Los detectives
salvajes
Estamos en
Groenlandia. Así, como suena. Pepe será todo lo buen marinero que el quiera,
pero es dormirse y coger yo el timón y desviarnos totalmente del rumbo. No, si
la culpa será mía al final, por permitirle que confíe en mí. Ahora lo hecho,
hecho está. Llevamos dos semanas aquí, compartiendo una bonita habitación de un
acogedor hotelito en un pueblo de mierda. Nuestras indagaciones comenzaron al
día siguiente de instalarnos. Porque una cosa te digo: podremos estar a miles
de kilómetros de los andes, que está a miles de kilómetros del hospital donde
deberíamos estar, pero no pararé hasta encontrar a mis descendientes.
Contratamos un intérprete de groenlandés que trabajaba a cambio de pescado. Tal
cual una foca. Patético. Pero muy profesional. Comenzamos a interrogar a todos
los habitantes del pueblo. Les preguntábamos si me habían visto haría unos 19
años por ahí. La respuesta no por previsible dejaba de ser dolorosa. Como un
martillo en manos de un herrero, golpeaba mi corazón rítmicamente. No, no, no.
Yo en el fondo sabía que decían la verdad, ya que no había salido de España en
mi vida. Pero me negaba a perder la esperanza. Si todas las pistas nos habían
llevado hasta esa isla, por algo sería. Torturamos a varias personas. A muchas,
diría yo. No es algo de lo que me sienta orgulloso. Cruzárselas por la calle al
día siguiente no es agradable ni para el torturado ni para el torturador,
creedme. Fueron pasando los días. Pasaron las semanas. Hasta dos, que son las
que llevamos aquí. Y por fin hoy a la mañana tuvimos la primera buena noticia desde
hacía mucho tiempo: hemos encontrado un bar. Mira que no me gusta mucho beber,
pero cuando la vida te da tantos palos como me está sucediendo a mí, es
necesario refugiarse en el alcohol, aunque sea durante una noche. Y quien sabe,
quizás mañana veamos todo con más claridad.
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