tus besos, cariño, tus besos de amor
besos que saben a nata, de todas esas tartas del principio, ¿recuerdas?

Y ahora que no queda tarta y que se acaba enero
sopla y apaga este último gran fuego
que haga frío
quiero necesitar tu calor
aquí dentro, refugiados de la lluvia, aferrado a tu pecho
cumpliendo años juntos a cucharadas
queriéndonos

Poesía

Palabras huecas
saltos de línea
y alguna que otra rima porque sí

algo de desorden y Esa mayúscula fuera de lugar
garabatos de imprenta
y otras frases sin sentido
para parecer profundo

Escribir para un concurso
cuando no tienes nada que decir
cuando todo el mundo sabe que tú eres pro-prosa y anti-poesía
Más que nada por la de árboles que se talan por culpa de todo este espacio en blanco
(bien ahí, fingiendo estar comprometido con el medio ambiente)

Y sigues para adelante
que tan difícil no puede ser
que total lo importante de la poesía no es que sea
es que lo parezca
¡ja!

Finge, sí
finge y odia cada palabra que escribes, cada palabra que escupes
cada palabra que fuerzas sobre el papel
no pertenecen ahí y lo sabes, y te odias, pero sigues adelante, ¿verdad?
¿es eso poesía?

Maldito hipócrita, jodido cínico
ten la decencia de no manchar la hoja en blanco con tu bilis
de callar si no tienes nada que decir
Estás quedando en ridículo
Pareces Imbécil

Pero lo importante es ser, ¿no?
De parecer se preocupan los que no entienden nada
los que saltan
de línea así
en vez de hacerlo así
con fuerza
dejando que sean las palabras las que hablen
las que dicten la forma
¿es eso poesía?

Abandonarse por completo a las palabras
no escribirlas, escucharlas
que hablen como sólo ellas hablan
Directas al corazón

Palabras huecas para que resuenen mejor
saltos de línea que marcan el ritmo
y alguna que otra rima porque sí
sin motivo, sin razón
que por algo es poesía

jueves, 24 de agosto de 2017

Arder

Ha llegado mi hora. Ya empiezo a sentir ese calor tan distinto al tuyo, aquí, en lo alto de esta hoguera, sentada sobre un montón de madera. Mi madera. Pero antes de que me vaya quiero que sepas que ha merecido la pena. Mi vida es poco precio que pagar por los dos días que he pasado contigo. Jamás me hubiera perdonado no haberlo intentado. Jamás me arrepentiré de esta decisión.
Y es que éramos como dos pasajeros que comparten vía, pero nunca comparten tren. Que se cruzan un segundo y no se vuelven a ver hasta el próximo viaje, un año después. El contacto suficiente para saber que existías. Esa fue mi perdición. Ya entonces te quería.
Te quería como sólo se puede querer lo que no se puede tener. Te quería con la intensidad con la que se quiere abrazar a quien ya no está. Te quería desde la tristeza de un futuro que nunca sería. Por eso tuve que quedarme aquí. Para que tú pudieras quererme a mí también.
Y estos dos días contigo han sido más de lo que podía pedir. Hemos sido uno solo, fundidos en abrazos imposibles de explicar. Nuestros besos agitaban el aire, y tan pronto llovía como lucía el sol. No están hechos nuestros cuerpos para chocar sin que salten chispas. No está hecho el mundo para soportar nuestro amor. Por eso me echan. Por eso me voy.
Yo soy pura vida. Tú eres puro amor. Basta tu presencia para que la Tierra se incline y bese al sol. Y esta vez lo he vivido a tu lado, en vez de anclada en el espacio, alejándome de ti. Esta vez he sentido tu calor. ¿Cómo volver al frescor del pasado?
Así que si he de morir, que sea así: ardiendo a lo grande en vez de consumida grado a grado, año a año. Si he de morir que sea aquí: en la playa, entre vítores y aplausos, entre besos y abrazos de quienes se reúnen para celebrar tu llegada con dos días de retraso. Bendito retraso...
Y no estés triste. Yo no lo estoy. Me voy, pero nuestro amor será recordado. Nadie va a olvidar este verano: el de la primavera que mataron.